En distintas regiones del país, una nueva generación de profesionales comienza a ocupar su lugar en las empresas familiares de la red CREA. Jóvenes formados en disciplinas como Administración Agraria, Biología e Ingeniería Industrial asumen responsabilidades, impulsan proyectos y aportan una mirada distinta sobre el futuro del agro.
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El tema fue parte del panel “Integración generacional: jóvenes de la región Córdoba Norte”, desarrollado durante la JAT Integrada “Inteligencia en red con identidad regional”, organizada por la región CREA Córdoba Norte. Allí, Alondra Manera, Pilar Molina, Gonzalo Correa Peláez, Santiago Ferreiro Veláez y Manuel Tillard Aguilar compartieron sus experiencias de incorporación a las empresas familiares y reflexionaron sobre los desafíos, la profesionalización y la innovación.
Cinco trayectorias distintas que expresan un mismo fenómeno: la transición generacional en marcha en la empresa familiar agropecuaria dentro del movimiento CREA, donde los jóvenes combinan formación, innovación y compromiso con la sustentabilidad para construir la producción que viene.
Un protocolo para los aspirantes
La empresa Las Chilcas es un referente de la economía circular en el norte de Córdoba. Actualmente los negocios están a cargo de la segunda generación de la familia, que comenzó a integrar a los nietos del fundador, Mario Aguilar Benítez, para lo cual se diseñó un protocolo de admisión. La firma forma parte de tres grupos CREA: Totoral, Biogás y Ganadero del Noroeste.
Los hermanos Manuel y Luna Tillard Aguilar, de 27 y 28 años, son los primeros en incorporarse de la tercera generación, que está compuesta por 15 primos. Luna es arquitecta e integra el área de Obas, que se ocupa de la construcción de oficinas hasta corrales o tanques de agua. Manuel se recibió hace un año de licenciado en Administración Agraria. Mientras estudiaba, hizo un emprendimiento propio comercializando alimentos y vivió un tiempo en Estados Unidos. Tras realizar experiencia, hace un año se integró a la empresa con distintas responsabilidades.
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Los hermanos Manuel y Luna Tillard Aguilar, de 27 y 28 años, son los primeros en incorporarse de la tercera generación de Las Chilcas, que está compuesta por 15 primos.
“En la parte comercial me ocupo de la compra de granos, sobre todo de maíz, que es el insumo principal de nuestra economía circular. Además, estoy encarando nuevos proyectos, como la implementación de un software para la gestión, donde actúo como nexo entre la consultora y la gerencia. Y participo de las reuniones CREA”, detalló.
“Al ser muchos primos, mis tíos crearon un protocolo para ingresar. Para incorporarse a la parte operativa, la primera regla es haber obtenido un título universitario. Además, necesitamos un año de experiencia laboral en otra empresa o en un emprendimiento propio y haber generado un ingreso”, explicó. El protocolo también prevé un período de pasantía. “La idea es que todos los primos tengan una oportunidad. Pero si durante la pasantía no pudieron generar un valor agregado o formar un proyecto nuevo, no pueden formar parte”, señaló.
Manuel considera que trabajar en una empresa focalizada en la innovación es un desafío que lo motiva: “Quiero seguir apuntando a la sostenibilidad. Mi familia viene en ese camino y es hacia donde debemos seguir apuntando: energías renovables, crecimiento vertical y circularidad de todas las unidades de negocio. También quisiera llevar este modelo a otros países”.
Junto con Luna, llevan adelante un proyecto de comunicación desde la firma en redes sociales. “Nos propusimos enseñar, contar lo que hacemos y ayudar a otros jóvenes, del agro y de las ciudades, a aprender y a informarse de una forma clara”.
Jóvenes con mirada científica
A los 26 años, Pilar Molina apunta a consolidar una formación científica y a desarrollar nuevos proyectos vinculados con la biodiversidad y sostenibilidad en la empresa familiar. Se recibió de bióloga en 2024 en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y desde entonces busca tender puentes entre ambos mundos.
La relación con el movimiento CREA está en su historia familiar. Su madre, Adriana Arnaldo, fue vicepresidente de CREA y participa en el grupo CREA Monte Cristo con su empresa Monte Seco; su padre, Juan Cruz Molina, fue asesor y hoy integra el CREA Río Primero con la firma Campo y Negocios.
El primer acercamiento personal llegó en 2023, cuando integró la comisión organizadora del Congreso CREA Córdoba Norte, titulado Protagonistas del Futuro, que reunió a más de 700 participantes. “Ahí empecé a vincularme con CREA y a entender muchas cosas que no conocía”, recordó. Aquella experiencia le permitió descubrir que la red también es un espacio para aprender, crear y liderar.
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Su interés en la formación científica la llevó a presentó a una beca doctoral del CONICET, con un proyecto sobre el uso de cultivos de servicio en zonas de baja productividad para favorecer la biodiversidad y los servicios ecosistémicos, que busca implementar en la empresa materna
Desde entonces, su participación se amplió. Hoy forma parte de la Mesa de Integración a la Comunidad de la región. “La participación de las nuevas generaciones puede ir más allá de las empresas. También podemos involucrarnos en las mesas técnicas y en los espacios de trabajo donde se generan ideas y proyectos”, afirmó
Su interés en la formación científica la llevó a abrir otro frente de colaboración. Recientemente se presentó a una beca doctoral del CONICET, con un proyecto sobre el uso de cultivos de servicio en zonas de baja productividad para favorecer la biodiversidad y los servicios ecosistémicos, como el control biológico de plagas. La iniciativa cuenta con el aval de la Mesa Agrícola CREA, con la que viene articulando acciones. "Ellos ya vienen trabajando con cultivos de servicio, y mi idea es sumar desde la promoción de biodiversidad, principalmente en relación a insectos benéficos".
En paralelo, comenzó a involucrarse más activamente en la empresa familiar, aportando una mirada ambiental. Junto a su madre trabajan en la creación de una franja de cultivos de servicio en zonas del lote que presentan baja productividad en el establecimiento. “El campo de la empresa familiar va a ser mi conejito de Indias para los ensayos”, bromeó. También participa de las reuniones del CREA Monte Cristo.
“La participación de los jóvenes no solo asegura la continuidad de las empresas familiares, también podemos aportar nuevas miradas en temas de sostenibilidad. Además tenemos la posibilidad de involucrarnos en las mesas de las regiones y en proyectos de CREA que se impulsan en todo el país”, consideró.
El despertar de una vocación
Con 22 años, Alondra Manera representa la segunda generación de la empresa unipersonal fundada por su padre, Óscar Manera, hace unos 25 años, miembro del grupo CREA Monte Cristo y dedicada a la agricultura bajo riego.
El primer intento de sumarse al trabajo familiar no prosperó. “Hace cinco o seis años papá quiso que me integrara y fue más una decisión de él, no tanto mía. Yo no tenía ni las ganas ni la cabeza, era muy chica todavía”, recordó.
Después de terminar la secundaria, decidió viajar. Vivió un año en Italia y dos en Australia, donde alternó distintos trabajos: “Fui camarera, limpiaba casas y después trabajé en un tambo”. Esa experiencia marcó un punto de inflexión. “Estando afuera me di cuenta de que me gustaba el trabajo en el campo. En el tambo tuve la posibilidad de hablar con mis jefes sobre administración y ahí entendí que de verdad me interesaba. Además, tenía la posibilidad de profesionalizarme en mi casa, de hacerlo bien”, comentó.
Regresar fue una decisión propia. “Volví porque me di cuenta de que quería dedicarme a esto”, contó. Sin embargo, el retorno también implicó nuevos desafíos: “Cuando volví me di cuenta de que con las ganas no bastaba, así que empecé a estudiar Administración Agraria en la Universidad Siglo XXI. Y ahí arrancamos un proceso más profesional de trabajo en la empresa”.
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Alondra forma parte de la segunda generación de la empresa fundada por su padre, Óscar Manera
Actualmente combina el estudio con la práctica. Se ocupa de la parte administrativa, la carga y control de datos en el sistema de gestión, y el manejo de cuentas corrientes de proveedores y clientes. “Estamos empezando a compartir también algunas tareas del gerenciamiento, sobre todo en lo que hace a la gente y a las decisiones de compra y venta”, detalló.
Alondra considera que los jóvenes aportan una mirada distinta sobre la producción: “Creo que somos una generación con una visión no solo innovadora, sino también ambiental. Tenemos muy presente la responsabilidad social y ecológica, y estamos más abiertos al cambio y a la escucha”.
El vínculo con el movimiento CREA fortaleció esa actitud. “La escucha activa, la vulnerabilidad y la apertura que se viven en las reuniones hacen que mi papá sea mucho más predispuesto y abierto a mi incorporación que otros padres de empresas familiares que no están en CREA”, reflexionó.
Para ella, la red también es un espacio de aprendizaje: “Es una red de contactos y experiencias impagable. Me siento cómoda porque no siempre sé, pero siempre puedo aprender. Y todos están dispuestos a compartir lo que hacen”.
Gestión familiar y tecnología
Gonzalo Correa Peláez es licenciado en Administración Agraria y, con 29 años de edad, hace seis años integra la empresa familiar Sildaria SA, ubicada al este de Jesús María. La firma participa en dos grupos CREA: Ganadero del Noroeste y Jesús María.
La historia de la firma se remonta a su abuelo materno, quien la fundó y luego la cedió a cuatro de sus hijos. Hoy tres de ellos trabajan en la gestión, junto con cuatro primos hermanos de la tercera generación.
La dirección está a cargo de la segunda generación. Aunque existe un protocolo familiar para la contratación de familiares, redactado en 2012, actualmente no se encuentra en uso. “Adoptamos como premisa que Sildaria no es una bolsa de trabajo”, explicó Gonzalo.
“Siempre se busca ofrecer una oportunidad al miembro de la familia, pero solo si existe realmente ese puesto y las necesidades de la empresa lo justifican”, afirmó. “En eso somos serios. Hay un puesto de trabajo con exigencias, con requerimientos, donde cada uno se va introduciendo y armando su propio camino, pero con límites”, aclaró.
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Gonzalo ingresó a Sildaria por la “puerta chica”, hasta convertirse en coordinador de gestión a campo.
Gonzalo ingresó a Sildaria por la “puerta chica”. Comenzó realizando tareas administrativas básicas como cargar facturas de gasoil y remitos. Con el tiempo asumió más responsabilidades hasta convertirse en coordinador de gestión a campo. En ese rol trabaja junto al director de Agricultura —uno de sus tíos— y al ingeniero agrónomo de la empresa, coordinando las áreas de recursos humanos, compras de insumos y logística.
La incorporación de tecnología es uno de los ejes más fuertes del crecimiento, y una de las motivaciones de las generaciones más jóvenes. En la última campaña realizaron cerca de 3.500 hectáreas de aplicaciones y fertilizaciones con drones. “Fue un gran cambio”, señaló, y comentó que junto a su primo Tomás Ferreiro, ingeniero agrónomo, impulsa la adopción de plataformas digitales como Auravant y FieldView, además de herramientas como Weed-it, un sistema de pulverización selectiva de precisión, y drones para monitoreo y control.
El vínculo con CREA le permitió fortalecer esa mirada. “A veces uno piensa que el grupo sirve solo para compararse con el vecino o analizar costos, pero en nuestro caso lo más valioso fue el intercambio técnico y las ideas que surgieron”, dijo. “Hoy estamos sembrando arvejas y trigo candeal. Eso vino de las experiencias que conocimos en CREA. Lo mismo cuando algún miembro prueba coriandro, camelina o herramientas como Carpitec para el control mecánico de malezas. Lo analizamos y, si es viable, lo probamos. Esa apertura también es parte del aprendizaje”, dijo.
Nuevas miradas y proyectos satélites
Por la rama materna, Santiago Ferreiro Veláez (25 años) forma parte de la familia Peláez, socios actuales de Sildaria SA. Santiago cursa el quinto año de Ingeniería Industrial en la Universidad Católica de Córdoba.
Aunque todavía no ocupa un rol formal dentro de la estructura de la empresa familiar, participa de reuniones y se mantiene cerca de los proyectos. “Soy muy interesado en todo lo que ocurre dentro de los negocios de la empresa. También hago bastante presencia en el CREA, ya que siento que es mi momento más ‘esponja’, de absorber más conocimientos, sobre todo en los últimos cinco años”, explica.
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Santiago Ferreiro Veláez (izquierda) junto a su familia Peláez, socios de Sildaria SA
Su acercamiento al agro fue gradual. “Vivía en Río Cuarto y mi padre es bioquímico, así que no tenía relación con el campo. Cuando vine a estudiar a la ciudad de Córdoba, me di cuenta de lo interesante del rubro agropecuario y me empezó a gustar mucho, también gracias a CREA”. Dentro de la empresa, participar de los informes anuales sobre las distintas unidades de negocio le permitió comprender los procesos productivos con una mirada analítica, propia de su formación.
Esa experiencia reforzó su interés por sumarse, en el futuro, a la actividad familiar. “No tengo un rol como tal, pero ya estoy proyectando hacia dónde quiero ir. Estoy terminando la carrera y tengo mis propios ideales”, consideró.
El desafío de integrar a la tercera generación está presente, pero también lo está la buena relación entre los primos. “Eso genera empatía y facilita el diálogo. No deja de haber muchas opiniones, pero todos tenemos la camiseta puesta”. Para él, el ingreso a una empresa familiar debe estar basado en un aporte concreto: “Hay que agregar valor. Uno tiene que entrar con una propuesta que sume, no solo por ser parte de la familia”.
Desde esa idea surgió su actual proyecto. “Me interesa el concepto de empresa satélite, en el que uno puede emprender desde afuera, pero vinculado a la empresa familiar. Es animarse a confiar en las propias ideas y generar negocios que acompañen o complementen a la empresa madre”, dijo. En su caso, está desarrollando un emprendimiento de servicios con drones para aplicación de agroquímicos y fertilizantes. “La idea es que sea, al mismo tiempo, una propuesta de valor para Sildaria”, concluyó.