Una red que acompaña la formación en CREA Mar y Sierras
Empresas de la región CREA Mar y Sierras impulsan pasantías y becas para la educación universitaria. Historias que muestran el impacto de la iniciativa.
Marcos Díaz (izquierda), Eduardo Mugaburu (centro) y Diego Franco (derecha)
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En grupo San Manuel, de la región CREA Mar y Sierras, la relación con las escuelas agropecuarias se transformó en una política de acompañamiento educativo. Primero fueron pasantías que acercaban a los estudiantes a la vida de las empresas; luego, un sistema de becas que sumó a otros grupos para colaborar con los estudios universitarios de jóvenes con vocación.
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A lo largo de más de una década, esta iniciativa fue generando un esquema de trabajo que incluye la detección y entrevistas con los candidatos, la articulación con las escuelas y un seguimiento de las trayectorias académicas. Dentro de ese proceso, Eduardo Mugaburu, miembro del CREA San Manuel, cumple un rol organizativo y de enlace entre los estudiantes y los grupos CREA que participan de estas iniciativas.
Esta nota reúne dos historias en primera persona —las de Diego Franco y Victoria Gutiérrez, ambos beneficiarios de este sistema— y muestra cómo la red educativa impulsada por varios grupos CREA contribuye a sostener trayectorias académicas y facilitar las primeras experiencias profesionales.
Jóvenes con oportunidades
El CREA San Manuel, de la zona Mar y Sierras, reúne a diez empresas que llevan dos décadas trabajando juntas, con establecimientos ubicados entre Gardey, Mar del Plata, Miramar y Necochea.
Desde el comienzo participaron en distintas capacitaciones —entre ellas Empretec, el programa de Naciones Unidas orientado a desarrollar comportamientos emprendedores— y empezaron a distinguir perfiles: quienes se inclinaban por la gestión numérica y quienes aportaban una mirada más humanista. Eduardo se reconoce en este último grupo. “Yo vengo del mundo del Derecho y siempre tuve un interés fuerte por la educación”, señaló.
Ese interés derivó en la primera aproximación a la Escuela Agrotécnica “Irene Martínez de Hoz de Campos”, de Miramar, con la cual construyeron un vínculo a partir de visitas frecuentes, charlas con docentes y otras acciones que fortalecieron la relación. “Fuimos muchas veces a la escuela; había que generar confianza y empatía”, resumió. En ese proceso colaboraron con equipamiento para prácticas, desde una máquina para moler trigo hasta otra para extraer aceite de girasol.
La relación creció hasta que surgió la idea de invitar a estudiantes de la escuela a convivir durante una semana con las empresas del grupo, para compartir la vida cotidiana de los productores. “Queríamos que vieran todo: cómo se trabaja, cómo se compra y se vende, cómo es ir al banco o al estudio contable”, explicó.
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Victoria Gutiérrez y Diego Franco son algunos de los beneficiarios del sistema de becas implementado por grupos de la región CREA Mar y Sierras, en algunos casos junto a otras instituciones, como la Fundación Díaz Vélez.
La experiencia resultó valiosa para los jóvenes que dudaban de su futuro académico. Muchos no sabían si podrían estudiar por motivos económicos o por la incertidumbre que genera el paso de la secundaria a la universidad. “A algunos chicos había que encenderles la chispa, mostrarles que sí podían llegar”, dijo Eduardo.
El programa funcionó entre 2011 y 2016. Periódicamente, el CREA trasladaba a los estudiantes, los alojaba en las empresas y luego recibía una devolución escrita sobre lo vivido. “Los chicos volvían fascinados; yo estaba enamorado del sistema”, recordó. La iniciativa se interrumpió por razones políticas, pero sus efectos se extendieron más allá de esos cinco años.
Hoy Mugaburu mantiene contacto con varios egresados de la escuela que, gracias a becas de la Fundación Carlos Díaz Vélez, lograron recibirse como ingenieros agrónomos. Uno de ellos es Diego Franco, actualmente asesor junior en su empresa de Necochea y responsable de un proyecto de fumigación con drones. Otro es Marcos Díaz, también ingeniero, que logró desarrollar su propia empresa de maquinaria. “Ambos surgieron de ese vínculo con la escuela y siguen siendo parte de nuestro recorrido”, afirmó.
Del campo a ingeniero
Diego Franco conoció el campo desde adentro mucho antes de pensarse como ingeniero. Creció en un establecimiento del partido de Lobería, donde su padre trabajaba como tractorista y peón rural y su madre era cocinera para los empleados. “Siempre vivimos en el campo. Me encantaba de chico y me sigue gustando hoy”, resumió. Ese entorno marcó su vocación temprana por estudiar algo vinculado a la producción.
Tras la primaria y parte de la secundaria, ingresó a la escuela agrotécnica de Miramar, para cursar la tecnicatura en Producción Agropecuaria. Allí escuchó por primera vez sobre el CREA San Manuel y su sistema de pasantías. “Seleccionaban alumnos de segundo o tercer año y nos llevaban una semana a convivir con una empresa. Era vivir la diaria completa de un productor”, recordó. Esa experiencia lo acercó por primera vez a Eduardo Mugaburu.
La idea de estudiar agronomía en Balcarce estuvo siempre presente, pero el desafío económico era grande. Diego es el menor de cuatro hermanos y, aunque sus padres lo acompañaron desde el inicio, sostener un alquiler en la ciudad se volvió difícil. “El primer año me bancaron mis viejos, pero llegó un punto en que ya no podían. Entonces Eduardo me puso en contacto con la Fundación Díaz Vélez”, contó.
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Mientras estudiaba en la secundaria, Diego realizó una pasantía en el CREA San Manuel. Hoy asesora a una de sus empresas.
La beca de la Fundación le dio estabilidad económica y alivió a su familia mientras continuaba la carrera. “Fue el apoyo que necesitaba para seguir sin la preocupación de la parte económica”, resumió. Durante ese proceso, Eduardo actuó como tutor y nexo con la Fundación, y la relación derivó en una amistad que continúa hasta hoy.
Ya recibido, Franco empezó a trabajar en distintos proyectos vinculados al agro, siempre cerca de CREA. Ingresó a la Mesa de asesores técnicos de la zona Mar y Sierras a través de una pasantía pensada como instancia de formación para nuevos profesionales, y desde entonces mantiene un vínculo activo con ese espacio. Actualmente asesora, junto a otro profesional del grupo, el establecimiento de Mugaburu en Necochea.
Además, busca acompañar a otros jóvenes. “Siempre tratamos de ir a charlar a colegios. Hemos ido a la agropecuaria Santa Marina, por ejemplo, buscando a chicos que tienen entusiasmo y ganas de seguir estudiando. La idea es detectarlos y hacerlos parte de la red de educación”, detalló.
Nuevas becas
Cuando el programa de pasantías dejó de funcionar, Mugaburu buscó otra forma de seguir acompañando a estudiantes que necesitaban apoyo para continuar sus estudios. “Yo quería seguir cerca de los chicos del secundario y de los universitarios”, sostuvo.
Como primera iniciativa, el CREA San Manuel decidió financiar una beca. Así apoyaron a Nelson Scribanti, egresado de la Escuela Agrícola de Miramar y estudiante de Ingeniería en Alimentos. “Fue nuestro primer becario”, dijo Eduardo. Hoy trabaja en PepsiCo, en Mar del Plata, aunque aún tiene pendiente recibirse.
Pronto se sumaron otros grupos de la zona Mar y Sierras: Loberías Grandes, Necochea Quequén y un grupo de Tres Arroyos. Entre todos construyeron un sistema de becas que hoy permite que jóvenes con buen desempeño académico y dificultades económicas puedan estudiar en Balcarce.
Actualmente, el CREA Necochea Quequén acompaña a Victoria Gutiérrez, a punto de recibirse de ingeniera agrónoma. El CREA Loberías Grandes financia a otro estudiante que también cursa allí, y el grupo de Tres Arroyos apoya a una alumna de quinto año, cerca de terminar su carrera. “Creo que el efecto de este tipo de acciones es ilimitado”, afirmó.
La selección de becarios comienza, por lo general, con la recomendación de las escuelas. Eduardo visita a los candidatos, conversa con ellos y busca tres condiciones clave: integridad, capacidad y determinación. “Primero, que sean buenas personas; segundo, que tengan capacidades; y tercero, que tengan fuego, que les queme la vida”, describió. Cuando encuentra a alguien así, contacta a un grupo CREA y sugiere otorgar la beca. Ese gesto inicia un nuevo círculo virtuoso.
El sueño de la piba
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Victoria está terminando la universidad, para lo cual cuenta con una beca del grupo Necochea Quequén. Su sueño es ser asesora CREA.
Victoria Gutiérrez está terminando Agronomía en la sede Balcarce de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Cursa su último año. Fue ayudante de cátedra en Biología durante el primer cuatrimestre y trabajó en el laboratorio de Edafología. “El año que viene culminaría la carrera”, contó.
Es oriunda de Ramón Santamarina, un pueblo ubicado a 60 kilómetros de Necochea. La relación con el agro viene por su papá, edafólogo, quien fue docente en la escuela agrotécnica donde ella cursó, y que además trabajó como técnico de Cambio Rural del INTA. Hoy sigue asesorando a productores hortícolas de la zona.
Victoria ingresó a la facultad en 2020 y conoció a Eduardo un año después, cuando él se acercó a para entrevistar a posibles becarios. “Cuando empezaron a becarme estaba en segundo año”, recordó. El apoyo cubre parte del alquiler en Balcarce y le permitió avanzar con mayor estabilidad. “Para mis viejos fue un alivio enorme. Siempre me acompañaron, pero la ayuda del CREA hizo una diferencia”, afirma.
El vínculo con el grupo no se limita a lo económico. Victoria ya realizó algunas recorridas con Agustín Bilbao, asesor del CREA Necochea Quequén, y espera poder continuarlas cuando reduzca la carga académica. “Me parece súper interesante. Sería un desafío enorme, el sueño del pibe, poder ser asesora en un grupo CREA”, dijo. “Salir del escritorio te abre la cabeza. Ojalá eso me dé oportunidades para el día de mañana”, concluyó.