La fertilización y la nutrición del suelo son dos de los pilares más determinantes para alcanzar el potencial productivo de los cultivos en la agricultura argentina. En un contexto de márgenes ajustados y de creciente necesidad de producir más con menos, el manejo eficiente de nutrientes se convierte en una herramienta estratégica.
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Ensayos realizados en distintas regiones por CREA demuestran que elegir la dosis correcta según cultivo, ambiente y expectativa de rendimiento puede marcar diferencias significativas tanto en lo agronómico como en lo económico.
Nutrición: ¿qué pide cada cultivo?
Aunque todos los suelos contienen nutrientes, no siempre lo hacen en la cantidad y proporción que necesitan los cultivos. De allí la importancia de una fertilización balanceada.
En trigo, los ensayos de rotación realizados entre 2018 y 2023 por CREA muestran que el cereal responde con fuerza a la aplicación de nitrógeno (N) y fósforo (P). La fertilización intensiva permitió observar aumentos significativos en el contenido de ambos nutrientes, que se tradujeron en incrementos de rendimiento.
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En maíz, la nutrición debe contemplar no solo N y P, sino también azufre (S) y, en ambientes de alto potencial, zinc (Zn). Los cuadros elaborados por CREA General Baldissera en 2023/24 reflejan que los lotes con rendimientos más bajos (menos de 6.000 kg/ha) recibieron en promedio unas 100 unidades de N, 14 de P y 7 de S. En contraste, los lotes de mayor productividad (más de 14.000 kg/ha de potencial) demandaron unas 150 unidades de N, 29 de P, 22 de S y alrededor de 1,1 de Zn.
En soja, la respuesta fue más limitada. Sin embargo, la reposición de P y S resulta clave en suelos con largos años de agricultura, ya que favorece la nodulación y la fijación biológica de nitrógeno. En sojas de segunda, la fertilización también se hace visible, aunque depende fuertemente de las condiciones del lote.
Definir la dosis adecuada no es un ejercicio de receta fija. Depende del análisis de suelo, del potencial productivo del lote y de la relación costo/beneficio.
El análisis de suelo es el punto de partida. A través de muestreos periódicos es posible conocer la disponibilidad real de nutrientes y establecer la base de un plan de fertilización. CREA promueve esta práctica como condición indispensable para un manejo eficiente.
En Laboulaye, durante la campaña 2022/23, se aplicaron dosis diferenciadas de nutrientes según los ambientes de mayor o menor productividad. De esta manera, se invirtió más en los sectores con capacidad de respuesta y se optimizó el uso de los recursos.
Las cifras de referencia de CREA muestran que en maíz un lote de alto rendimiento puede requerir 150 kg/ha de N, 29 de P, 22 de S y algo más de 1 kg de Zn, mientras que uno de menor productividad demandará 100 kg/ha de N, 14 de P y 7 de S. En trigo, la diferencia entre un manejo intensivo y uno básico radica principalmente en la reposición de N y P.
Finalmente, se hace el análisis económico. CREA calcula el ingreso adicional respecto a una franja testigo sin fertilizar, multiplicando la diferencia de rendimiento por el precio del grano y restando el costo de los fertilizantes aplicados. Esta visión integral permite tomar decisiones basadas en datos y no solo en expectativas.
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Impacto en los rendimientos
El efecto de la fertilización quedó claramente demostrado en los ensayos de la red CREA. En trigo, las estrategias intensivas explicaron hasta un 27 % de la variación del rendimiento, mientras que las condiciones del sitio tuvieron menor peso relativo.
En maíz, la dosificación variable de insumos, evaluada entre 2022 y 2023, logró un aumento promedio de 339 kg/ha (+4,4 %) respecto del manejo fijo tradicional. En dinero, esto significó un beneficio adicional de 110 dólares por hectárea. En regiones como el Norte de Buenos Aires o el Oeste Arenoso, los beneficios fueron aún mayores: hasta 762 kg/ha extra y 210 dólares por hectárea.
En soja, el impacto de la fertilización fue menor, dado que las condiciones ambientales explicaron hasta el 61 % de la variación de rinde. Sin embargo, se observaron respuestas positivas a la aplicación de fósforo y azufre, especialmente en sojas de segunda o en suelos con deficiencia marcada.
Comparado con los lotes sin fertilizar, los tratamientos intensivos y los que incorporaron azufre resultaron consistentemente superiores.
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