Además del momento de cosecha, otro aspecto fundamental es medir correctamente el stock de pasto, es decir, la cantidad de forraje disponible para el animal. Para esto, se toma como referencia la materia seca disponible por encima de los 4 centímetros. Esta metodología, además de ser más representativa del recurso verdaderamente utilizable, permite comparar distintos tipos de cultivos –como una avena nueva frente a una pastura consociada– de forma homogénea. Este dato es clave para planificar los tiempos de ingreso y salida del pastoreo, y para ajustar la carga animal.
A esto se suma el análisis de la tasa de crecimiento, que es la velocidad con la que se acumula materia seca por día. Si el pasto es consumido muy temprano, su capacidad de rebrote es baja; si se deja pasar, también pierde eficiencia. Por eso, ubicar al forraje en su zona de máxima productividad dentro de la curva de crecimiento –entre los 900 y 1200 kg de MS/ha disponibles– es un objetivo clave para maximizar la producción sin aumentar los costos. Este enfoque convierte al manejo del pasto en una fuente de eficiencia invisible pero poderosa.
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Dinámica de la tasa de crecimiento de pasto
Manejar el pasto con eficiencia es producir más carne sin necesidad de comprar más insumos. Es cosechar lo que el suelo y el clima ofrecen, pero en el momento justo. Es aplicar conocimiento técnico con precisión práctica, entender los ciclos biológicos de las plantas forrajeras y utilizar herramientas como la medición del stock, la tasa de crecimiento y el remanente como brújulas en la toma de decisiones. “Esto no se compra, se hace”, resaltó Pancho.
Manejo eficiente del pasto
El manejo eficiente del pasto comienza con una comprensión clara de cómo crecen las gramíneas y leguminosas, y de qué sucede exactamente durante su ciclo de rebrote: cada hoja que nace y cada centímetro de remanente tiene un impacto directo en la producción de materia seca y, por lo tanto, en la cantidad de carne o leche que se puede obtener por hectárea. Entender y respetar los tiempos de la curva de crecimiento es clave para mejorar la productividad sin aumentar los costos.
Durante el crecimiento post-pastoreo de una gramínea, las tres primeras hojas que se desarrollan cumplen un papel fundamental en la acumulación de materia seca. La primera hoja aporta entre el 20% y 30%, la segunda entre el 30% y 40% y la tercera hasta un 50% del total que puede ofrecer la planta antes de ser pastoreada nuevamente. Esto significa que si se interrumpe el crecimiento antes de la tercera hoja, se desaprovecha el mayor volumen de producción, y además se afecta la recuperación energética de la planta, especialmente en las raíces, que dependen del proceso de fotosíntesis que inician estas hojas.
Un error común en muchos establecimientos ganaderos es ingresar al pastoreo antes de que la planta complete ese ciclo de tres hojas. Al hacerlo, se obliga a la planta a reiniciar su crecimiento constantemente sin haber logrado reponer las reservas en raíces ni formar nuevos macollos. Este desgaste progresivo, sobre todo en sistemas de pastoreo continuo, termina degradando las pasturas, ya que las plantas más castigadas finalmente mueren y son reemplazadas por malezas o espacios improductivos. La clave está en respetar la ventana de aprovechamiento entre la segunda y tercera hoja, para así asegurar el balance entre producción y recuperación.
La importancia del remanente también es crítica en este proceso. Un remanente ideal (alrededor de 4 a 5 centímetros de altura) no sólo permite una rápida recuperación, sino que asegura que el animal no haya pasado hambre. Pancho destacó que, además, debe dejarse un 10% a 15% de manchones sin comer como señal de que los animales estuvieron satisfechos. “Si se deja menos remanente, se compromete la tasa de rebrote; si se deja mucho más, las hojas sobrantes se morirán antes del siguiente pastoreo y se transformarán en materia muerta que el animal ya no consumirá, generando pérdidas”, apuntó.
Estas pérdidas no son menores. Por cada hoja de gramínea que se muere por haber entrado tarde al pastoreo, se pierden aproximadamente 300 kilogramos de materia seca. Traducido a carne, equivale a unos 30 kilos de carne por hectárea. Si se multiplica esta pérdida por superficie y ciclos anuales, el impacto económico es notable.
En el caso de dejar remanentes demasiado bajos, los animales sufren restricciones alimenticias severas. Esto puede observarse, por ejemplo, cuando comen incluso el pasto alrededor de sus bostas, lo cual indica una situación extrema de hambre. Además, con tan poca área foliar residual, la tasa de crecimiento de la pastura es mucho más lenta porque depende exclusivamente de las reservas radiculares. Esto alarga los tiempos entre pastoreos, reduce la cantidad de eventos de pastoreo anuales y favorece la aparición de malezas, sobrecalentamiento del suelo y pérdida de densidad vegetal.
El manejo de alfalfa también exige precisión. Como en las gramíneas, hay un momento óptimo para su aprovechamiento, que se da entre el octavo y décimo nudo del tallo. En ese punto, la relación hoja/tallo es todavía favorable y la digestibilidad es alta. “Cuando se deja pasar el momento y la alfalfa florece, se pierde una gran proporción de hojas, y lo que queda es un tallo leñoso, de baja calidad, que muchos animales –especialmente categorías sensibles como la recría– directamente no consumen. Estos errores no solo afectan la productividad del momento, sino que alteran el funcionamiento del sistema en los ciclos posteriores”, resaltó.
El experto propuso pensar el pastoreo como un circuito racional y dinámico. En este esquema, se debería salir del pastoreo con un remanente de 4 centímetros, esperar a que la pastura acumule los 1000 kilos de materia seca correspondientes a las tres hojas de rebrote y recién ahí volver a ingresar. Sin embargo, en muchos casos lo que sucede es lo contrario: se entra demasiado rápido, cuando solo hay una hoja y apenas 300 o 400 kilos, lo que inicia un ciclo de sobrepastoreo que limita severamente el rendimiento a lo largo del año. O bien, se entra demasiado tarde y lo que se cosecha es poco aprovechable y de mala calidad.
Tal como sucede en agricultura, el manejo del pasto no puede ser intuitivo ni desordenado: tiene que ser profesional. Requiere observación, medición y toma de decisiones basada en conocimiento técnico. Cada hoja cuenta, cada centímetro de remanente importa y cada día de más o de menos fuera de la curva óptima representa kilos de carne o litros de leche que se pierden. Respetar los tiempos de la planta, entender su fisiología y ajustar el manejo al ritmo del crecimiento forrajero es lo que permite transformar el pasto en una herramienta verdaderamente eficiente y rentable.
El arte de manejar el pasto
Uno de los conceptos centrales en el proceso es la relación directa entre temperatura y la aparición de hojas en gramíneas y leguminosas, como el raigrás, la festuca y el agropiro. Esta relación, regida por el filocrono, indica que a mayor temperatura, más rápido se desarrollan las hojas; a menor temperatura, más lento. Así, el pasto se come no solo cuando hay volumen, sino cuando alcanza su punto óptimo de aprovechamiento.
En invierno, especies como el raigrás se destacan por requerir menos grados/día para generar hojas, permitiendo una cierta producción incluso con bajas temperaturas. En contraste, especies como el agropiro demandan más grados/día, lo que las vuelve ineficientes para el pastoreo en esta estación. Este conocimiento es vital para diseñar una rotación que permita aprovechar el potencial de crecimiento de cada especie, sin subutilizar el recurso. La aparición de hojas es totalmente dependiente de la temperatura; ni la humedad ni la fertilidad alteran su frecuencia de aparición, aunque sí influyen en el tamaño de las hojas y, por ende, en la cantidad de materia seca disponible por hoja.
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Tasa de crecimiento de especies forrajeras
Una correcta planificación del pastoreo comienza por determinar el momento óptimo de ingreso a la pastura. Este momento está vinculado a la presencia de tres hojas por macollo en gramíneas, lo que suele coincidir con un stock de aproximadamente 1000 kilos de materia seca por hectárea. En primavera, debido al mayor contenido de materia seca y tamaño de las hojas, este número puede aumentar a 1200 kilos; estos valores no sólo indican cuándo entrar, sino también permiten calcular la velocidad de rotación ideal. Si, por ejemplo, la tasa de crecimiento es de 25 kg/día, se necesitarán 40 días para acumular los 1000 kilos requeridos.
Por otra parte, la rotación no debe ser una constante a lo largo del año. Cambia drásticamente según la estación y la tasa de crecimiento de los recursos. En invierno, donde las tasas pueden descender a 10 o incluso 5 kg/día, la rotación debería extenderse a 100 o más días. Entrar antes del tiempo necesario, sólo por una necesidad momentánea, genera un lucro cesante difícil de detectar porque no es una pérdida visible, sino una oportunidad no aprovechada. A menor stock acumulado, menor tasa de crecimiento futura, menor productividad y menor rentabilidad. “Entrar antes de lo debido es, muchas veces, el error más costoso y silencioso del pastoreo”, advirtió.
Del mismo modo, ir demasiado lento en primavera puede provocar que el forraje se pase, pierda calidad, se cenezca y reduzca drásticamente su valor nutricional. Esto implica desperdicio de pasto y menor ganancia de peso por bocado. Si el circuito no es ajustado a tiempo, ya sea aumentando la carga o cosechando excedentes como reservas, la fábrica de forraje se rompe. “Un sistema de pastoreo bien manejado debe ser ágil, adaptable y estar alineado con las tasas de crecimiento reales del campo, no con estimaciones o rutinas fijas”, precisó Pancho.
Es imprescindible que quien ejecuta el manejo del pasto esté capacitado y cuente con información clara. De nada sirve que los técnicos armen planes si no hay una bajada concreta a quienes manejan las parcelas. Las decisiones sobre velocidad de avance, uso de reservas, suplementación o ajustes de carga deben estar coordinadas, documentadas y evaluadas. Capacitar al personal sin involucrar a los tomadores de decisiones es un esfuerzo estéril.
Un buen manejo del pasto no solo mejora la productividad sino también la rentabilidad: cada 1000 kg de materia seca adicional cosechada puede representar entre 85 y 100 kilos de carne más por hectárea. “Pero, más allá del factor monetario, un sistema bien manejado permite mantener la calidad del pasto, asegurar el bienestar animal, conservar la vida útil de las pasturas y reducir la dependencia de insumos externos; es una ganancia integral que parte del conocimiento”, resumió Pancho.
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