Monitoreos en campos CREA: qué aportan los paisajes multifuncionales
Investigadores del CONICET recorrieron cinco campos CREA de Córdoba y Buenos Aires para evaluar el impacto de la biodiversidad en los servicios ecosistémicos.
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Entre el 7 y el 24 de enero de 2026, un equipo de investigadores del Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural (IRNAD), del CONICET y de la Universidad Nacional de Río Negro, recorrió cinco establecimientos CREA de Córdoba y Buenos Aires para monitorear la implementación de paisajes multifuncionales en sistemas agrícolas.
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Las empresas visitadas vienen incorporando, en distintos ciclos productivos, corredores biológicos y parches de vegetación natural próximos a los lotes de cultivos de renta, con el asesoramiento de la empresa de consultoría AgroDesign. El objetivo es incrementar la biodiversidad y fomentar los servicios ecosistémicos que ésta provee, con impactos esperados en el ambiente, en la producción y en las personas.
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Las empresas visitadas vienen incorporando, en distintos ciclos productivos, corredores biológicos y parches de vegetación natural próximos a los lotes de cultivos de renta.
La recorrida estuvo a cargo de Paula Zermoglio, Daniela Ortiz y Bautista Villanueva, en el marco de un programa de investigación financiado por Fondo Regional de Tecnología Agropecuaria (FONTAGRO), que involucra sistemas productivos de Argentina y Uruguay, y que es conducido por Lucas Garibaldi, director de IRNAD, y el proyecto Red Federal de Alto Impacto “Red2PaSus: Red para el rediseño de paisajes agrícolas sustentables”, un consorcio de equipos de investigación de distintos lugares de Argentina financiado por la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología de Argentina.
En cada establecimiento se midieron distintos parámetros de biodiversidad en corredores y en lotes productivos, mediante diversas técnicas de monitoreo. El trabajo se centró en evaluar la presencia e incidencia de insectos benéficos y perjudiciales, así como la vegetación asociada —incluidas especies consideradas malezas—, tanto en los corredores biológicos como en los lotes agrícolas, para analizar su interacción con los sistemas productivos.
La gira incluyó cinco establecimientos CREA, ubicados en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y La Pampa: Nueva Rhenania, Santa María y Monte Hermoso (del CREA Melo Serrano), La Blanca (CREA Carnerillo) y El Carmen (CREA Quemu-Catriló), pertenecientes a las regiones Centro y Oeste Arenoso de CREA, respectivamente. Además, el equipo recorrió dos campos por fuera del Movimiento: La Esther y El Médano.
Biodiversidad como eje del rediseño productivo
Paula Zermoglio, doctora en Biología e investigadora del IRNAD, es responsable del monitoreo de la reconfiguración de campos agrícolas que incorporan rediseños integrales del paisaje, como corredores biológicos y la conexión con parches naturales o seminaturales.
“Una de las principales problemáticas ambientales tiene que ver con la homogeneización del paisaje, que viene acompañada por una gran pérdida de biodiversidad y de las contribuciones que esa biodiversidad aporta”, explicó. En ese marco, el proyecto busca revertir esos esquemas productivos. “La idea es llevar a cabo una transición hacia formas de producción basadas en biodiversidad y en la diversidad de ambientes dentro del paisaje”, señaló.
La implementación de paisajes multifuncionales apunta a promover procesos de intensificación ecológica con múltiples beneficios. “Entre las contribuciones más conocidas están la polinización y el fortalecimiento de las comunidades de enemigos naturales, que pueden actuar como controladores de plagas”, detalló Zermoglio. También mencionó evidencias de efectos sobre el control de malezas y el mejoramiento de suelos: “Hay mejoras en el suelo, porque se mantienen ambientes más ricos en nutrientes, y también se favorece la mesofauna, que interviene en el ciclado de nutrientes”, remarcó. A esto se suman contribuciones sociales, estéticas y de bienestar, asociadas, entre otros factores, a una menor dependencia de insumos externos. “Es un abordaje integral”, sintetizó.
“Trabajamos con productores que ya rediseñaron sus campos, incorporando corredores biológicos y parches de vegetación”, señaló. “La predisposición es muy buena. Hay mucho entusiasmo por entender qué efectos reales tienen en sus campos los cambios que están implementando. Es un ida y vuelta constante”, agregó.
En el trabajo a campo se utilizan distintas técnicas para medir variables clave. “Para polinizadores usamos trampas cromáticas, que colocamos en distintos ambientes, tanto en los corredores como hacia el interior de los lotes, a distintas distancias, para entender cómo se distribuye esa biodiversidad”, explicó. “Para la vegetación, utilizamos cuadrantes para medir cuántas especies hay y los niveles de cobertura de cada una. Además, analizamos los bancos de semillas y las distancias a los hábitats naturales para entender la dinámica de dispersión, tanto de plantas benéficas como de aquellas consideradas malezas”, detalló.
Los relevamientos se repiten durante al menos tres años, con muestreos en diferentes momentos del año, principalmente en primavera y verano. “Los cambios ecológicos no son instantáneos. La biodiversidad no reacciona de manera inmediata a los cambios en el paisaje, por eso necesitamos monitorear en el tiempo cómo se van asentando estos nuevos ambientes”, explicó.
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Los relevamientos se repiten durante al menos tres años, con muestreos en diferentes momentos del año, principalmente en primavera y verano.
Seguimiento de malezas en paisajes rediseñados
Daniela Ortiz, ingeniera agrónoma y doctora en Biología, es becaria posdoctoral del IRNAD. “En el marco del proyecto, estoy analizando cómo los corredores biológicos influyen en la diversidad y en la dinámica de las malezas dentro de los lotes”, explicó. En septiembre de 2025 el equipo recorrió seis campos y evaluó unos 18 corredores. En esta nueva etapa, el trabajo se repitió en siete establecimientos.
Los corredores se definen a partir de la evaluación de series temporales de rendimientos agrícolas de los distintos ambientes, estudios de calidad y productividad de los suelos, y apoyados en información satelital y mapas de ambientes de cada campo, que incluyen altimetría y dinámica de anegamiento, entre otros factores. A partir de esa información, se seleccionan sectores con bajo costo de oportunidad que pueden aprovecharse para potenciar la biodiversidad mediante la implementación de corredores sembrados con mezclas multiespecíficas.
“Se diseñan buscando ciertas características, como la presencia de flores atractivas para polinizadores, para fomentar distintos servicios ecosistémicos, aportar biodiversidad y, en el mediano plazo, contribuir a la productividad de los cultivos”, señaló Ortiz.
El estudio se estructura en distintos enfoques espaciales: dentro del corredor, en una zona de transición y en varios puntos hacia el interior del lote productivo, para comparar cómo varía la vegetación según la distancia al hábitat seminatural. “Medimos el porcentaje de cobertura de cada especie vegetal con cuadrantes, registrando tanto especies que consideramos beneficiosas para la promoción de la biodiversidad (como la alfalfa o la achicoria, que se incluyen en las mezclas de siembra) y especies consideradas malezas (como la rama negra, Erigeron sp., o el yuyo colorado, Amaranthus quitensis). Además se considera la cobertura total de suelo, registrando suelo desnudo o rastrojo, según el uso del lote”, detalló.
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“Se diseñan buscando ciertas características, como la presencia de flores atractivas para polinizadores, para fomentar distintos servicios ecosistémicos, aportar biodiversidad y, en el mediano plazo, contribuir a la productividad de los cultivos”, señaló Ortiz.
Otro componente del trabajo es el análisis del banco de semillas del suelo. Para eso, se toman muestras en distintos puntos del campo, que luego se siembran en macetas en invernadero, en la Universidad Nacional de Río Negro, para identificar qué especies emergen y relacionarlas con el lugar de origen. “Eso nos permite estimar cuál es la carga de semillas de malezas en el suelo y cómo se vincula con la cercanía a los corredores”, explicó.
Además, en septiembre de 2025 se instalaron trampas de semillas para evaluar la dispersión con dispositivos en 132 puntos, dentro del corredor y en el interior del lote, a diferentes distancias. “Son pequeñas alfombras de césped sintético que retienen las semillas que vuelan o son dispersadas por otros agentes”, describió. En enero de 2026, con los cultivos más desarrollados, el equipo tuvo el desafío de recuperar esas trampas, una tarea que logró completar con éxito.
Las muestras se analizan luego en laboratorio con lupa para identificar las especies, y esa información se extrapola a escala de hectárea para estimar la cantidad de semillas de cada maleza presente en el lote. “Nos focalizamos en las malezas más problemáticas, que ya están caracterizadas por la morfología de sus semillas, para poder cuantificar su presencia y distribución”, señaló.
Según explicó Ortiz, distintos estudios muestran que los corredores pueden funcionar como refugios y contribuir a una mayor diversidad genética en las poblaciones de malezas. “El hecho de que haya más diversidad genética ayuda a que las malezas no generen resistencia, o al menos que tarden más en hacerlo”, aseguró.
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El objetivo es incrementar la biodiversidad y fomentar los servicios ecosistémicos que ésta provee, con impactos esperados en el ambiente, en la producción y en las personas.
Qué configuración de corredores funciona mejor
Bautista Villanueva es ingeniero agrónomo y becario doctoral del CONICET en el IRNAD. En el marco de su tesis doctoral estudia cómo la configuración de los corredores biológicos —ancho, largo y grado de conectividad— impacta sobre las comunidades de insectos y sobre el rendimiento de los cultivos en sistemas agrícolas extensivos.
“Mi tesis se enfoca en analizar cómo la configuración de los bordes vegetados o corredores biológicos puede influir sobre servicios ecosistémicos como la polinización y el control de plagas, y también sobre el rendimiento”, explicó. “Trabajamos con datos de CREA y también con evaluaciones en sistemas productivos que ya fueron rediseñados, para poder contrastar métricas de paisaje con resultados productivos”, detalló.
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Se instalaron trampas de semillas para evaluar la dispersión con dispositivos en 132 puntos, dentro del corredor y en el interior del lote, a diferentes distancias.
Villanueva comenzó su beca en abril de 2025 y ya participó de dos campañas de muestreo, con el foco en métricas de paisaje: “Buscamos responder cuál es el ancho óptimo de un corredor biológico para promover estos servicios ecosistémicos. También analizamos qué pasa si el corredor tiene determinado largo, si es más corto o qué grado de conectividad tiene”, señaló.
Además, el análisis incluye métricas de agregación y segregación, para evaluar qué tan distanciadas están las áreas naturales o seminaturales dentro del paisaje y cómo esa configuración se relaciona con la respuesta de los cultivos. “Queremos entender cómo esas configuraciones del paisaje se traducen en cambios en polinizadores, controladores de plagas y, finalmente, en el rendimiento”, explicó.
Para Villanueva, el enfoque apunta a reemplazar paulatinamente las tecnologías de insumos con procesos ecológicos. “La diversidad en los sistemas productivos es clave. La idea es que los productores puedan suplementar tecnologías basadas en insumos, como herbicidas o insecticidas, con procesos ecosistémicos que brinda la naturaleza, principalmente a través de polinizadores y controladores de plagas”, concluyó.
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