Campaña 25-26. Cultivos Implantados en la Red de Nutrición
Uno de los ejemplos más claros es el fósforo (P). En Lambaré, sitio ubicado en la localidad de Las Rosas y sobre un suelo Argiudol, el ensayo comenzó en 2000 con 71,5 partes por millón (ppm) de P en el suelo. En 2024, el tratamiento NS, que no recibe P, había descendido a 48 ppm, mientras que el NPS alcanzaba 80 ppm. En Balducchi, sitio ubicado en Teodelina, sobre un Hapludol y con al menos 80 años de agricultura, el punto de partida era mucho más bajo: 10,8 ppm. Allí, el tratamiento sin P cayó a 7 ppm, mientras que el NPS llegó a 40 ppm.
“Son dos extremos. En Lambaré partimos de un nivel de fósforo muy alto, mientras que el suelo del sitio Balducchi era uno de los más degradados que teníamos. La red nos permitió ver durante 25 años qué pasa cuando extraemos fósforo y qué ocurre cuando lo reponemos”, explicó Adrián Rovea, asesor de los grupos CREA Teodelina y Ascensión, de la región Sur de Santa Fe.
La respuesta en soja de primera
En la campaña 2025/26, los ensayos de soja de primera volvieron a mostrar al S como uno de los nutrientes de mayor impacto. En La Blanca, el testigo rindió 3024 kg/ha y la respuesta atribuida al S fue de 638 kg/ha; en Lambaré, con un testigo de 3728 kg/ha, alcanzó 522 kg/ha. En este último sitio también se observó una respuesta de 384 kg/ha al nitrógeno (N) residual proveniente del maíz anterior.
La historia de cada ambiente ayuda a explicar las diferencias. En los sitios con muchos años de agricultura, la deficiencia de azufre se manifestó tempranamente, mientras que en Lambaré, que tenía antecedentes de rotación agrícola-ganadera, la respuesta comenzó a aparecer a medida que avanzaron los años de agricultura.
“En soja de primera muchas veces es difícil encontrar respuestas, pero responde mucho a la historia del lote. Una de las cosas que aprendimos es el efecto del nitrógeno aplicado al maíz anterior: no estamos fertilizando con N a la soja, sino leyendo el efecto que dejó en el sistema”, señaló Rovea.
Resultados de soja de primera en la campaña 2025/26
Trigo/soja: el efecto residual
Los sitios Balducchi y San Alfredo permiten observar esa dinámica en la secuencia trigo/soja de segunda. En Balducchi se mantuvo durante 2025/26 el esquema histórico de fertilización diferencial por parcelas. En San Alfredo, en cambio, se discontinuaron esos tratamientos y todas las parcelas recibieron la fertilización habitual del lote, con el objetivo de comenzar a medir cuánto perduran los efectos generados durante los años anteriores.
En trigo, las diferencias fueron especialmente marcadas en Balducchi. El testigo produjo 1551 kg/ha, frente a 5751 kg/ha con NPS y 6681 kg/ha en el tratamiento completo, que además incorpora micronutrientes. La respuesta calculada fue de 3365 kg/ha a N y de 4200 kg/ha a la combinación NPS. El ensayo también mostró una respuesta de 930 kg/ha al agregado de micronutrientes respecto de NPS, atribuida principalmente al zinc (Zn).
Rovea explicó que la magnitud de esas diferencias estuvo acentuada por el antecesor: debido a las condiciones secas de la campaña anterior, se había implantado maíz tardío y luego trigo. Esa sucesión incrementó la exigencia sobre el sistema, porque el trigo comenzó su ciclo inmediatamente después de un cultivo con una elevada extracción de nutrientes.
Sitio Balducchi. Ensayo de trigo en la campaña 2025/26, con antecesor maíz tardío
En San Alfredo se observó otro fenómeno. Aunque en 2025/26 todas las parcelas recibieron la misma fertilización, el trigo rindió 6196 kg/ha en la parcela que históricamente había sido testigo y 7221 kg/ha en la que había recibido NPS: una diferencia de 1026 kg/ha. Para Rovea, esa brecha permite dimensionar el efecto acumulado de la residualidad y el reciclaje de nutrientes.
La señal volvió a aparecer en la soja de segunda. En Balducchi, el rendimiento pasó de 1650 kg/ha en el testigo a 3081 kg/ha con NPS y 3799 kg/ha con el tratamiento completo. La respuesta a NPS alcanzó 1431 kg/ha y el agregado de micronutrientes aportó otros 718 kg/ha.
En San Alfredo, aun después de discontinuar la fertilización diferencial, la soja de segunda produjo 3024 kg/ha en la parcela que históricamente había sido testigo y 4313 kg/ha en la que había recibido NPS, una diferencia de 1289 kg/ha. El resultado volvió a mostrar que los efectos de la nutrición acumulados durante años pueden expresarse en los cultivos siguientes.
“Todo ese paquete de nutrientes va pasando de un cultivo a otro. Lo vimos primero en el trigo y después nuevamente en la soja de segunda. Ahí aparece con mucha claridad el concepto de residualidad y reciclaje”, resumió.
Enseñanzas de largo plazo
Después de 25 años, la red permitió observar efectos que iban mucho más allá de la respuesta de los cultivos a la fertilización. En Balducchi, por ejemplo, la infiltración alcanza apenas 8 a 10 mm/hora en el testigo, frente a 40 a 45 mm/hora en la parcela con NPS. “Cuando pensamos la red nunca pensamos en medir infiltración. Esto es una consecuencia de todos estos años de rotación y nutrición”, destacó Rovea.
También se estudiaron los cambios en la biología del suelo. Equipos de científicos analizaron micorrizas, hongos y otros microorganismos, y actualmente se avanza en evaluaciones de macrofauna. En algunos ambientes comenzaron a encontrarse lombrices, que contribuyen tanto a la estructura del suelo como a la descomposición de los rastrojos.
La cobertura fue otra fuente de aprendizajes. Además de funcionar como reservorio y permitir el reciclaje de nutrientes, grandes volúmenes de rastrojo pueden generar problemas de temperatura, implantación e inmovilización temporal de nutrientes. Esto llevó a estudiar también la forma de fertilizar y la conveniencia de incorporar los nutrientes cuando existe mucha cobertura.
“El N es combustible para los microorganismos. Cuanto más lejos se lo ponemos, menos nos lo inmovilizan”, explicó Rovea. Con el tiempo, la red permitió así ampliar la mirada desde la respuesta a la fertilización hacia el funcionamiento físico y biológico del suelo.
Nutrir el sistema
A partir de los resultados de la red, Rovea planteó como criterio general sostener una nutrición con NPS en gramíneas y con PS en leguminosas, además de comenzar a evaluar el aporte de boro (B) en estas últimas. Para el N, propuso ajustar las dosis al máximo de respuesta de cada ambiente, considerando no sólo las necesidades del cultivo sino su aporte al funcionamiento del sistema.
El modo de aplicación también resulta relevante, especialmente en lotes con grandes volúmenes de rastrojo. “Hacemos mucho hincapié en incorporar y no aplicar al voleo. Después de un trigo de 7000 u 8000 kg/ha, un gránulo de urea puede quedar sobre el rastrojo y no llegar a tocar el suelo”, explicó.
Entre los aspectos a monitorear incluyó el pH y las bases de intercambio del suelo, junto con la productividad parcial del factor como indicador de la eficiencia en el uso de los nutrientes. Para fósforo, recomendó trabajar con balances al menos neutros y, cuando sea posible, positivos.
Como síntesis, Rovea propuso integrar las tecnologías de insumos con las de procesos y evitar que la decisión económica limite de antemano la nutrición de los cultivos. “Primero la nutrición, después el Excel. Hay que tener una visión sistémica, pensar en el todo y tratar de integrarlo”, concluyó.
Los derechos sobre esta nota y su contenido pertenecen a AACREA. Si querés compartir esta información y/o citarla, te pedimos que menciones a Contenidos CREA como origen e incluyas el enlace a la nota original. ¡Muchas gracias!