7 de enero de 2026 en Buenos Aires

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Educación e integración a la comunidad en tiempos de inteligencia artificial: el factor humano como ancla emocional

Educación en tiempos de inteligencia artificial: el factor humano como ancla emocional. La visión de la especialista Cristina Schwander.

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Por CREA Región Sudoeste | SUO

Educación, inteligencia artificial y la revalorización del factor humano

En un mundo atravesado por la velocidad, el cambio permanente y la incertidumbre, la figura del docente adquiere un valor singular. Cuando todo parece moverse afuera –las tecnologías, las normas, las generaciones, la educación, las formas de vincularnos– hay quienes apuestan por sostener desde adentro.

Schwander, presidenta de la Fundación Armós, es directora de la Certificación en Mindfulness e Inteligencia Emocional de la Universidad Siglo 21 y autora del libro “Eso que quiero que me pase: liderazgo para la vida cotidiana”.

La educación como ancla que sostiene en medio del movimiento

La especialista indicó que sostener no es solo acompañar a otros: es, ante todo, aprender a sostenerse a uno mismo. En ese gesto silencioso y profundo se construye una de las tareas más importantes de la docencia contemporánea: ser ancla en medio del movimiento.

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Cristina Schwander

Cristina Schwander

Ser docente hoy implica reconocerse como un ser en permanente construcción. No hay docencia sin aprendizaje, ni aprendizaje sin humildad. Enseñar no es pararse en un lugar acabado, sino asumirse como aprendiz eterno, como alguien que está “siendo” y no simplemente “siendo ya”. Desde esa mirada, la trayectoria personal y profesional se vuelve un camino de formación continua, donde cada experiencia –en el aula, en la gestión, en otros campos del saber– amplía la manera de comprender y habitar el mundo.

Liderazgo en tiempos de IA

Durante mucho tiempo se habló de “formar líderes” como si el liderazgo fuera un atributo reservado para unos pocos. Sin embargo, hoy resulta más pertinente pensar que todos somos líderes de nuestra propia vida.

Liderar no es tener seguidores ni ocupar cargos jerárquicos, sino ser protagonista: pensar, accionar, elegir y hacerse responsable. La primera forma de influencia que ejercemos es sobre nosotros mismos. Una vida liderada no deja espacio para la victimización constante, sino que habilita la posibilidad de elegir qué hacer con aquello que nos sucede, incluso cuando no lo hemos elegido.

En este sentido, Schwander dijo que el liderazgo docente comienza por el autoliderazgo. El aula no solo transmite contenidos, sino formas de estar en el mundo. El docente que se lidera a sí mismo enseña, muchas veces sin palabras, que es posible atravesar la complejidad con presencia, coherencia y humanidad. Ser el cambio que queremos ver –como proponía Gandhi– no es una consigna ingenua, sino una práctica cotidiana que exige conciencia, reflexión y compromiso.

La conciencia, justamente, aparece como una capacidad central. No podemos intervenir en lo que no vemos. Una persona que no se da cuenta repite siempre lo mismo. Darse cuenta implica detenerse, observar, reflexionar y ampliar el propio marco de referencia. Si no sabemos lo que no sabemos, necesitamos abrirnos a lo desconocido: conversar con personas distintas, escuchar otras miradas, animarnos a cuestionar nuestras certezas. Más que salir de una supuesta “zona de confort”, se trata de salir de la zona conocida.

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La experta comenzó que aprender, desde esa perspectiva, no es acumular información, sino generar una habilidad nueva que pueda ponerse en práctica de manera autónoma y recurrente. Todo aprendizaje verdadero transforma. Tiene plasticidad, no solo flexibilidad. Nos deja distintos de como éramos antes. Por eso aprender es un proceso vital, que atraviesa lo cognitivo, lo emocional, lo vincular y lo contextual. Una vida aprendida es, en definitiva, una vida vivida con sentido.

En este camino, las llamadas “habilidades blandas” adquieren un rol estratégico. Tal vez el nombre no les haga justicia, porque lejos de ser accesorias, son el sostén de todas las demás capacidades. La comunicación, la empatía, la presencia, la gestión emocional y la escucha profunda atraviesan tanto la vida personal como la profesional. Un docente puede tener vastos conocimientos teóricos, pero si no cuenta con estas habilidades, el proceso de aprendizaje difícilmente se sostenga.

El momento actual, atravesado por la dispersión, la hiperconectividad y la desorientación, desafía especialmente a la escuela. Las pantallas, la velocidad y la fragmentación del sentido generan nuevas formas de estar –y de no estar– en el aula. Sin embargo, más allá del diagnóstico, emerge una oportunidad: recuperar el valor de la presencia humana. En un contexto incierto, el docente que está, que escucha y que acompaña se convierte en referencia. No como quien tiene todas las respuestas, sino como quien se anima a sostener preguntas y a caminar junto a otros en la búsqueda de sentido.

El docente como ancla en un mundo veloz e incierto

La escuela y el aula se encuentran hoy en el centro de una crisis profunda. La tecnología atraviesa la vida cotidiana de niños y jóvenes, instalando la lógica de lo instantáneo, del “todo ya”. Esto genera un choque entre los formatos tradicionales de enseñanza y las nuevas formas de aprender, procesar información y vincularse con el conocimiento. La pregunta ya no es solo qué enseñar, sino también cómo, para qué y desde dónde hacerlo, en un mundo que cambia más rápido que nuestras estructuras educativas.

Los datos acompañan esta percepción: altos niveles de estrés docente, estudiantes con tiempos de atención cada vez más breves y una creciente demanda emocional que muchas veces supera la formación técnica. Esta realidad produce disonancia, agotamiento, resistencia y desconexión. La disonancia aparece cuando lo que pensamos, sentimos y hacemos no está alineado, y el cuerpo y la mente comienzan a manifestar malestar. No se trata de eliminar esa disonancia, sino de escucharla como una señal que invita a revisar y accionar.

En este escenario, Schwander sostuvo que las habilidades emocionales y relacionales se vuelven centrales. Son estratégicas porque sostienen todo lo demás. Sin ellas, el conocimiento pierde potencia. El docente de hoy no sólo transmite contenidos: sostiene vínculos, regula climas emocionales y acompaña procesos humanos complejos. Para hacerlo, necesita también aprender a cuidarse, a pausar y a reconectar consigo mismo.

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Cristina Schwander

Cristina Schwander

La inteligencia artificial puede responder preguntas y brindar información en segundos, pero no puede mirar a los ojos, leer una emoción, sostener un silencio ni crear un espacio seguro. Eso sigue siendo profundamente humano. El aula no es solo un espacio físico: es un espacio emocional, social y simbólico. Cada estudiante que ingresa no trae únicamente una mochila, sino una historia, emociones, miedos y búsquedas de sentido. Allí emerge con fuerza la figura del docente como ancla.

Ser ancla no implica detener la tormenta, sino evitar que nos perdamos en ella. El docente como ancla ofrece presencia, coherencia y humanidad en medio del caos. Para estar verdaderamente presente con otros, primero es necesario estar presente con uno mismo. La presencia es una habilidad que se entrena: es la capacidad de habitar el aquí y ahora con atención, aceptación y curiosidad, sin juicio.

La práctica de la presencia permite observar pensamientos, emociones y sensaciones corporales sin reaccionar automáticamente. Desde allí, dejamos de vivir en piloto automático y comenzamos a responder de manera consciente. La respiración se convierte en un canal fundamental para este proceso: cambiar la forma de respirar modifica la emoción y, con ella, los pensamientos y las acciones. No es magia, es neurofisiología.

Educar desde la presencia transforma el aula. Un docente que despierta curiosidad, alegría y desafío; que crea espacios seguros donde cada estudiante se siente visto y valorado, marca una diferencia profunda. No porque tenga todas las respuestas, sino porque sabe escuchar, preguntar e indagar. En tiempos de velocidad y fragmentación, recuperar la presencia y el valor de lo humano no es un lujo: es una urgencia y una responsabilidad ética de la educación actual.

Liderazgo consciente en tiempos de complejidad

¿Cómo puedo ser un ancla para los otros sin dejar de estar anclado en mí mismo? Cuidarme para cuidar, estar presente para poder dar lo mejor de mí y liderarme para poder liderar. Este enfoque redefine el liderazgo docente: no se trata solo de transmitir contenidos, sino de encarnar un modo de estar que genere seguridad, coherencia y sentido en los demás.

Según el World Economic Forum (WEF), el futuro del trabajo no estará definido únicamente por las habilidades técnicas. Estas son necesarias, pero funcionan como un umbral mínimo. Lo que marcará la diferencia en cualquier ámbito profesional –y especialmente en la educación– serán las habilidades humanas: la inteligencia emocional y las competencias socioemocionales. Enseñar, liderar y acompañar hoy exige desarrollar capacidades que no pueden ser automatizadas ni reemplazadas por la tecnología.

Schwander explicó que la inteligencia emocional se apoya en cinco habilidades fundamentales. La primera es el autoconocimiento: no puedo regular lo que no conozco. Reconocer mis emociones, pensamientos y creencias es el punto de partida de cualquier transformación.

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La segunda es la autogestión: las emociones no se controlan ni se reprimen, se gestionan con conciencia. Elegir cómo responder, en lugar de reaccionar impulsivamente, es una práctica que se entrena.

La tercera habilidad es la motivación, entendida como la capacidad de generar un combustible interno sostenible, que no nos desgaste. En educación lo sabemos bien: despertar el interés, sostenerlo y cerrar los procesos dejando ganas de seguir aprendiendo. La motivación auténtica nace cuando hay sentido, desafío y cuidado del propio bienestar. Sin ella, el agotamiento se vuelve inevitable.

La empatía es la cuarta habilidad clave y se expresa en dos niveles: la empatía cognitiva, que nos permite comprender lo que el otro piensa, y la empatía emocional, que nos permite percibir lo que el otro siente. Desde ese “darnos cuenta” podemos accionar con mayor humanidad.

La quinta habilidad son las competencias sociales: el arte de las conversaciones, la creación de redes, la resolución de conflictos y la construcción de vínculos saludables.

En ese escenario, la especialista dijo que la tecnología no viene a reemplazar al docente, pero sí a transformar su rol. La información está disponible de manera inmediata, pero enseñar no es sólo informar. La presencia genera vínculo, y el vínculo genera transformación. Cuando alguien está verdaderamente presente, produce sintonía: el otro se siente visto, escuchado y valorado. De esa sintonía nace la resonancia, un impacto mutuo que hace posible el aprendizaje profundo. No recordamos a los docentes por la cantidad de contenidos que transmitieron, sino por cómo nos hicieron sentir. Los docentes que dejan huella son aquellos que pasan por el corazón.

Para sostener esa presencia es imprescindible desarrollar la regulación emocional. Las emociones guían nuestras conductas y surgen de pensamientos, reales o imaginarios. Regular una emoción no significa apagarla, sino reconocerla, aceptarla y elegir cómo canalizar su energía de manera saludable. La presencia amplía ese “cuarto de segundo” entre la emoción y la acción, permitiéndonos responder con mayor sabiduría.

La regulación emocional comienza en uno mismo, pero no termina allí. Somos seres interdependientes y nos corregulamos constantemente con otros. Un docente regulado se convierte en un regulador emocional del aula: su tono de voz, su respiración, su mirada y su calma crean un campo de seguridad. Cuando el adulto sostiene, el otro puede volver al equilibrio. Así, la presencia se transforma en refugio.

Educar desde la presencia no es fácil, pero es posible. No se trata de estar siempre bien, sino de poder observarnos, cuidarnos y volver. Pequeños gestos cotidianos —una pausa consciente, una respiración profunda, una palabra amable— generan grandes transformaciones. En un mundo que se mueve con violencia y rapidez, una presencia humana, atenta y empática, puede marcar la diferencia. No detendrá la tormenta, pero ayudará a otros a no perderse en ella.

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