8 de febrero de 2026 en Buenos Aires

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Engordar el suelo como si fuera una vaca: la dieta que aumenta la materia orgánica

Raíces, pasturas y cultivos vivos alimentan la materia orgánica del suelo y fortalecen su productividad y desempeño ambiental.

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Por CREA Región Sudeste | SDE

Engordar el suelo como si fuera una vaca. Con esa imagen, Gervasio Piñeiro, investigador del Laboratorio de Análisis Regional y Teledetección (LART), perteneciente al CONICET y a la Facultad de Agronomía de la UBA (FAUBA), explicó que un suelo necesita una dieta variada y continua para ganar materia orgánica. Raíces, cultivos de servicio y pasturas son el alimento principal que permite engordarlo.

La presentación se dio en la Jornada de Actualización Técnica del CREA Sudeste, realizada en Monte, provincia de Buenos Aires, bajo el eje Rotación con Pasturas: El camino hacia sistemas mixtos sostenibles. Allí, Piñeiro sostuvo que la materia orgánica debe convertirse en un indicador productivo capaz de guiar decisiones.

Según explicó, los sistemas especializados dependen cada vez más de insumos externos y tienden a degradar el suelo, mientras que los mixtos aportan materia orgánica y estabilidad productiva a través de raíces, pasturas y cultivos de servicio. La diferencia está en diseñar rotaciones que alimenten al suelo, porque la materia orgánica es un sostén de la productividad.

Suelos integrados, sistemas más eficientes

Integrar agricultura y ganadería mejora el desempeño productivo y ambiental. Según un análisis global de la literatura científica, realizado por los investigadores de la FAUBA Lautaro Nasta y Gastón Oñativia, los sistemas mixtos muestran efectos positivos cercanos al 30% en variables productivas (rendimiento de grano o carne) y ambientales (carbono del suelo, salud física y menor emisión de gases de efecto invernadero).

La ganadería es la que más mejora al integrarse con la agricultura. La agricultura, en cambio, es la que más gana ambientalmente cuando rota con pasturas: aumenta la estructura, la actividad biológica, el carbono y reduce emisiones. “A la agricultura le hace muy bien pasar por la ganadería”, resumió Piñeiro.

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Experimentos comparativos entre agricultura continua, agricultura fertilizada y rotaciones con pasturas mostraron que las pasturas recuperan la materia orgánica, mientras que los cultivos agrícolas la disminuyen. “La materia orgánica es un indicador clave”, advirtió el investigador.

Ese resultado no se explica por lo que se cosecha en la superficie. Aunque la agricultura extrae toneladas de grano y la ganadería solo kilos de carne, el balance final se acerca: “Estamos respirando o cosechando mucho carbono en ambos sistemas”. La diferencia está bajo tierra, en la biomasa radicular. Las pasturas dejan más raíces y capturan carbono con mayor eficiencia.

El nitrógeno confirma esa diferencia. La agricultura exporta entre 100 y 200 kg de N/ha en grano, mientras que una vaca retira apenas dos o tres kilos. Ese bajo retiro, más la fijación de las leguminosas en pasturas, genera excedentes que facilitan la captura de carbono. “La materia orgánica no se forma sin nitrógeno; el suelo necesita N para engordar”, dijo.

Diseñar sistemas integrados implica rotaciones con más raíces y un balance positivo de nutrientes. En palabras de Piñeiro: “Deberíamos medir cuántas raíces producimos y cuál es el balance de nitrógeno en cada manejo”.

Brecha de carbono: un nuevo diagnóstico

La propuesta del LART es medir la salud del suelo como se mide la brecha de rinde, comparando el carbono que hoy tiene un lote contra el carbono que podría tener, expresado en toneladas.

El método consiste en muestrear un lote productivo y, como referencia, un ambiente cercano sin agricultura —bosque, pastizal o monte— y convertir ambos a toneladas de carbono por hectárea. Si el suelo natural tiene 35 y el agrícola 12, la brecha es de 23; si tiene 92 y el lote 60, la brecha es de 32. Lo importante es la distancia al potencial: “Un suelo puede tener mucho carbono y, aun así, estar lejos de lo que podría tener”.

Las torres Eddy Covariance permiten validar el balance en tiempo real. Cada sensor registra, microsegundo a microsegundo, cuánto carbono entra o sale del sistema. Es el método más preciso que existe hoy para medir balance de carbono en un campo.

En agricultura, el balance es negativo: el rastrojo es el momento en que más carbono se libera. En ganadería, depende de la carga: “Un pastoreo muy intensivo también emite o respira mucho carbono; con manejo moderado se secuestra carbono, y con cargas livianas el balance es positivo todo el año”, detalló.

Raíces: la dieta que nutre al suelo

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Durante décadas se pensó que la materia orgánica estaba formada por moléculas grandes y estables, el famoso humus. La evidencia mostró otra cosa: “El humus, como lo imaginábamos, no existe en el suelo, salvo en la solución del suelo que es muy poca”. En realidad, la materia orgánica está formada por compuestos simples —aminoácidos, restos microbianos— protegidos físicamente por arcillas. “La estabilidad no es química, es física”, sostuvo.

Esto llevó a distinguir dos fracciones: la materia orgánica marrón (particulada), hecha de restos visibles de plantas, y la negra, asociada a minerales y más estable. “Son dos materias orgánicas distintas, hechas de cosas distintas”, dijo. Por eso, el porcentaje total ya no alcanza: “Primero hay que medir de qué está hecha; el porcentaje solo no sirve para tomar decisiones”, añadió. Si falta marrón, faltan raíces. Si falta negra, falta nitrógeno. La rotación deja de ser receta general y pasa a ser diagnóstico.

“Los productores saben engordar vacas; la mejor dieta del suelo son raíces”. Las raíces forman carbono con eficiencia diez veces mayor que la biomasa aérea: “Si le damos raíces al suelo, engorda diez veces más rápido”, expresó el investigador.

Las gramíneas producen muchas más raíces que las leguminosas. Las pasturas —50% aéreo, 50% raíces— son las que más alimentan al suelo y, si incluyen leguminosas, también aportan nitrógeno. En los cultivos de renta, la proporción es 90/10. “La agricultura tiene suelos con poca raíz; tenemos suelos con poca comida”, advirtió.

Aportes del cultivo vivo

La tercera pieza del rompecabezas es la rizodeposición: el carbono, el nitrógeno y otros compuestos que las raíces liberan al suelo mientras la planta está viva. Según Piñeiro, “las plantas exudan compuestos que alimentan a los microorganismos, y esos microorganismos luego les restituyen nitrógeno”. En otras palabras: el suelo se nutre durante el crecimiento de las plantas, no solo después de que mueren.

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Un nuevo método con isótopos ¹³C y ¹N desarrollado por el LART-FAUBA/CONICET permite medirlo. En avena, hasta el 15% del carbono fijado fue rizodepositado formando materia orgánica negra. “Con la planta viva, el suelo ya está incorporando carbono”, añadió Piñeiro, citando al artículo científico publicado en Soil Biology & Biochemistry, una de las mejores revistas de suelos del mundo, firmado por Paula Berenstecher como primer autor.

La vicia produce menos raíces pero libera mucho más carbono y nitrógeno como rizodeposición. En el ensayo del LART, llevado a cabo en conjunto con las investigadoras Berenstecher y Ana Faigón, la vicia rizodepositó el 30% del carbono fijado y casi el 40% del nitrógeno quedó en el suelo formando materia orgánica negra. Esa transferencia beneficia a las gramíneas: “La leguminosa transfiere nitrógeno al sistema radicular de la gramínea”, apuntó.

Una avena de 4.000 kg rizodeposita 500 kg de carbono; con 8.000 kg supera 1 tonelada. Una vicia de 4.000 kg aporta 1,5 toneladas de carbono y 100 kg de nitrógeno. Las mezclas pueden rendir 25% más. Al respecto, indicó que “las transferencias ocurren durante el crecimiento, no únicamente después”.

El rastrojo solo no alcanza

El cuarto hallazgo del equipo de la FAUBA-CONICET fue que el rastrojo no construye la fracción marrón, sino la negra. “Todo lo que dejamos arriba termina formando materia orgánica negra”, dijo Piñeiro. Para entrar al suelo debe descomponerse hasta volverse soluble, y esa forma siempre se integra a la fracción negra. Por eso, si falta marrón, no se corrige con rastrojo, sino con raíces. “Cada fracción se forma de manera distinta, y hay que diagnosticarlas por separado”, afirmó.

El quinto punto es la calidad: gramíneas y maíces aumentan la fracción marrón, mientras que las leguminosas forman negra. Pero requiere balance: “Si nos excedemos con nitrógeno, también podemos degradar la fracción marrón”. Como en la dieta de la vaca, importa el equilibrio.

El sexto principio es la cantidad. “Cuanto más alimento reciba el suelo, más va a engordar”, definió. Barbechos largos o un solo cultivo al año implican una dieta pobre. El séptimo punto es el balance de nutrientes. “Si no hay reposición, aunque demos mucho carbono, no se forma materia orgánica”, dijo, y agregó que regenerar el suelo exige raíces, carbono y nutrientes que acompañen el proceso.

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Diagnosticar antes de rotar

El trabajo propone un cambio de enfoque: antes de planificar rotaciones, hay que diagnosticar qué tipo de materia orgánica falta en el suelo. Si la brecha está en la fracción marrón, la solución es aportar raíces: más gramíneas, más pasturas y mayor biomasa subterránea. Si el déficit está en la fracción negra, la estrategia es distinta: leguminosas, pasturas con leguminosas y un balance positivo de nitrógeno. “Son decisiones opuestas, por eso primero hay que medir qué fracción falta”, subrayó.

La evidencia confirma que los sistemas mixtos —con pasturas y cultivos de servicio— son los que más aumentan ambas fracciones. La razón está en los procesos subterráneos: las gramíneas forman materia orgánica marrón a partir de raíces; las leguminosas aportan nitrógeno y rizodeposición que construyen la fracción negra.

Para el investigador, el objetivo es claro: “Queremos suelos con más materia orgánica marrón y negra, pero para eso hay que alimentarlos”. La rotación con pasturas aparece así como una de las estrategias más directas para engordar el suelo en ambas fracciones.

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