30 de noviembre de 2025 en Buenos Aires

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Cómo producir carne con menos riesgos sanitarios

Investigación, certificación y diagnósticos permiten reemplazar promotores y limitar tratamientos preventivos para producir carne con mayor sanidad animal.

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Por CREA Región Córdoba Norte | COR

La resistencia antimicrobiana (RAM) empieza a condicionar la producción de carne y otras cadenas pecuarias. La evidencia muestra moléculas críticas que ya no deberían usarse en animales, resistencias detectadas en sistemas productivos, nuevas exigencias de control y la necesidad de reemplazar los antibióticos preventivos y promotores por alternativas no antimicrobianas.

Estos temas fueron parte de la disertación del médico veterinario Fernando Bessone, profesional del INTA Marcos Juárez, durante la jornada Carne con Futuro: el valor de producir con calidad, inocuidad y bioseguridad, donde se analizaron tendencias globales y nacionales en resistencia antimicrobiana, avances regulatorios y líneas de investigación local orientadas a certificar sistemas con menor uso de antibióticos.

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Bessone se refirió a las tendencias globales y nacionales en resistencia antimicrobiana: desafíos y oportunidades para la ganadería regional.

Bessone se refirió a las tendencias globales y nacionales en resistencia antimicrobiana: desafíos y oportunidades para la ganadería regional.

Un desafío común entre animales y personas

Un nuevo enfoque vinculado con la resistencia antimicrobiana obliga a revisar cómo se desarrollan los sistemas de producción animal y explica por qué el uso de antibióticos en animales se vuelve un factor sanitario, ambiental y comercial a la vez.

“Lo primero es entender que el problema es compartido: los mismos antimicrobianos que usamos en personas también se emplean en animales y, si una bacteria se vuelve resistente en el campo, ese gen puede llegar a humanos”, explicó Bessone.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que el 60% de los patógenos que afectan a las personas son de origen animal y el 75% de las enfermedades emergentes pueden transmitirse entre especies. En ese contexto, la RAM no es solo la pérdida de eficacia de un tratamiento, sino la capacidad natural de los microorganismos de adaptarse y transmitir esa resistencia.

“Lo preocupante no es solo que resistan, sino que heredan esa capacidad. Eso reduce nuestras herramientas terapéuticas”, señaló el investigador. El desafío se agrava porque hace casi cuatro décadas no ingresa una nueva familia de antibióticos con verdadera eficacia clínica.

En producción animal, el problema no se explica solo por el uso terapéutico. A nivel mundial, cerca del 80 % de los antibióticos producidos se destinan a la producción animal y una gran parte de ese uso —alrededor del 70 %— no se aplica para tratar enfermedades, sino como promotor de crecimiento en sistemas intensivos.

Este aporte mejoró la productividad durante décadas, pero hoy necesita ser reemplazado. “No se trata de negar su efecto productivo. Funcionaron. El cambio es reemplazar los promotores por alternativas naturales y generar certificaciones que demuestren que se puede producir con menos antimicrobianos”, sostuvo.

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"Los mismos antimicrobianos que usamos en personas también se emplean en animales y, si una bacteria se vuelve resistente en el campo, ese gen puede llegar a humanos”, explicó Bessone.

Genes que viajan del campo al plato

La magnitud del problema se refleja también en la salud humana. Según la OMS, la resistencia a los antimicrobianos causa actualmente entre 700.000 y un millón de muertes por año, y la proyección para 2050 es que superará los 10 millones de fallecimientos, superando al cáncer, la diabetes o las enfermedades infecciosas más difundidas.

“Es un escenario que exige conciencia productiva. La RAM ya está provocando muertes hoy, no es un riesgo futuro”, subrayó Bessone. Ese efecto no surge únicamente del uso directo de antibióticos: también puede diseminarse a través del ambiente, especialmente cuando los efluentes de granjas o establecimientos ganaderos llegan al suelo sin tratamiento.

Muchos sistemas aplican esos efluentes como fertilizante, pero en ellos pueden viajar bacterias y genes de resistencia. Esos genes pueden llegar a cultivos como trigo, soja o maíz y, posteriormente, a la alimentación humana. “No hace falta que la bacteria esté viva. El gen igualmente puede ser captado por otras bacterias”, explicó.

Ese material genético puede ser incorporado por microorganismos habituales del tracto digestivo humano, como Escherichia coli. Lo crítico es que la transferencia no requiere que las bacterias sean de la misma familia. “Los genes de resistencia pueden pasar entre bacterias vivas, entre bacterias vivas y muertas, e incluso entre especies distintas. Ese es el verdadero riesgo”, afirmó el veterinario del INTA.

Categorías, prohibiciones y uso prudente

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El uso de antibióticos también está condicionado por regulaciones y categorías técnicas que determinan qué moléculas pueden utilizarse en animales.

El uso de antibióticos también está condicionado por regulaciones y categorías técnicas que determinan qué moléculas pueden utilizarse en animales.

El uso de antibióticos también está condicionado por regulaciones y categorías técnicas que determinan qué moléculas pueden utilizarse en animales. En la Unión Europea, la European Medicines Agency (EMA) clasifica los antimicrobianos en cuatro grupos: A, B, C y D, según su riesgo y relevancia para la salud humana.

“La categoría A es la que no puede usarse en animales, la B debe limitarse, la C requiere precaución y la D es prudencia. En un enfoque técnico adecuado, deberíamos movernos entre C y D, nunca usar antibióticos que estén dentro de A o B”, explicó. Este criterio busca preservar moléculas críticas para el tratamiento en personas y disminuir el riesgo de resistencia compartida.

En Argentina, parte de esa lógica ya empezó a aplicarse. La fosfomicina y la colistina —dos antimicrobianos pertenecientes a la categoría A y B, respectivamente, según la EMA— fueron prohibidos para uso en animales, después de haber sido muy utilizados en sistemas productivos nacionales. “La fosfomicina sigue apareciendo clandestinamente, pero su uso está prohibido. Lo mismo ocurre con la colistina”, señaló.

Las restricciones se enmarcan en una estructura institucional específica. En 2015 se creó la Comisión Nacional de Control de la Resistencia Antimicrobiana (CoNaCRA), que impulsó los primeros cambios normativos. Más tarde, la Ley 27.680 —aprobada en 2022— estableció que la venta de antimicrobianos de uso humano solo puede realizarse con receta archivada, lo que refuerza el control del consumo en la población.

La CoNaCRA articula con ministerios y secretarías de Salud, Agricultura, Ciencia, Ambiente y Educación, lo que refleja que la resistencia antimicrobiana requiere acciones más amplias que una regulación veterinaria. “Hay un componente fuerte de capacitación y concientización a distintos niveles. No se trata solo de prohibir, sino de enseñar el uso correcto en salud humana y en sanidad animal”, indicó Bessone.

Sanidad animal: Resistencias detectadas en tambos, granjas y feedlots

Los estudios empiezan a mostrar resistencia a antibióticos críticos tanto para animales como para personas. Entre ellos aparecen la colistina, la tetraciclina y la ampicilina, tres moléculas muy utilizadas en producción animal y que, en medicina humana, funcionan como opciones de última instancia para tratar infecciones hospitalarias.

“Colistina y fosfomicina son como balas de plata para la medicina humana, porque se usan cuando ya no hay otra alternativa”, explicó Bessone. Los laboratorios del Malbrán registran también resistencias en Klebsiella pneumoniae, una bacteria intrahospitalaria sobre la que se centra gran parte de la vigilancia en humanos.

En animales, la presencia de resistencia se detectó antes de que la colistina fuera prohibida en Argentina en 2019. Los estudios muestran niveles considerables en bovinos, porcinos y aves, junto con resistencias a tetraciclina y ampicilina, fármacos ampliamente usados en sanidad animal y también importantes en medicina humana.

El INTA trabaja en un proyecto interdisciplinario para caracterizar la resistencia antimicrobiana en distintos sistemas productivos del país. “La prioridad es saber qué tenemos y dónde estamos parados: feedlots, tambos, granjas porcinas, avícolas, ovinos o caprinos. Caracterizar es el primer paso para tomar decisiones”, señaló Bessone. Además, el proyecto incluye capacitación para técnicos y productores.

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Los estudios empiezan a mostrar resistencia a antibióticos críticos tanto para animales como para personas. Entre ellos aparecen la colistina, la tetraciclina y la ampicilina, tres moléculas muy utilizadas en producción animal.

Los estudios empiezan a mostrar resistencia a antibióticos críticos tanto para animales como para personas. Entre ellos aparecen la colistina, la tetraciclina y la ampicilina, tres moléculas muy utilizadas en producción animal.

Otras líneas de investigación se realizan junto a las universidades nacionales de Río Cuarto, La Plata, Bristol (Reino Unido) y CONICET, donde se estudió la resistencia y la presencia de residuos en 30 tambos de las provincias de Córdoba y Buenos Aires. Según datos aportados por el investigador Matías Pellegrino, de la Universidad Nacional de Río Cuarto, los resultados mostraron mayor resistencia en guacheras y recrías, dos etapas donde el uso de antibióticos es más frecuente, sin grandes diferencias entre regiones, pero con variaciones estacionales asociadas a enfermedades digestivas.

En tambos, se detectó uso de antibióticos categorizados como C y B según la EMA, lo que corresponde a moléculas que deberían utilizarse con precaución o directamente limitarse. También se registraron resistencias del 100% a ciprofloxacina y a cefalosporinas de tercera generación, dos fármacos de relevancia crítica para uso humano.

En porcinos, el estudio previo a la prohibición reveló la presencia de fosfomicina en el alimento como promotor de crecimiento, lo que representa un uso prohibido en la actualidad. En feedlots, datos de la Universidad de Tandil muestran altos niveles de resistencia a tetraciclinas. “En un estudio que hicimos en Marcos Juárez, de 140 cepas analizadas de Escherichia coli, 93 resultaron multirresistentes”, alertó el investigador.

Alternativas y recetas: hacia un uso responsable

Las estrategias apuntan a un uso responsable de los antimicrobianos: tratar únicamente cuando hay enfermedad y evitar por completo el uso preventivo o como promotor de crecimiento. Si se detecta un animal enfermo y otros con síntomas compatibles, la indicación es aplicar metafilaxia para cortar el brote sin excederse en la medicación. “Si el animal está enfermo, hay que tratarlo, pero el preventivo tiene que desaparecer. Y los promotores de crecimiento también”, señaló Bessone.

El enfoque se complementa con alternativas que no son antibióticos. Entre ellas aparecen extractos vegetales, probióticos, prebióticos, ácidos orgánicos, enzimas, metales y otros productos que buscan reemplazar el efecto del antibiótico sin generar resistencia. “El desafío hoy es el escalado industrial. Las alternativas existen, pero hay que producirlas a nivel comercial”, explicó.

En este contexto, la falta de nuevos antibióticos hace que la resistencia avance con mayor velocidad que el desarrollo de herramientas sanitarias. El último medicamento de impacto clínico se incorporó en 1987, mientras la inversión en nuevas moléculas continúa siendo escasa. “Hay una brecha enorme entre lo que evoluciona la resistencia y lo que ofrecemos como tratamiento”, remarcó. Por eso, eliminar los antimicrobianos como promotores de crecimiento es considerado un proceso irreversible.

El avance regulatorio también debe acompañar cambios en el ejercicio profesional. Hoy, para comprar agroquímicos se requiere la firma de un ingeniero agrónomo matriculado, pero no existen exigencias equivalentes en la medicina veterinaria. “Rápidamente tenemos que llevarlo a la práctica. El veterinario matriculado debería firmar la receta para la compra de antibióticos y responsabilizar a ambas partes”, planteó.

A futuro, la producción animal de alto nivel dependerá más de la bioseguridad, la innovación y el uso racional que del acceso a nuevas moléculas. Eso implica mejores diagnósticos antes de medicar. “Hay que tomar muestras, enviarlas a laboratorio, hacer aislamiento bacteriano y antibiograma para decidir qué usar. Somos conscientes de que el antibiótico es necesario, pero la cuestión es cómo lo usamos”, concluyó.

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