Cosecha de agua: cómo convertir lluvia en rendimiento
La capacidad del suelo para captar, infiltrar y distribuir el agua define gran parte de los resultados productivos. Claves para mejorar la eficiencia agrícola
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El agua explica entre el 70 y el 80% de la variabilidad de los sistemas productivos. Sin embargo, en cada campaña se pierde cerca del 40% de las lluvias por escurrimiento o evaporación. En ese contexto, la eficiencia en la cosecha de agua se vuelve un factor clave para sostener la productividad de los cultivos.
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Estos aspectos fueron abordados por Cristian Álvarez, investigador del INTA General Pico y docente de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Pampa, durante una jornada organizada por la región CREA Sudeste, donde se analizaron los factores que condicionan la infiltración y la distribución del agua en el suelo.
El primer aspecto que consideró es la captación: cuánta de la lluvia que registra el pluviómetro logra ingresar al suelo. Un mismo evento de 100 mm puede traducirse en distintos niveles de aprovechamiento. “En muchos casos, el agua no está entrando en el sistema y eso impacta en los potenciales de rindes”, advirtió.
Durante una jornada organizada por la región Sudeste de CREA, se analizaron los factores que condicionan la infiltración y la distribución del agua en el suelo
La infiltración es una variable fundamental para dimensionar la cosecha de agua. En la jornada se utilizó un infiltrómetro de anillo simple, útil para cuantificar en el tiempo la capacidad del suelo para administrar una determinada carga de agua. La observación se completó en calicatas, donde se analizó si el agua que lograba ingresar quedaba retenida en los primeros centímetros o avanzaba a mayor profundidad, comparando un suelo bajo pasturas y otro con agricultura continua durante más de 20 años.
Según explicó, el impacto productivo aparece asociado a esa capacidad. Cada milímetro de lluvia puede transformarse en entre 7 y 8 kilos de soja, 20 a 25 kilos de maíz, 16 a 18 kilos de trigo o 20 a 25 kilos de materia seca de alfalfa. Por otra parte, cuando el agua no ingresa al suelo, su distribución dentro del lote se vuelve irregular y comienzan a aparecer problemas visibles, como manchones de malezas, apilamientos de herbicidas o deficiencias de nutrientes.
En el análisis se incorporaron otros factores vinculados al uso eficiente del agua, como el rol de la materia orgánica en la disponibilidad de nutrientes y los procesos de pérdida de ese componente, junto con la acidificación de los suelos. A medida que ese deterioro se empieza a dimensionar y se establecen umbrales, se vuelve posible identificar pérdidas de atributos del sistema. Para evaluar ese estado, se trabaja con indicadores físicos, químicos y biológicos —como resistencia mecánica, porosidad y color— que permiten interpretar el funcionamiento del suelo.
Infiltración
Al hacer hincapié en la infiltración, Álvarez señaló que, en promedio, los sistemas productivos de Argentina administran alrededor del 60% del agua que aporta la lluvia. Detrás de ese promedio conviven situaciones muy contrastantes, con zonas donde ingresa más del 80% del agua precipitada y otras donde no alcanza ni al 50%. “Eso hace que el agua en muchos sistemas alcance para un doble cultivo y que haya sistemas donde no alcanza siquiera para un cultivo”, explicó. En esos casos, la lluvia pasa a gobernar la producción, con escaso margen para compensar las limitantes con manejo.
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Perfil con escasa humedad por limitantes físicas superficiales
La profundidad a la que debe llegar el agua para impactar sobre los cultivos depende de cada especie, aunque como referencia general debería alcanzar los dos primeros metros del perfil. Sin embargo, en muchos sistemas la baja infiltración impide lograr esa recarga. Parte del agua no logra ingresar y, para alcanzar el mismo espesor de suelo húmedo, se requieren mayores volúmenes de lluvia. “Si antes necesitaba 1 milímetro para recargar 1 centímetro, quizás ahora estoy necesitando 2 milímetros para recargar la misma profundidad”, señaló.
Esa pérdida de eficiencia no siempre se refleja en los registros del pluviómetro. Más allá de los milímetros caídos, hay suelos que no llegan a recargarse y el cultivo comienza a expresar estrés hídrico, sobre todo durante el verano. La aparición de maíces acartuchados, por ejemplo, se asocia a deficiencias en la cosecha de agua y suele manifestarse primero en lotes con problemas de compactación, baja cobertura o exceso de pisoteo, donde la infiltración está más comprometida.
Distribución
Otra variable importante es la distribución. Cuando la dinámica del agua dentro de un lote se ve alterada por compactación, encostramiento, sellado superficial o pérdida de cobertura, comienzan a aparecer efectos visibles sobre el sistema productivo, como manchones de malezas, apilamientos de herbicidas y deficiencias en la disponibilidad de nutrientes. Los lotes se vuelven más heterogéneos, con mosaicos de producción que hacen variar la productividad incluso en un mismo ambiente.
En suelos con vocación agrícola, la mayor parte de estos desajustes está asociada a decisiones de manejo. En cambio, cuando se trata de suelos con menor aptitud, el análisis apunta a definir qué tipo de producción es posible sostener en ese ambiente.
Según el especialista, “los suelos de clase 1, 2 o 3 presentan una amplia vocación productiva. A partir de clase 4 —y con mayor intensidad en clases 5, 6 y 7— comienzan a aparecer limitantes que se expresan en el perfil, como cambios texturales marcados o la presencia de sales, que condicionan el comportamiento del agua”. “Forzar un ambiente a sostener un cultivo para el cual no está preparado suele derivar en respuestas negativas”, afirmó.
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Compactación de suelo
Un ejemplo es el de un maíz temprano implantado en un ambiente arenoso de loma o en suelos con cambios abruptos de horizontes, que generan efecto maceta. En esos casos, el manejo termina alterando la dinámica del agua y condicionando la producción. “No se trata de que el suelo no sirva para la agricultura, sino de que, bajo determinadas decisiones de manejo, el sistema responde con pérdidas de eficiencia”, señaló.
Dentro de este análisis, también aparece el rol de la napa como factor decisivo para la producción. Una napa ubicada entre 1,5 y 2 metros resulta adecuada para la mayoría de los cultivos, pero la presencia de sales puede cambiar el escenario. “Cuando los valores superan 3-4 dS/m, hay que prestarle mucha atención, porque va a condicionar cultivos sensibles como soja o maíz”, explicó.
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Agua apilada sobre horizonte limitante
Indicadores del suelo
La gestión de la cosecha de agua se apoya en el seguimiento de indicadores que permiten evaluar el estado de salud de los suelos. Entre los indicadores físicos, se trabajó sobre la resistencia mecánica del suelo. Para ese diagnóstico, se destacó el uso combinado del penetrómetro y la pala para identificar a qué profundidad comienza la compactación, qué espesor tiene y hasta dónde se extiende la misma.
Esa información permite ajustar las decisiones de manejo. Cuando no se conoce la profundidad real de la compactación, “muchas veces estamos trabajando sobre la cabeza de esa compactación y no sobre el cuerpo en general”, señaló Álvarez.
El análisis también incorporó indicadores químicos, como el pH. En muchos sistemas, la falta de seguimiento de esta variable deriva en procesos de acidificación, con impacto directo sobre la disponibilidad de nutrientes. Ese efecto se vuelve especialmente relevante en cultivos que dependen de una adecuada nodulación. Cambios en el pH condicionan la fijación biológica de nitrógeno en leguminosas como vicia, soja y alfalfa, lo que impacta sobre la producción aun en sistemas fertilizados.
Foto de Carolina Houssay
Álvarez destacó el uso combinado del penetrómetro y la pala para identificar a qué profundidad comienza la compactación, qué espesor tiene y hasta dónde se extiende la misma.
Factores económicos y ambientales
En la medida en que los indicadores de cosecha de agua se expresan en kilos de soja, de maíz o de alfalfa que se dejan de producir, el impacto también empieza a leerse en términos económicos. “El productor lo empieza a traducir en valor”, explicó Álvarez.
A partir de ese cambio de enfoque, surgen preguntas vinculadas a cómo mejorar la captación y la disponibilidad de agua, cómo trabajar con secuencias que incluyan cultivos de servicio y cómo esas decisiones modifican la dinámica del suelo, junto con los tiempos de respuesta de cada propiedad.
En ese punto, se remarcó que muchas limitantes actuales son el resultado de años de manejo y no admiten correcciones rápidas. No se revierten con un solo implemento ni con la incorporación aislada de una tecnología, sino a través de procesos que requieren tiempo y planificación. En ese escenario, lo económico y lo ambiental avanzan de manera conjunta, aunque a ritmos distintos: el componente ambiental suele responder más lentamente.
Allí entran en juego prácticas agronómicas asociadas a distintos enfoques —agricultura regenerativa, manejo sustentable— que se traducen en ordenar rotaciones, ajustar la nutrición y planificar secuencias de cultivos en función de la gestión hídrica. En todos los casos, el factor agua aparece como eje central del sistema.
“En la medida que no cosechemos el agua, es muy difícil cosechar carbono, es muy difícil cosechar granos”, advirtió Álvarez. Sin agua, explicó, tampoco se activa la actividad microbiana, una condición clave para sostener procesos productivos estables en el tiempo.
Muchas no admiten correcciones rápidas. Lo económico y lo ambiental avanzan de manera conjunta, aunque a ritmos distintos: el componente ambiental suele responder más lentamente.