El principal rasgo de la campaña fue el comportamiento de las lluvias durante el barbecho. Agosto resultó atípico, con alrededor de 250 mm de precipitaciones, cuando el promedio histórico para todo el período de barbecho es de unos 220 mm. En la región se acumularon entre 270 y 560 mm, un exceso hídrico que recargó los perfiles, elevó el nivel de las napas y permitió que el trigo alcanzara altos rendimientos.
La evolución de las napas fue uno de los factores que explicó el desempeño del maíz durante la campaña. En Teodelina, el nivel freático pasó de 3,50 metros de profundidad en mayo de 2025 a 2,70 metros luego de las 230 mm registradas en agosto, una posición accesible para las raíces. "Si bien en enero llovieron apenas 6 mm, el cultivo pudo superar la falta de agua y tuvo una buena productividad por la capacidad de retención de los suelos de la zona", explicó Rovea.
Tras un barbecho con buena disponibilidad hídrica, las precipitaciones disminuyeron en enero y el maíz tardío atravesó un período de estrés, aunque con un impacto limitado porque llegó al período crítico con buena condición hídrica y temperaturas que no superaron los 32 °C. En cambio, el maíz temprano sufrió pérdidas durante el llenado de granos por los golpes de calor registrados en diciembre, que redujeron el peso de mil granos. "El cultivo que se siembra el 20 de noviembre florece alrededor del 20 de enero, mientras que el sembrado el 10 de diciembre lo hace hacia el 10 de febrero. Siempre transcurren unos 60 días hasta la floración", señaló.
Ganancia genética y margen para seguir creciendo
La región CREA Sur de Santa Fe concentra cerca de 90.000 hectáreas de maíz, de las cuales unas 80.000 corresponden a planteos tempranos. En la campaña 2025/26, el rendimiento promedio del maíz temprano se ubicó en 11.746 kg/ha, mientras que el maíz tardío alcanzó 10.478 kg/ha, resultados muy buenos para la región.
Durante la jornada, el asesor destacó que el progreso genético continúa impulsando el rendimiento del cultivo. En la subzona este de la región, el crecimiento promedio de los últimos 20 años alcanza 66 kg/ha por año, mientras que en el oeste —sureste de Córdoba— es de 44 kg/ha y en la zona centro de 39 kg/ha. "La ganancia genética nos está aportando entre 120 y 150 kg por año, aproximadamente un 1% anual. Hoy los híbridos que usamos tienen potenciales de 15.000 kg, así que todavía deberíamos estar logrando ganancias un poco más altas", señaló.
Rovea remarcó que los resultados del maíz tardío deben analizarse considerando las características de los ambientes donde se implanta. Mientras el maíz temprano suele destinarse a los lotes de mayor potencial, los planteos tardíos se realizan con mayor frecuencia en ambientes más restrictivos. "Por eso, un promedio zonal de 10.400 a 10.500 kg por hectárea en maíz tardío es muy bueno, aunque todavía tenemos algunas cosas para mejorar y ajustar para lograr un poco más", afirmó.
Tecnologías subutilizadas
Una de las principales oportunidades para aumentar los rendimientos pasa por una mayor adopción de tecnologías ya disponibles. En la campaña 2025/26, solo el 34,8% de la superficie de maíz temprano y el 33,7% del maíz tardío recibió aplicaciones de fungicidas. "El maíz tiene una respuesta al fungicida de entre 500 y 1.000 kg por hectárea, además de reducir el vuelco y el quebrado. Es una tecnología sencilla que debería estar más masificada. Tendríamos que estar en un 70 u 80% del área aplicada; lo ideal sería llegar al 100%", afirmó Rovea.
Otro de los indicadores incorporados durante la campaña fue la productividad parcial del factor nitrógeno, que relaciona el rendimiento obtenido con la cantidad de nitrógeno aplicada. El promedio regional fue de 84,5 kg de grano por kilogramo de nitrógeno en maíz temprano y de 115,4 kg/kg en maíz tardío.
El indicador permite evaluar la eficiencia del uso del nutriente. Según la escala presentada, valores entre 50 y 80 representan un manejo adecuado. Índices cercanos a 25-30 indican riesgo de contaminación ambiental por exceso de nitrógeno, mientras que valores superiores a 90 reflejan una elevada extracción del nutriente desde el suelo. "Ahí hay un tema para mejorar", sostuvo.
Los balances de fósforo también mostraron un amplio margen de mejora. En promedio, fue de -13,5 kg/ha en maíz temprano y de -9,2 kg/ha en tardío, lo que refleja que la extracción supera a la reposición del nutriente. "El balance de fósforo es tremendamente negativo, tanto en temprano como en tardío", advirtió.
La situación se repite con otros nutrientes. El aporte promedio de azufre fue de 12,8 kg/ha en maíz temprano y 6,7 kg/ha en tardío, cuando el objetivo es alcanzar al menos 15 kg/ha y llegar a 20 kg/ha en planteos de alto rendimiento. En zinc, el promedio fue de 0,64 kg/ha en maíz temprano y 0,25 kg/ha en tardío, por debajo del objetivo de 1 kg/ha. "Muchos lotes no tienen zinc. Es un elemento a incorporar", señaló.
Rovea destacó que los monitoreos realizados no evidencian problemas de contaminación por nitratos. Junto con especialistas del INTA Pergamino, los grupos CREA comenzaron a medir mensualmente la concentración de nitratos en las napas mediante muestras tomadas en freatímetros. Los registros obtenidos hasta 2022 alcanzaron un máximo de 3 mg/l, muy por debajo del umbral de 42 mg/l utilizado por la Comunidad Económica Europea. "Si hay productividad, no hay riesgo con el nitrógeno. Seguimos con valores bajos y eso nos deja tranquilos, aunque vamos a continuar con las mediciones", dijo.
Estrategias para un año Niño
De cara a la próxima campaña, Rovea planteó que los pronósticos obligan a prepararse para un evento Niño de gran intensidad. En ese contexto, sostuvo que la estrategia debe comenzar por una correcta caracterización de cada ambiente. "Hay que medir la profundidad de la napa, la recarga del perfil, hacer análisis de suelo, conocer la capacidad de retención de agua, el relieve del lote, el historial de excedentes hídricos y la transitabilidad", resumió. Esos criterios forman parte del esquema de planificación propuesto para la campaña.
El asesor recordó que la ventana óptima de siembra en la región se ubica entre el 20 de septiembre y el 10 de octubre, aunque el cultivo ofrece un período mucho más amplio, desde septiembre hasta enero. "La biotecnología y la fisiología del maíz permiten ampliar la fecha de siembra. Después cambian los potenciales de rendimiento, pero el cultivo sigue funcionando", explicó.
Uno de los principales factores para definir la estrategia es la profundidad de la napa. Según indicó Rovea, una napa ubicada entre 1,5 y 2,5 metros representa el escenario ideal, ya que combina bajo riesgo de encharcamiento y desnitrificación con una buena disponibilidad de agua para el cultivo. En esas condiciones recomendó apuntar al máximo potencial de rendimiento mediante un planteo de alta inversión, ajustando densidad, nutrición, fungicidas y fecha de siembra.
La recomendación cambia cuando la napa se encuentra muy próxima a la superficie. "Con una napa a 50 centímetros hay alta probabilidad de encharcamiento y pérdida de área. En ese caso conviene esperar y sembrar durante la primera quincena de noviembre", señaló. La estrategia busca reducir el riesgo mientras se espera una mejor definición del escenario hídrico.
En el extremo opuesto, una napa ubicada por debajo de 4,5 metros, o directamente su ausencia, obliga a manejar el riesgo de otra manera. Si el suelo tiene baja capacidad de almacenar agua y las lluvias previstas no se concretan durante diciembre o enero, aumenta la probabilidad de estrés hídrico en el período crítico. En esos ambientes, Rovea consideró que el maíz tardío puede ser una alternativa para reducir el riesgo productivo.
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