Durante una recorrida a campo se analizaron las características que debe tener un semillero de alta calidad y los materiales con mayor potencial. “Buscamos alta producción, de más de 10 toneladas de materia seca por hectárea por año, que cubra rápido el suelo y que, a su vez, tenga buena calidad”, detalló. El objetivo final es lograr una elevada producción de carne a partir del forraje consumido.
Durante la jornada también se mostraron herramientas para la implantación a campo. Una de ellas es un carro con discos, desde el cual los operarios distribuyen los esquejes sobre el suelo para su incorporación. Además, se abordó la cantidad de material necesario para implantar una hectárea de pasto Nilo y las características que deben reunir los plantines.
Oferta forrajera: Más vigor, mejor implantación
El trabajo con este tipo de pasturas comenzó en la década de 1990. A nivel mundial se generó más información sobre especies como pasto clavel y pangola, y más tarde sobre tangola, que hoy ocupa superficies importantes en Chaco, Formosa y Paraguay. En comparación, el pasto Nilo cuenta con menos antecedentes disponibles, tanto en la Argentina como en otros países.
Una de sus particularidades es que se trata de una pastura megatérmica C3, con producción concentrada en primavera, verano y otoño. “Al ser C3 tiene mucho contenido celular, con niveles de proteína que pueden llegar al 14 o 16% y una digestibilidad muy alta”, precisó Gándara. Esas características le permiten alcanzar una buena productividad animal, tanto individual como por hectárea.
Una de las principales diferencias de los nuevos materiales aparece durante el establecimiento. Hoy, el equipo del INTA evalúa alrededor de 100 materiales, de los cuales 10 avanzaron a ensayos en parcelas de mayor tamaño y cinco ya fueron entregados a productores para su evaluación. “Lo nuevo que le podemos aportar al productor es, sobre todo, la vigorosidad de los plantines”, afirmó.
La comparación con Cedara, utilizado como referencia, permite observar diferencias en la velocidad de cobertura. Algunos materiales muestran ventajas en ese aspecto, aunque no siempre en producción. “Tal vez no hacen tanta diferencia desde el punto de vista productivo, pero sí en el vigor de implantación, que puede facilitar la decisión del productor de incorporar pasto Nilo”, señaló.
El programa de mejoramiento del INTA Corrientes analiza numerosas características agronómicas. Entre ellas figuran la altura, la cantidad de macollos por metro cuadrado, el peso de los macollos, la resistencia a enfermedades, la tolerancia a heladas y el vigor del rebrote primaveral. A eso se sumaron ensayos de preferencia animal, en los que se registró qué materiales consumían más los ovinos como aproximación a su palatabilidad.
El equipo también mide la producción de forraje en cada etapa del ciclo. Los materiales se analizan por separado durante primavera, verano y otoño y luego se comparan sus resultados. Con esos datos se arma una clasificación que integra productividad, estructura de la planta, sanidad, adaptación y capacidad de rebrote.
Otro aspecto bajo estudio es la velocidad de enraizamiento. Para medirla se cortan plantas de los distintos materiales y se registra cuánto tardan en generar nuevas raíces. “Necesitamos un tallo que largue raíces lo más rápido posible. Esa velocidad de enraizamiento es clave para la implantación”, describió.
La caracterización se completa con análisis de laboratorio para determinar proteína, digestibilidad y distintas fracciones de fibra. Esos resultados permiten definir la calidad nutricional de cada material y usarlos luego en estimaciones de producción animal.
Esta línea de investigación comenzó alrededor de 2010 con la tesis de maestría de Silvana Ferrari y siguió con su doctorado. “Ya llevamos unos 15 años de mejoramiento en pasto Nilo”, subrayó Gándara. La etapa final es el registro de los materiales que muestran mejores condiciones para su uso productivo.
Hasta ahora, el INTA cuenta con dos materiales registrados, Tuguy hovy y Poravé. Sus nombres provienen del guaraní: el primero alude a “sangre azul”, por la tonalidad más verde que mantiene respecto de otros materiales, mientras que el segundo refiere a “el mejor” o “el más lindo”.
Del semillero al lote
El primer paso para avanzar con la implantación es disponer de suficiente material vegetativo. El INTA Corrientes ofrece el servicio de desarrollar semilleros a campo en los establecimientos, en superficies que pueden ir desde media hasta 5 hectáreas. Con producciones de 10.000 a 15.000 kg de esquejes, la implantación a mayor escala resulta más simple: el material se distribuye con un tractor y luego se pasa una rastra.
“Lo que necesita el productor es tener el semillero y la producción de plantines”, explicó Gándara. El material puede entregarse como esquejes a raíz desnuda o preparado en macetas. Con unas 500 a 1.000 plantas, dispuestas a uno por uno o dos por uno, se establece un primer semillero que, en unos seis meses, permite avanzar hacia una segunda etapa de multiplicación. El paso siguiente es llevar la pastura a escala de lote, con superficies de 50 a 100 hectáreas.
Como referencia, una hectárea de pasto Nilo puede aportar material para implantar entre 20 y 50 hectáreas, según la densidad buscada. Para una cobertura rápida se requiere una mayor cantidad de esquejes por hectárea. Otra alternativa es consociarlo con setaria o grama Rhodes, que brindan cobertura inicial mientras el Nilo se establece de forma más lenta y, por su crecimiento rastrero, avanza sobre la superficie.
Esa capacidad cobra especial relevancia en ambientes con riesgo de anegamiento. “El pasto Nilo puede quedar sumergido durante seis meses y sobrevivir”, remarcó. Sin embargo, para soportar ese período, la pastura debe estar establecida antes de la inundación. A partir de allí presenta una tolerancia superior a la de otras especies, como setaria o grama Rhodes, que pueden perder producción e incluso plantas frente a excesos prolongados de agua.
Otro atributo es su persistencia. En la experimental del INTA Corrientes existen lotes de pasto Nilo con más de 30 años que continúan en buenas condiciones productivas. “Vale la pena hacer el gasto porque después va a rendir durante muchos años”, sostuvo. Esa vida útil permite distribuir el costo inicial de implantación a lo largo de numerosas campañas.
El costo de implantación se ubica en valores similares a los de otras pasturas megatérmicas. Según la intensidad y la cantidad de material utilizado, puede oscilar entre 300 y 600 dólares por hectárea, siempre que el productor ya disponga del semillero. La estrategia del INTA es que el valor de los plantines necesarios para iniciar esa multiplicación resulte comparable con el de la semilla de una pastura convencional.
La especie también ofrece una ventana amplia de implantación. Se realizaron experiencias exitosas tanto en diciembre como en abril, mientras que el invierno constituye el período menos conveniente porque las heladas deterioran la calidad del material disponible. “Desde septiembre hasta abril o mayo podemos plantar, siempre que haya humedad en el suelo o posibilidad de regar”, resumió.
También existen antecedentes productivos que respaldan el uso de esta pastura. “Hay ensayos antiguos y un trabajo del INTA Mercedes que evaluó la producción de carne y de pasto en ambientes de malezal”, apuntó Gándara. A eso se suman referencias bibliográficas y registros de establecimientos comerciales. “En la estancia Mirungáy, por ejemplo, cuentan con 10 años de datos de recría de vaquillas sobre pasto Nilo”, agregó.