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Para ejemplificar la diferencia de eficiencia entre sistemas, comparó la cosecha agrícola con la ganadera. Explicó que mientras en la agricultura se recolecta casi el total de los kilos producidos, en ganadería “producíamos un Gatton panic de 8.000 kilos de materia seca y apenas cosechábamos 1.500. Tampoco es posible tener una aguada a 4.500 metros de los animales; sería como sembrar maíz al voleo, con un híbrido viejo, y cosechar con una trilladora de hace cien años”.
El coordinador señaló que una ganadería mal administrada puede ser riesgosa sobre todo en épocas de sequía. “En agricultura, cuando el manejo es deficiente, el productor se funde. En ganadería, en cambio, el productor ineficiente suele resistir gracias a sus activos, aunque sin lograr rentabilidad”, indicó.
Lote sucio vs limpio
Figueroa Garzón ilustró su experiencia inicial en el Chaco Seco, donde un establecimiento recién adquirido por una empresa del CREA Ganaderos del Noroeste se encontraba sin pasto hacia abril de 2004. “Quedó sin fibra en julio, cuando debería haber llegado a diciembre. La situación era muy complicada, con las vacas flacas y los terneros al pie”, recordó. En los años previos se habían hecho ensayos de destete precoz, pero recién se terminaba de ajustar la tecnología y, por eso, debió aplicar un destete tradicional. “A los siete meses ya estaba destetando de nuevo”, relató.
El veterinario describió aquel predio de Santiago del Estero como un escenario de desmanejo total. “Entre la sequía, la sobrecarga animal y el renoval, la situación era muy compleja”, señaló. Ese comienzo marcó su perfil profesional. “Me había recibido en 2003. Si hubiera empezado en un campo con pasto de sobra, tal vez me habría dedicado a trasplantar embriones. Pero me tocó este baile”, admitió.
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La experiencia lo llevó a identificar una correlación clave para la producción forrajera en la región semiárida. “La variable número uno de pasto no son las pasturas ni las lluvias, sino la diferencia entre un lote sucio y un lote limpio. Esa condición cambia totalmente la producción”, afirmó. En ese establecimiento la pastura de Gatton panic estaba sembrada, pero invadida por malezas, lo que lo obligó a enfocarse en el control mecánico y químico para recuperar el forraje.
Entre 2006 y 2008, junto con la región CREA Córdoba Norte, comenzaron los ensayos de control de renovales. “Realizamos comparaciones entre distintas herramientas: testigo, rolo, rastra y cuatro tratamientos químicos, para evaluar el costo y la frecuencia de aplicación”, detalló.
Estos datos resultaron centrales para diseñar un manejo más eficiente y económicamente viable, permitiendo ajustar las combinaciones de prácticas según la respuesta de cada lote. En paralelo diseñaron una calculadora que integraba tipo de herramienta, duración de cada tratamiento y superficie intervenida, con el fin de medir los avances.
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Una imagen del mismo lote con renoval, antes y después, con un año de diferencia
Este proceso cambió la manera de planificar. “Pasamos de discutir qué herramienta usar a decidir qué herramienta iba en cada lote, cuántas hectáreas cubrir, los costos y las combinaciones posibles”, explicó. “Había productores que se inclinaban por el uso del rolo; otros por la rastra o el control químico. El desafío era encontrar la mejor combinación y capitalizar la experiencia de todos, sin atarnos a una sola idea”, subrayó.
Aunque los cálculos iniciales indicaban que los lotes se limpiarían en cinco años, el trabajo demandó más del doble. “Un campo que habíamos planificado limpiar en cinco años demoró 12, porque mientras se avanzaba en un lote, otros se volvían a ensuciar. Es un proceso dinámico”, concluyó.
Protocolo de sequía
El segundo ejemplo abordó el caso de una empresa del grupo CREA Semiárido Norte, con buenos suelos, adecuados niveles de fósforo, pasturas implantadas y control de malezas, pero sin agua. El objetivo de la presentación fue advertir sobre el impacto de la variabilidad climática sobre la ganadería en el Chaco Seco.
“Es una zona semiárida donde las precipitaciones pueden oscilar desde 200 milímetros, como en los Llanos Riojanos, hasta 1.200, como en la Pampa Húmeda”, describió. Además las lluvias se distribuyen de manera irregular: “Podés tener una primavera lluviosa y después nada, o un año entero lloviendo para llegar a 1.200. O puede no llover nunca”. En la campaña 2012/13 la situación alcanzó un extremo. “Tuvimos apenas entre 170 y 190 milímetros, cuando la mínima histórica era de 350”, detalló.
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Ante ese escenario, el equipo comenzó a trabajar en la relación entre variabilidad climática y manejo de carga animal. “Construimos una estrategia para la sequía y terminamos armando un protocolo”, explicó.
El protocolo contempló herramientas preventivas, paliativas y de recuperación, con el objetivo de disminuir el consumo de fibra sin bajar en exceso la carga animal y asegurar la resiliencia del sistema. El enfoque combinó datos de suelos, pasturas y disponibilidad de agua para tomar decisiones de manejo que permitieran recuperar la capacidad productiva una vez superada la sequía.
El concepto central, resumió el veterinario, es limpiar las pasturas y luego manejar la carga en función de la variabilidad climática, aplicando las herramientas disponibles para anticiparse a los cambios y sostener la productividad.
De la experiencia al modelo de decisión
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Tras relatar los dos casos, Figueroa Garzón destacó el aprendizaje que marcó cada etapa de su trayectoria. “El primero caso fue cuando recién entré a trabajar y el segundo, casi diez años después, cuando uno cree que la tiene atada”, señaló. Recordó que, en sus inicios, el paradigma de manejo se basaba en superar el invierno esperando las lluvias de verano. “Había escuchado a algún hombre mayor que decía que había pasado un verano sin llover, pero nosotros trabajábamos con la idea de que el verano siempre iba a traer agua”, agregó.
Ese recorrido lo llevó a volcar su experiencia en Terratio, la empresa que dirige en la actualidad, donde utilizan imágenes satelitales para hacer presupuestos forrajeros y modelar la producción de carne. Estas herramientas se apoyan en modelos espacialmente explícitos, capaces de interpretar y predecir los procesos que afectan la producción y el ambiente.
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Entre las aplicaciones destacó el informe de carga, que ayuda a evaluar el riesgo de cada productor ante un período de sequía. A partir de imágenes satelitales, se desarrolló un índice de capacidad productiva que permite identificar lotes con mayor potencial y planificar acciones de control de renovales, ajuste de carga y lograr un presupuesto forrajero con criterios de eficiencia económica y valor ambiental.
Entre las herramientas presentadas se destacó el “Mapa de kilos de carne”, que permite visualizar las diferencias de producción entre potreros o establecimientos vecinos. “La idea es evidenciar el costo de no producir. Si un potrero genera 190 kilos de carne y otros lindantes apenas 22 o 10, la diferencia salta a la vista”, señaló. Este análisis ayuda a calcular el costo de un manejo ineficiente: “Si la aplicación de un control químico cuesta 80 dólares por hectárea, equivalente a 40 kilos de carne, por no fumigar quizá estoy perdiendo 150 kilos, que representan 300 dólares”.
Según el técnico, la mirada satelital cambió por completo la interpretación de los establecimientos. “Durante 11 años recorrí un campo llamado El Mangrullo y nunca supe cuántas hectáreas tenía de monte. Como los índices de producción individual no eran buenos, pensábamos que la carga era baja y que había que aumentarla. Un día analizamos las imágenes satelitales y encontramos que en realidad había 4.000 hectáreas limpias. Todo ese tiempo estuve trabajando a ciegas”, admitió. A su entender, esa precisión confirma el valor de combinar tecnología con experiencia para tomar decisiones más rentables y sostenibles.