Así abordan la compactación de suelos en el sur de Córdoba
El CREA Washington Mackenna avanzó en la evaluación de alternativas para recuperar la estructura de los suelos y mejorar el desarrollo radicular de los cultivos
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En 2025, la compactación de los suelos fue el eje central del trabajo del CREA Washington Mackenna, en la región Centro. El grupo avanzó con reuniones técnicas y jornadas a campo para analizar el fenómeno, con foco en la estratificación de los suelos y en estrategias de manejo.
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“Venimos trabajando hace dos años en la evaluación de distintas alternativas de manejo para resolver problemas de compactación, manteniendo la siembra directa”, explicó Agustín Torriglia, ingeniero agrónomo y asesor del grupo. Según detalló, se trata de una limitante de medioambiente extendida a nivel regional que obliga a definir líneas de acción.
El grupo está conformado por 11 empresas agropecuarias del sur de Córdoba, con sistemas agrícolas puros y mixtos, algunas de gran escala y diversificadas en otras unidades de negocio, como maquinaria e insumos. En ese contexto, comenzaron a detectar capas con mayor dureza entre los 12 y 15 centímetros del perfil, un rasgo que empezó a repetirse en distintos lotes.
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En el grupo Washington Mackenna comenzaron a detectar capas con mayor dureza entre los 12 y 15 centímetros del perfil, un rasgo que empezó a repetirse en distintos lotes.
“En los maíces tardíos, por ejemplo, eso se expresa en caídas de plantas por un crecimiento radicular deficiente”, señaló Torriglia. El fenómeno se repitió durante dos o tres campañas consecutivas y terminó impactando sobre los rendimientos, lo que reforzó la necesidad de avanzar en un diagnóstico más fino.
La búsqueda de soluciones se da en un escenario con restricciones, puesto que los suelos de la zona presentan hasta un 80% de arena en algunos ambientes, lo que eleva el riesgo de erosión eólica frente a intervenciones mecánicas intensas. “Estamos tratando de no romper el suelo con una labranza tradicional”, advirtió el asesor.
El trabajo se apoya en una articulación entre productores, técnicos y la universidad. Desde hace dos años, el grupo trabaja junto al INTA y la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de Río Cuarto, con la participación de especialistas como Cristian Álvarez y Gabriel Esposito. En la última reunión, realizada a fines de diciembre de 2025 en el establecimiento El Cimarrón, también se sumó Jorge Romagnoli, impulsor del sistema Tainar.
“Estamos trabajando desde la academia, los productores, la ciencia y las empresas para abordar problemáticas concretas que atraviesan a todos los establecimientos del grupo”, resumió Torriglia.
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El grupo está conformado por 11 empresas agropecuarias del sur de Córdoba, con sistemas agrícolas puros y mixtos, algunas de gran escala y diversificadas en otras unidades de negocio, como maquinaria e insumos.
Ensayos para recuperar la estructura de los suelos
“Cada tipo de manejo —ya sea agricultura en siembra directa, planteos que incluyen maní o sistemas mixtos con ganadería— tiene impactos distintos sobre la compactación del suelo”, dijo Torriglia. En este sentido, señaló que, para avanzar en la búsqueda de soluciones, el CREA Washington Mackenna definió distintas líneas de trabajo que combinan ensayos agronómicos, diagnósticos de suelo y alternativas de manejo. El abordaje incluye variables físicas, químicas y biológicas. “Hace más de dos años empezamos a evaluar alternativas de manejo, ya sea a través de rotaciones, cultivos de cobertura o herramientas presiembra”, explicó.
El grupo trabaja junto a la cátedra de Cereales de la Universidad Nacional de Río Cuarto en una red de siete sitios experimentales distribuidos en cinco empresas, ubicadas en Adelia María, Washington, Vicuña Mackenna y General Soler. En esos ambientes se evalúan enmiendas con calcio y magnesio, aplicadas a la siembra y al voleo, con dosis fijas y crecientes.
El objetivo de estas enmiendas es mejorar la estructura del suelo y, como consecuencia, corregir variables químicas como el pH y la disponibilidad de nutrientes. Los ensayos se apoyan en un diagnóstico de línea base que comenzó a mediados de 2025, con muestreos intensivos por ambiente, donde se midieron textura, pH, fósforo, materia orgánica, boro, zinc, bases y Capacidad de Intercambio Catiónico (CIC) en distintos estratos del perfil.
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Para buscar soluciones, se definieron distintas líneas de trabajo que combinan ensayos agronómicos, diagnósticos de suelo y alternativas de manejo. El abordaje incluye variables físicas, químicas y biológicas
“Empezamos a observar suelos que se están acidificando, con pH por debajo de 6, y una pérdida de calcio y, en menor medida, de magnesio”, señaló Torriglia. A diferencia de otras regiones, como el norte bonaerense, por ahora no se detectaron deficiencias de potasio.
Ese proceso impacta directamente en la estructura del suelo. “Nuestra hipótesis es que la pérdida de bases termina derivando en una mayor dureza y, en casos más severos, en compactación”, afirmó. En ese marco, el grupo comenzó a revisar el uso de fuentes fertilizantes ácidas, como Fosfato Monoamónico (MAP), para evitar profundizar procesos de acidificación.
Otra línea de trabajo es la diversificación de rotaciones, con el uso de cultivos de cobertura ajustados por ambiente. El enfoque ya no apunta a sembrar una única especie en todo el lote, sino a definir coberturas según el servicio buscado en cada sitio del paisaje. Así, en lomas se utiliza centeno con un espaciamiento de 42 centímetros, mientras que en bajos con riesgo de anegamiento se combinan vicia y avena o se utiliza vicia sola. También están realizando experiencias con vicia al voleo previo a la cosecha de girasol o maíz, y planifican incorporar triticale y melilotus para modificar la arquitectura radicular.
En el plano mecánico, los primeros resultados llegaron a partir del uso de una cuchilla presiembra, que trabaja hasta 15 centímetros de profundidad, basada en la tecnología de Tainar, que una de las empresas del grupo comenzó a utilizar como parte de los ensayos.
“En maíz y, sobre todo en soja, veíamos raíces con crecimiento horizontal; con esta herramienta empezamos a observar un desarrollo más vertical”, detalló el asesor. Esa mejora se tradujo en una mejor calidad de siembra y en un arranque más homogéneo del cultivo.
El resto de los ensayos apunta a obtener resultados de más largo plazo. El grupo prevé repetirlos año tras año para seguir monitoreando tendencias y ajustar decisiones. “No hay recetas únicas”, dijo Torriglia. “Tenemos que mirar el sistema completo, incorporar tecnología y adaptar las estrategias a cada ambiente y a cada problemática particular”, agregó.
Además, destacó que también están trabajando sobre el control de tránsito, especialmente en la logística, en las huellas que generan las tolvas y neumáticos alta flotación
Un caso de uso a campo: la experiencia de El Cimarrón
La jornada técnica se realizó en el establecimiento El Cimarrón, integrante del CREA Washington Mackenna, donde su anfitrión Juan Salvatore destacó el valor de las recorridas a campo como espacio para contrastar diagnósticos y tecnologías. “En la gira vemos situaciones muy distintas: estrés hídrico, malezas, fertilidad o estructura del suelo”, explicó. El objetivo es explorar herramientas que permitan proyectar estrategias de manejo de mediano y largo plazo.
En esta campaña, la falta de agua en la región dejó en evidencia una limitante que el grupo viene siguiendo desde hace tiempo: la estratificación del suelo y las restricciones al desarrollo radicular. Según Salvatore, los déficits hídricos exponen con mayor claridad los efectos de un manejo inadecuado sobre la capacidad de los cultivos para explorar el perfil y aprovechar el agua disponible.
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La jornada técnica se realizó en el establecimiento El Cimarrón
“Cuando hablamos de suelo, hablamos de estructura y de porosidad, de la posibilidad de captar y retener la mayor cantidad de milímetros posibles en perfiles tan arenosos como los nuestros”, sintetizó. En ese marco, explicó que la pérdida de estratificación reduce la acumulación de agua útil y limita la resiliencia del sistema frente a escenarios de estrés.
La problemática, señaló, no es nueva. “Hace tres años empezamos a verla con claridad, pero probablemente existe desde antes; muchas veces queda disimulada cuando hay lluvias”, indicó. En un contexto de déficit hídrico sostenido —con registros anuales que no superan los 800 milímetros—, las consecuencias se vuelven evidentes: “Las raíces no logran explorar más allá de los 10 o 15 centímetros y les cuesta profundizar”.
Salvatore también vinculó el fenómeno con las rotaciones predominantes en la región. Los planteos suelen alternar soja, maíz y maní cada cuatro o cinco años, mientras que algunos sistemas ganaderos incorporan alfalfa, luego interrumpida para cultivos o verdeos. “El maní no es el problema en sí, sino las labores mecánicas asociadas al arrancado y a la cosecha, con máquinas de gran peso que generan compactación”, aclaró.
Intervenciones mecánicas
Durante la jornada, Salvatore compartió resultados de ensayos que vienen realizando por segundo año consecutivo con el sistema Tainar, que combina una cuchilla de 20 pulgadas con fertilización profunda asociada a la siembra de soja. El planteo busca resolver dificultades recurrentes en la implantación, vinculadas a capas compactadas y estratificadas.
“Este sistema viene a atacar uno de los problemas que teníamos para manejar la estratificación en soja”, señaló. La recorrida permitió comparar un lote de maíz sin el sistema y un lote de soja donde sí se aplicó la tecnología, con diferencias claras observadas en el desarrollo radicular por debajo del horizonte superficial y en la expresión de síntomas de estrés.
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Se compartieron resultados de ensayos que vienen realizando por segundo año consecutivo con el sistema Tainar, que combina una cuchilla de 20 pulgadas con fertilización profunda asociada a la siembra de soja
Uno de los aspectos destacados fue la integración de operaciones. El sistema permite realizar labranza vertical profunda, fertilización y siembra en una sola pasada, un desafío que inicialmente generó dudas desde lo logístico. “Ese era uno de los grandes interrogantes, y hoy lo tenemos resuelto”, afirmó.
También se disiparon temores vinculados al trabajo en condiciones de humedad. “Había mucho miedo por el uso de la reja de fertilización profunda, pero hoy vemos que el equipo puede sumar entre una y tres horas diarias de trabajo, incluso en esos escenarios”, explicó. Para el productor, derribar esos mitos fue clave para avanzar en el ajuste fino del sistema.
Con los primeros resultados agronómicos a la vista, el foco empieza a correrse hacia la nutrición. Salvatore destacó que la posibilidad de incorporar nutrientes fue un factor central en la decisión de adopción. “Ahora podemos empezar a probar fertilización profunda con fuentes no ácidas, como bases azufradas”, adelantó.
La intervención mecánica cumple además un objetivo estructural: romper las capas compactadas superficiales que limitan el crecimiento radicular. “La idea es darles a los cultivos de renta la posibilidad de expresar todo su potencial durante el ciclo”, concluyó.
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