16 de junio de 2024 en Buenos Aires

Congreso CREA 2022: Una mirada ecosistémica (panel)

Una mirada ecosistémica. Reviví el panel conformado por Esteban Jobbágy, Lucas Garibaldi y Miguel Taboada en el segundo día del Congreso CREA 2022.
 - Por CREA
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El sector agropecuario, por medio de la generación de conocimiento aplicado en el marco de redes interdisciplinarias, es un actor clave en la preservación del ambiente, la producción de bienes y la provisión de servicios ecosistémicos. En el Congreso CREA 2022 esa consigna estuvo presente con tres exposiciones de investigadores que, desde diferentes perspectivas, trabajan hace tiempo con el propósito de ampliar la mirada.

Uno de ellos fue Miguel Taboada, profesor titular de Edafología en la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, quien considera que el sector agropecuario debe ser un actor central en las denominadas “soluciones basadas en la naturaleza”, empleadas para mitigar el cambio climático por medio del secuestro de carbono.

El especialista aseguró que ya no alcanza con emitir menor cantidad de gases de efecto invernadero. Es indispensable recurrir al agro para promover alternativas. En ese sentido, las “soluciones basadas en la naturaleza” nos brindan la oportunidad de acercarnos a la neutralidad de carbono por medio del manejo restaurativo de los ecosistemas, una gestión sostenible de los planteos agropecuarios y la recuperación de la biodiversidad y heterogeneidad del paisaje rural. En ese marco, cualquier tecnología que contribuya a almacenar carbono orgánico en los suelos es deseable; tal es el caso de la siembra directa, rotaciones agrícolas apropiadas, ambientaciones, cultivos de cobertura o de servicio y un manejo adecuado de los pastizales, entre otras.

“Tenemos que realizar un manejo con sistemas más biodiversos y con mayor heterogeneidad en los paisajes, y esto tiene que significar un compromiso de largo plazo", señaló Taboada.

“Tenemos que realizar un manejo con sistemas más biodiversos y con mayor heterogeneidad en los paisajes, y esto tiene que significar un compromiso de largo plazo", señaló Taboada.

"El agro ya está haciendo mucho en ese sentido: en los últimos 15 años viene adoptando soluciones basadas en el conocimiento con agricultura por ambiente, Agtech, cultivos de cobertura y maíces diversos. Estos procesos virtuosos habría que extenderlos y fortalecerlos para lograr una mayor captura de carbono”, aseguró Taboada, quien también es director de la consultora Carbon Group Agroclimatic Solutions SRL y revisor experto de Naciones Unidas en cuestiones relativas a cambio climático.

En una segunda instancia, Taboada recomendó instrumentar un monitoreo y trazabilidad de los productos agropecuarios por medio de “huellas” ambientales y ecológicas certificadas, además de comunicar tales logros a los consumidores. “Estas cuestiones deberían formar parte de una marca país”, aseveró.

Gestión hídrica

En las últimas décadas, la Argentina experimentó un crecimiento sustancial de la productividad agrícola que, como contrapartida, promovió un progresivo aumento del nivel de las napas freáticas, las cuales, según explicó el investigador Esteban Jobbágy, deberían gestionarse como una variable agronómica más.

“En los últimos 30 años fabricamos otra pampa más. No hay muchos ejemplos en el mundo de un avance tan exitoso y tan veloz sobre tierras relativamente secas; es un éxito agronómico”, aseguró. “Y la siembra directa fue clave en ese proceso. Pero también es importante aprender a manejar mejor el agua, especialmente la de las napas”, añadió Jobbágy.

El crecimiento del nivel de napas es coincidente con el abandono de sistemas mixtos para pasar a modelos exclusivamente agrícolas. “Tenemos que tomar una mayor conciencia del poder que tiene el diseño agronómico para regular la hidrología”, argumentó.

Una proporción de la oferta hídrica que experimentarán los cultivos en una campaña depende –obviamente– de las precipitaciones que reciban, mientras que otra parte proviene de las reservas que el sistema tiene acumuladas. La cuantificación y gestión de esas reservas, que incluyen el agua del suelo y de la napa, es una de las grandes claves del éxito de un modelo productivo.

“A partir de 2010, comenzaron a inundarse zonas que nunca antes se habían inundado. Eso trajo problemas a la agricultura, pero también a los pueblos y a la infraestructura. Creamos una nueva situación hidrológica”, explicó.

La mayor parte de los cultivos tradicionales tienen poca capacidad para mantener activas sus raíces en la zona saturada del suelo. Todas las raíces necesitan la presencia de porosidad, excepto algunos cultivos como el arroz o plantas naturales de ambientes bajos, que abastecen sus raíces con aire que capturan en la superficie y transportan a través de estructuras internas de la planta. La soja, el maíz y el trigo no tienen esa capacidad; para esas plantas, las napas ideales no deben estar ni muy lejos ni muy cerca.

La llanura pampeana tiene sedimentos óptimos para el transporte capilar del agua de las napas hacia las raíces. Las texturas franco-arenosas a franco-limosas permiten un transporte capilar de buena distancia y velocidad. En la mayoría de los sedimentos pampeanos, la napa puede abastecer a los cultivos a una tasa adecuada a su consumo de agua en tiempo real con niveles freáticos ubicados un metro por debajo del frente de las raíces. En tales ambientes, si la napa se ubica a dos metros de profundidad, los cultivos cuentan con un aporte óptimo. Pero si esa profundidad se acorta a menos de un metro, comienzan a verse comprometidas las raíces del cultivo para experimentar problemas de anoxia, generando rendimientos inferiores a los potenciales. Napas aún más superficiales generan problemas de piso y dificultan todo tipo de labores.

“Si quiero cuidar la materia orgánica de mi lote, lo puedo hacer más allá de lo que hagan mis vecinos, pero con el agua, si mis vecinos no hacen una buena gestión, no voy a poder cambiar las cosas. El agua nos obliga a pensar en el lote, pero también en el paisaje y en las cuencas a una escala más grande”, remarcó Jobbágy.

“Si quiero cuidar la materia orgánica de mi lote, lo puedo hacer más allá de lo que hagan mis vecinos, pero con el agua, si mis vecinos no hacen una buena gestión, no voy a poder cambiar las cosas. El agua nos obliga a pensar en el lote, pero también en el paisaje y en las cuencas a una escala más grande”, remarcó Jobbágy.

Las napas suman complejidad horizontal al transportar agua entre lotes o dentro de parches de un mismo lote. Así, el agua que escape en una posición puede terminar siendo utilizada en otro lugar. Por otra parte, los cuidados que se tengan, al manejar su nivel pueden diluirse por los efectos de los niveles de establecimientos vecinos.

“De nada sirve el conocimiento si no estamos preparados para tener una mejor gobernanza del territorio”, explicó el investigador, quien resaltó, en ese sentido, las iniciativas emprendidas en la provincia de Córdoba, que dispone de consorcios de cuencas hídricas y un programa de Buenas Prácticas Agropecuarias.

El investigador destacó la importancia de reconocer que la variabilidad de rendimientos de un lote generada por el aporte de napas freáticas es sumamente dinámica. Los mejores ambientes de una campaña pueden ser los peores de la siguiente si, por ejemplo, la napa se eleva demasiado y los bajos, en su momento más rendidores, pasan posteriormente a estar anegados.

Con una tercera fase La Niña en camino, las inundaciones están lejos de ser un problema en la zona pampeana. Pero vale tener presente que las napas se han ido acercando a la superficie, con lo cual se necesitan menos acumulados de precipitaciones para generar situaciones de anegamiento. Es decir: en los períodos secos el balde se vacía, pero no en la misma proporción que antes. Y eso representa un gran problema, porque en áreas donde la tierra es altamente productiva y tiene un valor económico elevado, cada vez son más recurrentes las inundaciones cuando se registran lluvias excesivas.

En resumen, Jobbágy recomendó gestionar el agua desde el lote al paisaje, mejorar la gobernanza relativa a la gestión de napas, aprender a regar con sabiduría (en caso de que en un futuro cercano esa práctica se extienda en la Argentina) y definir el término sostenibilidad con criterios propios. “El gran desafío que tenemos por delante es definir qué es ser sostenible. ¿Es lo que dice el IPCC? ¿Es lo que dice China? Tenemos que traer a casa la discusión de qué es sostenible y qué no”, propuso.

Polinizadores

La presencia de diversas comunidades de insectos polinizadores puede ser un indicador ambiental de beneficios que contribuyan a mejorar la salud humana. Así lo señalóLucas A. Garibaldi, director del Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural de la Universidad Nacional de Río Negro e investigador principal del Conicet.

Este año Garibaldi lideró un equipo que elaboró un artículo (“Exploring connections between pollinator health and human health”), publicado en The Royal Society, que realizó una revisión de estudios orientados a detectar relaciones entre aspectos de la salud de los polinizadores y la salud humana.

El trabajo encontró que tales relaciones son detectables a través de la polinización de cultivos nutritivos, plantas medicinales, productos derivados de polinizadores (como la miel), mantenimiento de espacios verdes y biodiversos y ambientes más saludables como resultado de iniciativas centradas en la reducción del uso de fitosanitarios que afectan a los polinizadores.

“Una de los aspectos que más valoran las familias con las que trabajamos es que quieren volver al campo. Eso es parte de la salud mental”, comentó Garibaldi. “Una de los aspectos que más valoran las familias con las que trabajamos es que quieren volver al campo. Eso es parte de la salud mental”, comentó Garibaldi. El investigador propuso “generar paisajes heterogéneos y diversos sin perder productividad. La productividad, por supuesto, es importante, pero tenemos que gestionar los campos pensando en todos los beneficios que generan y no solamente en uno”.

También recomendó promover las ambientaciones para “salir de los cuadrados” e “ir aumentando la diversidad de cultivos y paisajes multifuncionales, para que los campos se vuelvan más regenerativos y puedan usar cada vez menos insumos externos”.

“De esta manera, el balance de carbono va a mejorar. ¿Será menos productivo? Diversos estudios indican que no, y que se puede hacer con menores costos”, aseguró Garibaldi, para luego señalar que, en muchos sectores de lotes gestionados de manera tradicional, se pierde dinero al usar una cantidad de insumos que no se corresponde con su potencial agronómico.

En 2021, Garibaldi lideró la realización de otro estudio (“Time to Integrate Pollinator Science into Soybean Production”), publicado en la revista Trends in Ecology & Evolution, en el cual se detectó, al revisar diferentes trabajos científicos en la materia, un incremento del rendimiento promedio del 21% en cultivos de soja con presencia activa de polinizadores, tanto silvestres como gestionados (como las abejas melíferas) respecto de cultivos que no recibieron el aporte de polinizadores. Experiencias recientes realizadas en establecimientos agropecuarios del sur de la provincia Córdoba –integrantes de la red CREA– confirman un aumento importante de los rendimientos de soja que recibieron servicios de polinizadores.

La presencia de colmenas en cultivos de soja, además de promover una actividad productiva adicional, representa una suerte de indicador biológico orientado a garantizar la gestión de buenas prácticas agrícolas.

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