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Gestión financiera: el tiempo también cotiza y el campo lo paga en cada campaña que espera

Gestión financiera: el tiempo también "cotiza". El factor de la evolución del dólar como determinante en las decisiones de inversión.

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8 de septiembre de 2026 - 13:10 Por CREA Área de Economía

Gestión financiera: un aspecto clave

Dos columnas de economistas reabrieron esta semana la discusión sobre cómo pasar de la estabilidad al crecimiento y cuánto tarda una moneda en volverse creíble. Detrás del debate macro y la cuestión del dólar, hay una pregunta que ninguna empresa agropecuaria puede esquivar: cuánto cuesta postergar una inversión rentable mientras se espera a "ver qué pasa".

Hay una escena que se repite en muchas mesas de directorio y de familia empresaria. Sobre la mesa, un proyecto: un sistema de riego, una ampliación de tambo con ordeñe robotizado, una planta de silos, retener vientres para agrandar el rodeo, una plantación que recién produce a los cuatro años. Los números cierran. El proyecto es rentable a cinco, diez o quince años. Y sin embargo la decisión se posterga. No por falta de convicción sobre el negocio, sino porque nadie sabe con qué reglas monetarias se va a convivir después de diciembre de 2027.

Esta semana dos economistas pusieron esa escena en el centro del debate. Daniel Artana, en La Nación, planteó cómo pasar de la estabilidad al crecimiento: si después de 2027 se consolidan los pilares fiscales y monetarios, junto con la apertura y la desregulación, la Argentina podría cerrar la brecha de riesgo país con el promedio regional, que ubica en unos 200 puntos básicos, y ese menor costo del capital, sumado a un horizonte más previsible, alcanzaría para reactivar la inversión. El propio Artana admite que hoy el principal freno es "la postergación de decisiones a la espera de certezas políticas".

Emilio Ocampo, al día siguiente, le agregó la variable que suele faltar: el tiempo. Revisando las estabilizaciones latinoamericanas de las últimas décadas, con la vara de una inflación por debajo del 5% durante al menos dos años consecutivos, encuentra que completar el proceso llevó en promedio unos diez años. La Convertibilidad lo consiguió en tres; Brasil con el Plan Real y Ecuador con la dolarización, en unos cuatro; Perú necesitó nueve, Uruguay diez, Bolivia catorce, México dieciséis y Colombia dieciocho. La credibilidad monetaria, concluye, no se decreta: se construye. Y nadie pregunta cuánto vale ese tiempo.

Ocampo saca de ahí un argumento a favor de dolarizar. No voy a discutir en esta nota qué régimen monetario le conviene a la Argentina: es una discusión legítima que van a dar otros economistas y, en última instancia, la política. Lo que me interesa es la pregunta que queda planteada, porque es exactamente la que enfrenta hoy cualquier empresa agropecuaria con un proyecto sobre la mesa: ¿cuánto cuesta esperar?

Economía argentina: tres primas en una sola tasa

Para responderla conviene descomponer el costo del capital, porque el riesgo país no es su único componente. Cuando una empresa argentina toma deuda en pesos a plazos largos, la tasa incorpora al menos tres primas. La primera es el riesgo soberano, que hoy ronda los 494 puntos básicos, contra un promedio regional cercano a 250 y contra los 64 de Uruguay, 84 de Chile o 171 de Brasil.

La segunda es la depreciación esperada del peso, que el mercado descuenta y que, en parte, se puede cubrir con futuros.

La tercera es la que más pesa en un proyecto largo y la que no tiene cobertura: la incertidumbre sobre el régimen cambiario mismo, es decir, si dentro de tres, cinco o diez años van a existir restricciones para comprar divisas, girar utilidades o cancelar deuda en dólares. Esa prima es riesgo político, y ningún contrato de futuros la cubre.

Los números de hoy permiten dimensionarla, aunque sea de manera gruesa. La curva de títulos del Tesoro en pesos a tasa fija rinde entre 25% y 28% anual para vencimientos que van de fines de 2026 a 2030. El Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central proyecta una inflación de 30% para 2026 y un dólar mayorista de $1630 a diciembre, una depreciación interanual cercana al 12,6%. Descontada esa devaluación esperada, un título en pesos al 28% rinde alrededor de 13,7% medido en dólares. Un bono soberano en dólares rinde cerca del 10%. Esos tres o cuatro puntos de diferencia son, a grandes rasgos, lo que el mercado cobra por la incertidumbre cambiaria. Y aparecen con el riesgo país debajo de los 500 puntos, la inflación mensual en torno al 2% y el dólar 25% por debajo del techo de la banda. No es un problema de coyuntura: es el precio de construir credibilidad, y se paga todos los meses.

Hernán Satorre

Que ese costo existe no es una hipótesis. Se ve en las decisiones que el campo está postergando. Según el INDEC, en el primer semestre de 2026 se vendieron 2404 tractores y 558 cosechadoras, 26,6% y 18,0% menos que un año antes; sólo sembradoras e implementos crecieron. La facturación del sector subió 7% en pesos, una caída clara en términos reales.

Desde la cámara de fabricantes (CAFMA) hablan de una pérdida de rentabilidad cercana al 20% y de financiamiento que no llega a tiempo: "una línea de crédito que llega tarde, a veces es lo mismo que no tenerla", resumió su presidente, Hernán Zubeldía, ante Ámbito.

El Ag Barometer de la Universidad Austral, relevado entre julio y agosto, muestra la otra cara de la misma moneda. El índice de expectativas de inversión en activos fijos está en su máximo histórico y el 64% de los productores considera que es un buen momento para invertir. Pero de ese grupo sólo seis de cada diez lo harían rápido, y el principal obstáculo que mencionan es la incompatibilidad entre los plazos del financiamiento disponible y el período de recupero de los activos. Hay ganas de invertir y una lectura favorable del negocio, y aun así la ejecución es selectiva y lenta. Eso es, exactamente, el tiempo cobrando su precio.

A escala país el diagnóstico es el mismo. Ariel Coremberg estimó en la Rural que de los 19,1 puntos del PBI que la Argentina invierte, 14,9 se van en reponer capital amortizado y sólo 4,2 son inversión neta, la que agranda la capacidad productiva; en 2011 eran 10,6. "La economía argentina casi no se capitaliza", resumió. Esa brecha no se cierra sólo con ahorro interno ni con un costo de capital que carga tres primas.

El ejercicio de Ocampo es contrafáctico y él mismo lo aclara: compara dos economías idénticas que crecen al 3,5% y al 5,5% anual durante siete años y muestra que la diferencia acumulada equivale a dos tercios del producto inicial; con un solo punto de diferencia, a un tercio. Se puede discutir cada supuesto, pero la lógica es la que cualquier empresario conoce: lo que no se genera en un año no se recupera en el siguiente.

Impacto en el agro

Bajemos ese razonamiento a una empresa. Supongamos un proyecto de un millón de dólares, un sistema de riego o una ampliación de tambo, que genera un flujo neto de 150.000 dólares anuales y se recupera en algo menos de siete años. Si la decisión se posterga dos campañas "hasta ver qué pasa", la empresa deja de generar 300.000 dólares. Aun suponiendo que ese millón rinda mientras tanto 5% anual en un instrumento en dólares, el costo neto de esperar es de unos 200.000 dólares: el 20% de la inversión, evaporado antes de poner un solo ladrillo. Y el cálculo es conservador: no incluye el encarecimiento de los equipos, la pérdida de posiciones frente a competidores que sí invirtieron ni el desgaste de un equipo humano que trabaja con un proyecto en pausa.

Ese número casi nunca figura en el análisis. Cuando un directorio evalúa un proyecto calcula la tasa interna de retorno (TIR), el período de recupero, la sensibilidad al precio y al rinde. Rara vez calcula el costo de no hacerlo. Y sin ese número, esperar parece gratis. Pero no lo es.

Como en la nota anterior sobre el costo oculto del presupuesto, la conclusión no es que hay que invertir a cualquier precio, ni esperar a que alguien resuelva el régimen monetario. Es que hay que gestionar el tiempo como cualquier otro recurso escaso. Cuatro prácticas concretas.

Primero, separar la decisión de invertir de la decisión de cómo financiar. Un proyecto puede ser rentable y, al mismo tiempo, no justificar deuda en pesos al 28%. Financiar en la moneda del flujo que genera el activo, dólares para lo exportable y pesos para lo que se vende al mercado interno, sigue siendo la regla básica a tener en cuenta; las líneas en dólares a tasa cercana a cero que ofrecieron los bancos este año tienen sentido sólo para quien produce dólares, pero lamentablemente ya no existen.

Segundo, hacer explícita la prima cambiaria en la tasa de corte. Si el mercado exige entre 13 y 14 puntos en dólares por prestarle al Tesoro en pesos hasta 2030, un proyecto que promete 8% en dólares no compite con esa tasa: pierde contra ella. Poner ese número en la planilla ordena la conversación y evita que el entusiasmo por el negocio tape el costo del capital.

Tercero, modular. Entre postergar todo y ejecutar todo hay una escala: dividir el proyecto en etapas con recupero menor a cinco años, arrancar por la que más flujo genera y condicionar las siguientes a hitos verificables, sea una campaña, un dato de inflación o la renovación de una línea de crédito. Así la incertidumbre se convierte en una opción con valor, no en una parálisis.

Cuarto, y es lo más simple, calcular y dejar registrado el costo de esperar en cada acta de directorio o de reunión familiar en la que se posterga una decisión. Si el proyecto se difiere, que quede escrito cuánto flujo se resigna por campaña. Con ese número a la vista, la discusión cambia de "¿estamos seguros?" a "¿cuánto estamos dispuestos a pagar por estar más seguros?". Que es, en definitiva, la pregunta correcta.

La discusión sobre si conviene construir la credibilidad del peso durante siete o diez años, o eliminar de entrada el riesgo cambiario, la van a seguir dando Artana, Ocampo y muchos otros, y está bien que así sea. Lo que ninguna de las dos posiciones puede resolver por el empresario agropecuario es qué hacer con el proyecto que tiene sobre la mesa, con la gruesa a punto de sembrarse. En el campo el tiempo no se mide en años sino en campañas, y cada campaña que pasa con un proyecto rentable en pausa es una campaña que no vuelve. El tiempo vale oro. En el campo, vale toneladas.

Hernán Satorre. Asesor y consultor especializado en empresas agropecuarias. Coordinador de dos grupos CREA Digitales dedicados a Entrenamiento Financiero.

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