2 de febrero de 2026 en Buenos Aires

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Sistemas productivos sostenibles: Medir para decidir mejor

El proyecto Sistemas Productivos Sostenibles analiza las decisiones que impactan en la producción, el ambiente y las personas. Su implementación en Jesús María.

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Por CREA Región Córdoba Norte | COR

Desde 2020, la red CREA impulsa el proyecto Sistemas Productivos Sostenibles para analizar cómo las decisiones impactan en la producción, el ambiente y lo social. La iniciativa busca generar indicadores que permitan evaluar, comparar y mejorar los sistemas productivos con una mirada integral.

Los alcances del proyecto y sus aprendizajes fueron parte de una charla brindada por Joaquín Bello, coordinador del proyecto Sistemas Productivos Sostenibles, y Ezequiel Nasser Marzo, gerente de producción de Tomás Drysdale y Cía. y miembro del CREA Jesús María, durante el Congreso CREA 2025.

El proyecto surgió dentro de la Comisión Nacional de Agricultura y la Mesa de Planes Nacionales de CREA. “Queríamos demostrar que, como empresarios, todos los días podemos hacer las cosas mejor, al estilo CREA, con indicadores y datos duros, mensurables y comparables, que permitan evaluar los sistemas y corregir decisiones sobre la marcha”, explicó Bello.

En su primera etapa, el trabajo se desarrolló junto a Bayer como aliado estratégico y se tradujo en el desarrollo de 28 unidades de experimentación distribuidas en distintas regiones del país. “Poder demostrar con datos qué es mejor o peor en el mediano y largo plazo nos obliga a mirar el panorama completo: lo productivo y económico, porque somos empresas, pero también lo ambiental y lo social”, señaló.

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La mirada integral es un eje central del enfoque. Según Bello, no es posible pensar la sostenibilidad desligada de la rentabilidad, pero tampoco ignorar el impacto de las decisiones sobre el ambiente y las personas. “Producimos en un medio que es de todos y que debemos cuidar. El campo es como nuestra casa: todos queremos tenerla cada vez mejor, y esa demanda no viene solo de afuera, también es interna”, afirmó.

El componente social también ocupa un lugar destacado. El desarrollo de las personas y equipos de trabajo, así como el vínculo con las comunidades, inciden en la viabilidad de los sistemas. “Es muy difícil producir solo tranqueras para adentro. Hay que pensar en quienes trabajan en la empresa, en condiciones dignas, y en las comunidades que conviven con nuestras unidades productivas. Todo eso también define la sostenibilidad”, agregó.

Tras cuatro años de trabajo, afirman que no existen soluciones únicas, sino una interacción entre aspectos productivos, ambientales y sociales, que obligan a gestionar equilibrios dinámicos. “No se puede elegir entre renta o personas, ni producir sin tener en cuenta el ambiente: hay que pensar todo para que dentro de 10 años las empresas sigan jugando el partido”, resumió.

De los ensayos al análisis de datos

Al principio, el proyecto puso el foco en identificar y comprender los indicadores que permiten evaluar la sostenibilidad de los sistemas productivos, mediante variables productivas, ambientales y sociales, con el objetivo de construir un lenguaje común dentro de la red. “Buscamos aplicar y divulgar indicadores productivos, como así también ambientales tales como emisiones de carbono, ecotoxicidad, balance de nutrientes, eficiencia en el uso del agua, y otros sociales vinculados al empleo, el trabajo digno y la seguridad e higiene”, explicó Bello.

Ese proceso implicó articular capacidades que ya existían dentro de CREA, de áreas como Ambiente, Agricultura y la unidad de Integración con la Comunidad. “Este proyecto acopla y amalgama el trabajo de muchas personas de distintas áreas. En la primera etapa, nuestro rol fue ensamblar ese conocimiento, llevarlo a ensayos concretos y generar vínculos con las regiones”, señaló.

Los ensayos a campo funcionaron como un espacio de validación y aprendizaje colectivo y como una base para la transferencia de conocimientos dentro de la red. A partir de ese recorrido, el proyecto ingresó en una nueva fase, centrada en el análisis de la información generada y acumulada en los últimos años. “Hoy estamos avanzando en el aprendizaje a partir de los datos que ya tenemos cargados en plataformas como DAT y DATEX, con análisis de información”, indicó.

La disponibilidad de una base de datos trazados en el tiempo es uno de los diferenciales que posee el movimiento CREA. La red cuenta con registros históricos de múltiples regiones y sistemas productivos, lo que permite contrastar resultados de ensayos con información real de empresas.

El objetivo final es traducir ese proceso en información para la toma de decisiones. La intención es evaluar prácticas en el tiempo y en distintos contextos productivos. “El producto final apunta a poder decir si tal o cual manejo, en una región determinada, funciona bien o funciona mal, tanto en lo productivo como en lo ambiental y lo social”, explicó. “Queremos ver cómo esas decisiones se van moviendo en el tiempo y entender hacia dónde nos llevan las decisiones que tomamos hoy”, añadió.

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Puesta a prueba en un entorno urbano

La experiencia de Nasser Marzo forma parte del proceso de construcción del proyecto Sistemas Productivos Sostenibles. En ese marco, el establecimiento La Florida funciona como una unidad de aprendizaje y experimentación, donde se ponen a prueba decisiones de manejo y se evalúan sus impactos en el sistema.

La empresa Tomás Drysdale y Cía, que integra la red CREA desde hace unos 40 años, cuenta con campos agrícolas y ganaderos en distintas regiones del país. Uno de los más relevantes es La Florida, ubicado en Jesús María, al norte de la provincia de Córdoba. Se trata de un campo de unas 2.500 hectáreas que fue ganadero hasta hace 16 años y que incorporó la agricultura de manera progresiva.

El establecimiento se encuentra en una zona urbana, lindera a las ciudades de Jesús María y Colonia Caroya, y en contacto directo con una región productiva caracterizada por viñedos y frutales. “Ese contexto siempre nos impuso desafíos en cómo producir, mirando no solo lo que pasa tranqueras adentro, sino también sus efectos en el entorno”, explicó Nasser Marzo.

La empresa viene incorporando prácticas orientadas a reducir impactos desde hace más de una década, con la adopción de cultivos de cobertura —luego llamados de servicio—. Hace cuatro años, la participación en el proyecto Sistemas Productivos Sostenibles permitió ordenar, medir y poner en contexto esas decisiones. “Nos interesó entender mejor qué impacto tenían nuestras decisiones en el sistema”, explicó.

Ese criterio se tradujo en decisiones de manejo, como el uso variable de insumos y la reducción de herbicidas hormonales. “Desde hace unas cinco campañas empezamos a disminuir el uso de productos como el 2,4-D, porque la deriva genera daños muy importantes en vides y frutales que se producen en localidades vecinas”, detalló.

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Aprendizajes en la toma de decisiones

La experiencia acumulada en el proyecto puso en evidencia que la incorporación de tecnología y prácticas de manejo no ofrece respuestas lineales. En el campo de Jesús María, los ensayos mostraron que los resultados pueden variar de un año a otro y obligan a revisar decisiones. “Lo que funcionaba el primer año, al segundo puede fallar. Es una evolución y un aprendizaje constante”, dijo Nasser Marzo.

Uno de los principales aprendizajes estuvo vinculado al manejo de los cultivos de servicio y su interacción con el agua. Los momentos de interrupción, los consumos hídricos y el efecto sobre el cultivo siguiente pasaron a formar parte del análisis fino del sistema. “Cuando se mueve una variable, los resultados son distintos. Eso se ve claramente en cómo influyen los cultivos de servicio sobre el cultivo de renta”, señaló.

Con el avance del proyecto, el debate dejó de centrarse en si incluir o no estos cultivos y pasó a un segundo nivel: cómo intensificar su uso. “Llegamos a la conclusión de que cuanto más tiempo está el suelo cubierto, menor es el impacto ambiental”, resumió. En esa línea, la empresa avanzó en aumentar la superficie de cultivos de invierno, aun en un contexto climático cada vez más incierto. “La zona tiene lluvias concentradas en verano, pero en los últimos años el régimen fue tan variable que incluso hubo inviernos con más agua que los veranos”, detalló.

Otro eje de aprendizaje estuvo asociado al uso de fitosanitarios, en particular los herbicidas hormonales. El proceso fue gradual y se profundizó en las últimas campañas. La decisión de no usar 2,4-D obligó a rediseñar estrategias de control de malezas y a incorporar otras técnicas. “Tuvimos que probar alternativas y usar equipos como carpidores, que cortan raíces de las malezas que antes controlábamos fácilmente con herbicidas hormonales. El desafío productivo es grande”, reconoció.

Según explicó, la adopción de estas prácticas requiere valores compartidos dentro de la empresa, pero también empatía con realidades productivas muy distintas. “No es lo mismo una empresa con campo propio que un productor que alquila 100 hectáreas y tiene menos margen y previsibilidad para sostener cambios”, aclaró.

Desde la coordinación del proyecto, Bello destacó que este tipo de procesos solo es posible con una mirada de largo plazo. “Dese la empresa piensan las decisiones productivas con la misma lógica con la que construyen relaciones duraderas con empleados, proveedores y la comunidad”, señaló.

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Tecnología aliada

La incorporación de tecnología fue clave para acompañar los cambios en el manejo y avanzar hacia un uso más preciso de los insumos. Vienen realizando manejo variable de insumos (semilla, herbicidas, fertilizantes) desde hace alrededor de 15 campañas. En los últimos años, la empresa comenzó a integrar herramientas como drones y aplicaciones selectivas, con impacto en la eficiencia del sistema. “En 2025 la empresa incorporó un dron con cámara NDVI y desde entonces vienen relevando lotes y armando mapas de malezas”, explicó Nasser Marzo.

El uso de esta información permitió modificar la lógica de las aplicaciones. “Antes, al no tener esta tecnología, veíamos cuatro plantas en un lote y terminábamos aplicando herbicidas en el 100% de la superficie, aun cuando la cobertura de malezas era del 4 o 5%”, señaló. A partir del relevamiento aéreo, el enfoque cambió hacia aplicaciones localizadas. “Con el mapa que levanta el dron estimamos la superficie con malezas y, aplicamos solo en esa área puntual, obteniendo ahorros muy altos de alrededor del 80-90%, con su consecuente disminución del impacto de esos fitosanitarios en el ambiente”, detalló.

El proceso se apoya además en herramientas de análisis basadas en inteligencia artificial. “En el software del dron marcamos una maleza y el sistema compara esa referencia con el resto de las imágenes del mapa, identificando patrones similares”, explicó. Ese soporte tecnológico permitió ganar precisión en la detección y reducir intervenciones innecesarias.

El impacto económico de estas decisiones también comenzó a medirse. La empresa realiza todos los años comparaciones de costos y de gestión con otros integrantes de la red CREA, analizando cultivo por cultivo. “Cuando miramos esos números, en algunos casos, fue muy notorio el efecto de éstas prácticas en la baja en el gasto en herbicidas”, afirmó.

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