En la agricultura extensiva argentina, las rotaciones agrícolas se presentan como una práctica clave no solo para estabilizar rendimientos, sino también para mejorar la fertilidad del suelo, reducir la presión de plagas y enfermedades y sostener en el tiempo la productividad de los sistemas.
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La evidencia científica y los datos de productores muestran que alternar soja, maíz, trigo y otros cultivos de servicio o leguminosas invernales tiene impactos directos en la calidad de los suelos y en la eficiencia de la producción. En un contexto de alta variabilidad climática y presión de costos, la rotación se vuelve un factor estratégico de planificación agrícola.
Beneficios
¿Por qué rotar?
agricultura
Desde hace años, las evaluaciones de CREA e INTA confirman que el monocultivo de soja resulta un esquema de alto riesgo productivo y ambiental. En los ensayos de CREA Norte de Buenos Aires, por ejemplo, se observó que la soja continua tuvo un rendimiento promedio 330 kilos por hectárea inferior, mientras que las rotaciones intensificadas aportaron hasta 220 kilos extra por hectárea, además de un margen económico positivo frente al negativo del monocultivo.
En soja 2019/20, la diferencia fue clara: el monocultivo mostró márgenes un 20% menores, mientras que la rotación intensificada permitió ganar un 11% adicional. Estos resultados, obtenidos en condiciones productivas reales y replicados en distintas regiones, muestran que rotar no es solo una cuestión de sustentabilidad ambiental, sino también de rentabilidad concreta.
El INTA llegó a conclusiones similares en sus estudios de largo plazo. En la estación experimental de Oliveros, junto al CIAP y la Universidad Nacional de Córdoba, se comprobó que intensificar con rotaciones y cultivos de cobertura elevó un 37% el Índice de Calidad de Suelo en comparación con soja continua.
También se observaron mejoras del 70% en la infiltración de agua, una propiedad fundamental para enfrentar lluvias intensas y reducir escurrimientos y erosión, y un aumento cercano al 30% en la disponibilidad de nitrógeno. Es decir, rotar cultivos no solo mejora el balance de nutrientes, sino que también fortalece las funciones físicas y biológicas del suelo.
Rotación de tercios
Las combinaciones de rotación más utilizadas varían según la región, pero dentro de CREA se consolidó la llamada “rotación de tercios”: trigo o trigo/soja de segunda, maíz y soja de primera. Este esquema básico, que asegura al menos un tercio de gramíneas en el ciclo, demostró ser mucho más eficiente que la soja continua. Una versión más intensificada incluye la incorporación de leguminosas invernales, como arveja o vicia, o bien el uso de cultivos de servicio, especialmente centeno, que aportan biomasa, protegen el suelo y mejoran la estructura. La clave está en que el suelo permanezca cubierto la mayor parte del año, reduciendo la exposición a la erosión hídrica y eólica y manteniendo activa la biología edáfica.
En la región CREA Sur de Santa Fe, por ejemplo, conviven hoy distintas combinaciones de maíz temprano y tardío, trigo, soja de primera y de segunda. Esta diversidad responde tanto a condiciones edafoclimáticas como a decisiones de manejo empresarial. Allí se comprobó, en estudios de 16 años, que la soja sembrada en rotación y con cobertura de invierno logró rendimientos más de 20% superiores a la soja continua. La diferencia no solo está en los kilos, sino también en la estabilidad: las rotaciones logran atenuar los efectos de años climáticamente adversos.
Mejor nutrición, menos insumos
En términos de fertilidad, la rotación impacta de manera directa sobre los principales nutrientes. El nitrógeno es uno de los casos más claros. La inclusión de gramíneas y leguminosas incrementa la biomasa aportada y la actividad microbiana, generando más mineralización y disponibilidad de nitrógeno para el cultivo siguiente.
INTA midió que, en promedio, los sistemas intensificados presentan un 30% más de nitrógeno disponible en el suelo, lo que se traduce en cultivos más vigorosos y con mayores rendimientos potenciales.
El fósforo es otro punto central: en secuencias continuas de soja se observaron balances muy negativos, ya que el cultivo extrae más del doble de lo que se repone en fertilización. En cambio, en las rotaciones de tercios el balance se acerca a neutro, y en sistemas de reposición plena incluso puede resultar positivo. Esta diferencia es fundamental para sostener la fertilidad química a lo largo del tiempo.
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Con respecto al potasio, estudios en el sur de Santa Fe muestran descensos significativos de 500 a 300 partes por millón en series largas de análisis. Frente a este escenario, los especialistas recomiendan realizar diagnósticos precisos y aplicar reposición selectiva, especialmente con cloruro de potasio, en cultivos como el maíz.
El efecto de la rotación también se refleja en la sanidad de los sistemas. Al alternar especies y fechas de siembra se reduce la presión de malezas difíciles, como rama negra, ryegrass y amaranthus, que se volvieron muy difíciles de controlar en planteos de monocultivo. Asimismo, enfermedades foliares como la mancha marrón (Septoria) en soja aparecen con menor incidencia en secuencias diversas, disminuyendo la necesidad de aplicaciones químicas específicas y reduciendo costos. En este sentido, la rotación se convierte en una herramienta de manejo integrado de plagas y enfermedades.
Diversificación agrícola
Ahora bien, ¿cuánto rotan los productores argentinos? No existe un padrón oficial único, pero distintas fuentes permiten aproximarse. En la red CREA, se mide el porcentaje de gramíneas dentro de la rotación como indicador de diversificación, y en la campaña 2020/21 alcanzó en promedio un 56%. Aapresid, por su parte, elaboró mapas regionales que muestran variaciones importantes: en el norte de Buenos Aires, más del 90% de la superficie está bajo siembra directa, pero solo el 35% de la rotación corresponde a gramíneas y apenas un 8% de los productores incorporan cultivos de servicio. En el sudeste bonaerense, la proporción de gramíneas sube al 49%, con un nivel de coberturas también cercano al 8%. Estos números indican que la rotación está lejos de ser una práctica universal, y que aún existe un amplio margen para mejorar.
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La recomendación de los técnicos es clara: al planificar rotaciones a tres o cinco años, es fundamental asegurar al menos un 50 a 60% de gramíneas y una ocupación anual del suelo superior al 70 u 80% mediante dobles cultivos y cultivos de servicio. Esto no solo fortalece la fertilidad y la sanidad, sino que también estabiliza rendimientos en escenarios climáticos variables.
En paralelo, se debe trabajar con balances de nutrientes equilibrados, especialmente de fósforo y potasio, y prestar atención a micronutrientes como zinc y boro, que cada vez más aparecen como limitantes. Desde el punto de vista sanitario, alternar familias y fechas de siembra permite reducir la presión de malezas resistentes y enfermedades endémicas. Y en lo económico, los números muestran que tanto la rotación de tercios como las intensificadas superan al monocultivo de soja, no solo en kilos, sino también en margen bruto.
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