Té va a sorprender: un té de compost para cultivos extensivos
Monte Hermoso produce insumos biológicos para hacer inoculación de semillas y aplicaciones foliares en cultivos, en el marco de la agricultura regenerativa.
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El establecimiento Monte Hermoso, ubicado en General Levalle, al sur de la provincia de Córdoba, y miembro del CREA Melo-Serrano, puso en marcha hace poco más de un año una biofábrica destinada a la producción de insumos biológicos. Los productos se utilizan en cultivos de servicio y de renta, con el objetivo de reducir el uso de insumos externos y fortalecer los procesos biológicos del sistema.
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La iniciativa, implementado por la empresa que administra German Alonso, de la región Centro de CREA, se integra a un planteo de agricultura regenerativa que vienen desarrollando en el establecimiento desde hace 15 años. El sistema se apoya en rotaciones con cultivos servicio, corredores biológicos, parches de vegetación natural y otras prácticas orientadas a promover servicios ecosistémicos.
Según Jéssica Ceballos, responsable de la biofábrica, “durante el primer año de funcionamiento, el proyecto se consolidó como una tecnología de proceso aplicada a la agricultura regenerativa, integrando manejo de economía circular, valorización de biomasa y producción de insumos biológicos dentro del establecimiento”.
“El sistema permitió cerrar ciclos de nutrientes, reducir la dependencia de insumos externos, mejorar la eficiencia biológica del sistema productivo y generar empleo sustentable asociado al manejo de procesos vivos”, resumió.
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El proceso para la obtención de insumos biológicos se basa en materia prima generada en el propio establecimiento.
Biofábrica
El proceso para la obtención de insumos biológicos se basa en materia prima generada en el propio establecimiento. Se emplean restos de poda, pasto, mantillo y biomasa proveniente del manejo de corredores biológicos con vegetación natural, con el objetivo de reincorporar al suelo una mayor diversidad de materia verde y microbiología nativa. El esquema también permite avanzar hacia un modelo de economía circular dentro del sistema productivo.
Con esos materiales se elaboran pilas de compost biológico en canastos que poseen una capacidad de 250 kilos. El manejo incluye un monitoreo permanente de variables como humedad, temperatura y olor, que permiten ajustar el proceso. Durante esa etapa se incorpora melaza, que actúa como fuente de energía para estimular la reproducción de bacterias y hongos benéficos.
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Uno de los principales indicadores de madurez del compost es la temperatura. Según explicó Ceballos, las altas temperaturas permiten eliminar patógenos y favorecer el desarrollo de microorganismos benéficos, aunque un exceso también puede limitar la oxigenación y derivar en procesos no deseados. Por eso, el monitoreo periódico resulta fundamental.
Luego de un período de entre dos y tres meses, cuando el compost alcanza un estado maduro, se inicia la etapa líquida del proceso. El material se coloca en un canasto con bolsa micronada, se agrega agua y se estimula la reproducción de la microbiología generada en las pilas, para obtener el producto final, denominado “té de compost”, que se trasvasa a contenedores de mil litros para su posterior uso en los cultivos.
Se utilizan unos 40 kilos de compost para producir alrededor de 1.750 litros de té, aunque el sistema permite alcanzar hasta 4.000 litros. Los residuos sólidos que quedan luego del filtrado no se descartan: regresan a las pilas de compost, donde vuelven a cargarse de microbiología y se reincorporan al circuito productivo.
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Se utilizan unos 40 kilos de compost para producir alrededor de 1.750 litros de té
Inoculación y aplicaciones foliares
El té de compost producido en la biofábrica se utiliza tanto para la inoculación biológica de semillas como para aplicaciones foliares a lo largo del ciclo de los cultivos.
“La inoculación biológica busca recubrir la semilla con una capa muy delgada de microbiología activa”, explicó Ceballos. Ese recubrimiento cumple una doble función: protege a la semilla hasta el momento de la germinación y estimula la actividad biológica en los primeros centímetros del suelo.
Durante la actual campaña, los tratamientos de semillas se realizaron entre marzo y mayo de 2025. El esquema incluyó tanto cultivos de servicio como cultivos de renta, principalmente soja. Sobre una superficie total de unas 1.500 hectáreas en producción, se trabajó con un diseño comparativo: en cada lote, el 50% se sembró con semillas inoculadas con biológicos y el otro 50% se dejó como testigo.
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La agricultura regenerativa se apoya en rotaciones con cultivos servicio, corredores biológicos, parches de vegetación natural y otras prácticas orientadas a promover servicios ecosistémicos.
En cultivos de renta, la inoculación biológica se aplicó sobre soja. En el caso de maíz y girasol, el tratamiento aún no se implementó debido a que las semillas ya vienen con curasemillas. En los cultivos de servicio, en cambio, se realizó inoculación biológica en centeno, vicia, phacelia, lupino y coriandro.
“En las líneas de siembra empezamos a observar la aparición de hongos benéficos, lo que es un muy buen indicador”, señaló Ceballos. Según explicó, esa señal refleja que el sistema biológico está funcionando: hay condiciones adecuadas de humedad y temperatura, y la germinación ocurre en un ambiente protegido por la microbiología incorporada con la inoculación.
Además del tratamiento de semillas, el esquema incluye aplicaciones foliares para acompañar el cultivo a lo largo de su ciclo. Cada aplicación demanda entre 4.000 y 5.000 litros cada 50 hectáreas, y el sistema permite realizar hasta cuatro aplicaciones, siempre que las condiciones del cultivo permitan el ingreso de la maquinaria.
Durante estos meses ya se realizaron aplicaciones foliares en maíz, utilizando el té de compost como fertilizante biológico, y actualmente continúan las aplicaciones en soja. También se aplicó en cultivos de servicio, como camelina. En este último caso, no se realizó tratamiento de semilla, pero sí una aplicación foliar para aportar microbiología al sistema.
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En las líneas de siembra crecieron hongos benéficos, un indicador de que el sistema biológico está funcionando
De cara al futuro, el proyecto se encuentra todavía en una primera etapa, aunque su continuidad ya no está en discusión. “Sabemos que el camino hacia la agricultura regenerativa necesita tecnologías de procesos y la biofábrica cumple ese rol”, afirmó Ceballos. En ese marco, el establecimiento prevé ampliar las líneas de producción para acompañar una mayor escala de uso.
Agricultura regenerativa
La biofábrica de Monte Hermoso se originó a partir de un proyecto impulsado por Lucas Andreoni, ingeniero agrónomo y técnico del establecimiento, luego de un viaje a Costa Rica en el que tomó contacto con sistemas productivos locales. El desafío fue adaptar tecnologías habituales en sistemas intensivos a una escala mayor, compatibles con cultivos extensivos.
El proyecto se inscribe en un enfoque de agricultura regenerativa que combina tecnologías de precisión y manejo por ambientes con tecnologías de proceso. Según explicó Andreoni, Monte Hermoso inició esta transformación de manera progresiva hace 15 años, con una intensificación más marcada en los últimos seis.
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El proyecto de la biofábrica se originó a partir de un proyecto impulsado por Lucas Andreoni luego de un viaje a Costa Rica
El planteo incluye rotaciones que reincorporan cultivos que habían salido de los esquemas productivos, como girasol o sorgo, junto con cultivos de servicio —entre ellos camelina, orientada a la producción de biocombustibles— y la incorporación de corredores biológicos. “Tenemos que sumar naturaleza a nuestros sistemas productivos”, afirmó Andreoni.
Ese proceso se apoya en estudios que permiten identificar sectores de menor productividad, que dejan de ser exigidos como áreas agrícolas y pasan a cumplir funciones ecosistémicas. “En esos ambientes se diseñan corredores biológicos y paisajes multifuncionales que cumplen múltiples funciones”, detalló.
“El servicio ecosistémico más visible es la producción de granos, carne o leche, pero hay muchos otros que empiezan a cobrar valor”, aseguró. Entre ellos destacó la captura de carbono y su contribución a la mitigación del cambio climático, la reducción de escorrentías y de procesos de erosión hídrica y eólica, y el favorecimiento de polinizadores y controladores biológicos. Estos procesos también contribuyen a la regulación biológica de plagas y a la reducción de malezas resistentes, con impacto sobre los rendimientos de los cultivos.
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“Tenemos que sumar naturaleza a nuestros sistemas productivos”, afirmó Andreoni.
Ecosistema de conocimiento
El proyecto se apoya en un trabajo articulado entre el sector privado y el sistema científico-tecnológico. En Monte Hermoso participan empresarios, técnicos e investigadores de distintas instituciones, con el objetivo de construir una cadena de valor basada en conocimiento.
“Nosotros no podemos tener todas las respuestas ni todas las herramientas”, sostuvo Andreoni. Por eso, el establecimiento articula con la red CREA, universidades, INTA y CONICET para medir biodiversidad, evaluar procesos y generar información propia a partir de los manejos que se aplican en el campo.
Ese trabajo conjunto permite transformar prácticas productivas en conocimiento aplicado, adaptado a las condiciones locales. “Medir biodiversidad no es algo que podamos hacer solos; necesitamos a quienes saben hacerlo”, sostuvo.
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Investigadores del IRNAD monitorearon en Monte Hermoso la incidencia de insectos benéficos y malezas en corredores biológicos y los lotes agrícolas.
Durante enero de 2026, el establecimiento recibió la visita de Daniela Ortiz, Paula Zermoglio y Bautista Villanueva, investigadores del Instituto de Investigación en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural (IRNAD), del CONICET y de la Universidad Nacional de Río Negro. Los trabajos se desarrollan en el marco de un estudio dirigido por Lucas Garibaldi, orientado a la implementación y evaluación de paisajes multifuncionales en establecimientos agrícolas.
En una campaña de monitoreo que integra establecimientos de Buenos Aires, La Pampa y Córdoba, midieron distintos parámetros de biodiversidad en corredores biológicos y en lotes productivos mediante diversas técnicas. El objetivo es evaluar la incidencia de insectos benéficos y perjudiciales, y vegetación, incluyendo especies consideradas malezas, en los corredores y los lotes agrícolas.
También visitaron el campo Juan Whitworth-Hulse, Marcos Niborski, Ana Laura Llanes y Esteban Jobbágy, del equipo del Grupo de Estudios Ambientales (GEA), de la Universidad Nacional de San Luis y CONICET, para conocer los rediseños del paisaje y los cultivos de servicio, y explorar su posible papel en la dinámica del agua del campo. En particular, en esa zona, interesa comprender cómo se consumen y recargan las napas y en qué medida esos flujos van cambiando la carga de sales del agua y los suelos. Durante la jornada realizaron mediciones exploratorias con la "bazooka", un instrumento geofísico que permite perfilar humedad y salinidad del terreno en forma no invasiva hasta los seis metros de profundidad.
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El Grupo de Estudios Ambientales (GEA) visitó el establecimiento para conocer los rediseños del paisaje y los cultivos de servicio, y explorar su posible papel en la dinámica del agua del campo
Beneficios más allá del cultivo
Más allá de los resultados productivos, el enfoque regenerativo también tuvo impacto en las personas que trabajan en el establecimiento. Jéssica vive y trabaja en Monte Hermoso desde hace 13 años y acompañó la implementación de prácticas orientadas a reducir el uso de insumos externos.
“Este tipo de manejo empezó buscando prácticas más sustentables y más amigables con el ambiente, para reducir insumos externos”, explicó. Según señaló, los servicios ecosistémicos no solo benefician a las producción y el ambiente, sino también a quienes trabajan en el campo, al disminuir el contacto con fitosanitarios y mejorar las condiciones laborales.
Para Ceballos, el cambio también se percibe en el paisaje. “Es mucho más agradable para trabajar, circular y recorrer el campo. Es un placer caminar y encontrarte con parches vegetativos con muchas flores autóctonas”, concluyó.
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Jéssica vive y trabaja en Monte Hermoso desde hace 13 años. Para ella, estas prácticas sustentables no solo benefician a las producción y el ambiente, sino también a quienes trabajan en el campo.
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