Frente a ese escenario, se observó que la incorporación diaria de pequeñas dosis de antibióticos en la dieta mejoraba la respuesta productiva, reducía los trastornos metabólicos y disminuía la incidencia de enfermedades, especialmente las subclínicas. Así surgió el concepto de antibióticos promotores de crecimiento, administrados en concentraciones subinhibitorias.
"Fue una herramienta valiosísima. Durante muchos años permitió mejorar los índices productivos y hacer más eficiente la producción. Todavía hoy es difícil imaginar sistemas con cierto grado de intensificación sin recurrir a los antibióticos promotores de crecimiento", sostuvo.
El problema
El uso sostenido de antibióticos promotores de crecimiento terminó generando una consecuencia esperable: la aparición de bacterias resistentes. "Cuando se trata un consorcio bacteriano, como el rumen o el intestino de un bovino, con subdosis de una única molécula, el único camino posible es que aparezcan bacterias que pierdan la sensibilidad a ese antibiótico", señaló.
Cabral explicó que la pérdida de sensibilidad de una bacteria frente a un antibiótico puede ser natural o adquirida. Durante muchos años, la ciencia consideró que esa resistencia adquirida solo se transmitía de manera vertical, es decir, de una bacteria a sus descendientes. "Una bacteria desarrolla una mutación que le permite resistir un antibiótico. Cuando ese antibiótico se aplica, las bacterias sensibles mueren y la resistente sobrevive, se multiplica y transmite esa información genética a las siguientes generaciones", describió.
Más adelante se comprobó que también existe una transmisión horizontal, un mecanismo más complejo porque permite que una bacteria transfiera genes de resistencia a otra, incluso sin relación de parentesco. "Una bacteria puede liberar pequeñas partículas que llevan la información genética necesaria para resistir la acción de un antibiótico. Ahí vimos que el problema se había desmadrado", afirmó.
Ese mecanismo presenta varias características que complican el control del fenómeno. En primer lugar, es imprevisible: no puede anticiparse qué mutación ocurrirá, entre qué bacterias se transferirá ni cuándo sucederá. Además, carece de especificidad. "La información puede pasar entre especies bacterianas diferentes, incluso entre bacterias que afectan a los animales y bacterias que afectan a las personas, y viceversa", explicó.
A esto se suma otro agravante: la resistencia puede extenderse a antibióticos de distintas familias mediante mecanismos de coselección. "La transmisión horizontal aumenta el reservorio de genes resistentes dentro de una población bacteriana", señaló. Estas características explican por qué la resistencia antimicrobiana constituye uno de los principales desafíos sanitarios actuales. "El uso irresponsable de antibióticos genera una catarata de consecuencias que son imposibles de prever", alertó.
Promotores vs. terapéuticos
El especialista remarcó la importancia de diferenciar el uso terapéutico de los antibióticos de su utilización como promotores de crecimiento. Según indicó, cerca del 70% de los antibióticos que se producen en el mundo se destinan a animales y, de ese total, alrededor del 70% se utiliza como promotor de crecimiento.
"No estamos diciendo que no haya que usar antibióticos terapéuticos. Si hay una enfermedad, un diagnóstico y el tratamiento indicado es un antibiótico, tanto en humanos como en animales hay que utilizarlo", aclaró. Y agregó: "Lo que está en discusión es el uso de antibióticos promotores de crecimiento, que se suministran todos los días en el alimento, en dosis subterapéuticas".
Este uso sostenido es uno de los factores que favorecen la diseminación de la resistencia antimicrobiana. En ese sentido, citó un informe de la Organización Mundial de la Salud elaborado antes de la pandemia de COVID-19. "Si la humanidad no toma medidas, para 2050 las muertes provocadas por bacterias multirresistentes van a superar la suma de las ocasionadas por cáncer, enfermedades cardiovasculares, diabetes y accidentes de tránsito", afirmó.
Cabral agregó que en los países desarrollados, donde existen registros más completos, se estima que alrededor de 1,5 millones de personas mueren cada año de manera directa por infecciones resistentes a los antibióticos y otras 5 millones de forma indirectamente asociada a ese problema. "Los más apocalípticos dicen que ya estamos viviendo una pandemia silenciosa", comentó.
Además, advirtió que esas proyecciones podrían haberse acelerado tras la pandemia. "Durante la COVID-19 hubo un sobreuso de antibióticos en todo el mundo y ya están apareciendo los primeros reportes que muestran un aumento de la pérdida de sensibilidad a estos medicamentos", dijo.
Su uso en Argentina
En la producción bovina argentina los principales antibióticos promotores de crecimiento pertenecen al grupo de los ionóforos, entre ellos la monensina, el lasalocid, la narasina y la salinomicina. "Los ionóforos son antimicrobianos que actúan modificando el intercambio de iones en las bacterias", explicó. El otro grupo de importancia es la virginiamicina, un antibiótico que todavía tiene un uso extendido en los feedlots.
Distintos trabajos científicos muestran evidencias de resistencia cruzada asociada al uso de virginiamicina en producción animal. "En Argentina se prohibió como promotor de crecimiento, pero sigue autorizada para el tratamiento de la acidosis ruminal, por lo que continúa utilizándose", señaló.
El principal riesgo no está en la carne producida, sino en el ambiente donde se desarrolla la actividad ganadera.
La transición hacia sistemas sin promotores
Cabral aclaró que el uso de antibióticos promotores de crecimiento es solo una parte del problema de la resistencia antimicrobiana. La mayor parte de las causas se encuentran en la medicina humana, debido a la sobreprescripción y el uso inadecuado de estos medicamentos, las deficiencias sanitarias en muchos centros de salud y la escasa aparición de nuevas moléculas antibióticas. "Prácticamente no hay antibióticos nuevos para tratar enfermedades ni en humanos ni en animales", advirtió.
Para mostrar que es posible reducir el uso de estos productos en la producción animal, presentó la experiencia de Dinamarca. Los países escandinavos prohibieron los antibióticos promotores de crecimiento en 1999 y la medida se extendió a toda la Unión Europea en 2006.
Los registros daneses muestran que, tras la prohibición, aumentó el uso de antibióticos terapéuticos, pero el consumo total de antibióticos por kilogramo de carne producida se redujo aproximadamente a la mitad. "Eso demuestra que es posible bajar el uso total de antibióticos y que se puede producir carne sin recurrir a los promotores de crecimiento", sostuvo.
Otro ejemplo que destacó fue el de la virginiamicina, ya que el antibiótico todavía se utiliza en distintos sistemas de producción en Argentina. "Cuando se deja de usar, la resistencia disminuye y los consorcios bacterianos del ambiente vuelven a recuperar sensibilidad frente a ese antibiótico", afirmó.
Nuevas restricciones
El especialista también se refirió a la situación de Brasil, que recientemente comenzó a modificar la política de uso de antibióticos promotores de crecimiento. "Brasil era el único país de Latinoamérica que todavía no los había prohibido. Pero, poco antes de que la Unión Europea dejara de autorizar el ingreso de carne brasileña producida bajo esas condiciones (ocurrido hace solo un mes), prohibió el uso de virginiamicina y bacitracinas", comentó.
El proceso aún continúa. "Ahora la propia industria exportadora brasileña está solicitando que también se prohíban los ionóforos, como monensina, salinomicina y narasina. Es decir, Brasil está avanzando hacia restricciones cada vez mayores", dijo.
Alternativas para reducir el uso de antibióticos
Cabral destacó que existen alternativas a los antibióticos promotores de crecimiento con resultados comprobados en distintos sistemas productivos. Como ejemplo, presentó un metaanálisis que reunió 39 trabajos científicos en los que se evaluó una de esas alternativas en animales en engorde a corral, comparando indicadores como ganancia de peso, consumo y conversión alimenticia frente al uso de monensina.
"En esos 39 trabajos, la ganancia de peso fue un 8% superior respecto de los animales que recibían monensina", señaló. También explicó que el mayor consumo de materia seca observado no responde al efecto de la alternativa evaluada, sino a que la propia monensina reduce el consumo voluntario. "Además, la conversión alimenticia también mejora", agregó.
También compartió resultados de un ensayo realizado sobre pasturas de alfalfa en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, donde se evaluó el efecto de un producto a base de taninos suministrado en el agua de bebida, sobre la ganancia de peso y el control de parásitos durante todo el ciclo de engorde. "Los animales que recibieron taninos no necesitaron ser desparasitados durante todo el engorde, mientras que el lote testigo sí requirió tratamientos antiparasitarios", explicó.
Como cierre, sostuvo que la evidencia disponible muestra que es posible reducir la dependencia de los antibióticos promotores de crecimiento sin resignar productividad. "Hoy existen alternativas muy probadas en todo el mundo que permiten mantener buenos resultados productivos sin comprometer el problema de la resistencia a los antimicrobianos", concluyó.
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