El Proyecto de Carbono en Sistemas Agropecuarios de CREA, que midió la huella de carbono en fincas productoras de tomate de la región Valles Cordilleranos, permitió evidenciar una marcada heterogeneidad de situaciones en función de los niveles de productividad y el uso de insumos.
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Los cinco establecimientos seleccionados para la estimación de huella de carbono –que se llevó a cabo durante la campaña 2023/24– se localizaron en la región este de Mendoza y San Juan.
“El trabajo demostró que mejorar la productividad por sí sola no implica necesariamente un mayor impacto ambiental, siempre que el incremento del rendimiento se logre de manera eficiente y con un uso racional de los insumos”, indican Luis María Arias Usandivaras y Diana de Salazar, coordinadores de la iniciativa instrumentada por CREA en colaboración con Arcor y UPL.
“Por el contrario, sistemas con rendimientos moderados o bajos pueden presentar una mayor huella de carbono por tonelada producida. En este sentido, la huella de carbono se consolida como una herramienta valiosa para identificar puntos críticos de mejora y orientar estrategias de manejo que permitan avanzar hacia sistemas de producción de tomate más eficientes, competitivos y ambientalmente sostenibles”, remarcan los técnicos CREA.
tomate
Tomate
Resultados
Se incluyeron productores de tomate modales y de vanguardia con el objetivo de obtener una muestra variada que permita observar diferencias en las emisiones de carbono asociadas a distintos tipos de prácticas agrícolas.
Respecto a los modales, uno se denomina “baja”, ya que no aplica estiércol de ave, emplea menor cantidad de fertilizantes y de insecticidas y, como consecuencia, tiene un rendimiento más acotado (75 tonelada/ha). En el modal “alta” aplica 20 tonelada/ha de estiércol y realiza una fertilización intensiva para lograr 150 tonelada/ha de tomate.
Las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) por hectárea para los casos 2 y 3 son relativamente similares, con valores del orden de 5000 y 5500 kg CO2eq/ha, mientras que en el caso 1 se observa un valor inferior. Sin embargo, al incorporar la variable productiva a través de la huella de carbono por tonelada, emergen diferencias claras asociadas al rendimiento.
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Emisiones totales por superficie (kg CO2eq/ha) y huella de carbono por unidad de producto (kg CO2eq/t de tomate)
El modelo alto presentó la menor huella de carbono por tonelada a pesar de tener emisiones por hectárea comparables a los otros sistemas. “Esto se explica por su mayor productividad, que diluye las emisiones totales en un mayor volumen de tomate producido, resultando en un mejor desempeño ambiental por unidad de producto”, explicaron los técnicos.
En el extremo opuesto, el caso 2 mostró la mayor huella de carbono por tonelada, aun cuando sus emisiones por hectárea no son sustancialmente más elevadas que el modelo alto, lo que se explica por un menor rendimiento relativo que incrementa la intensidad de emisiones por unidad de producto y pone en evidencia una menor eficiencia productiva.
Los casos 1 y 3 presentan situaciones intermedias, con huellas de carbono por tonelada moderadas, coherentes con niveles de productividad también intermedios. “En estos casos, pequeñas variaciones en rendimiento tienen un impacto directo sobre la huella de carbono del producto final”, apuntan.
En el siguiente gráfico se observa el porcentaje de emisiones totales por fuente en los distintos sistemas de producción de tomate, lo que permite identificar con mayor precisión los principales aportes a la huella de carbono de cada modelo.
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Porcentaje de emisiones totales por fuente para cada establecimiento analizado.
En el caso 1 las emisiones están dominadas por la energía en campo (54%), lo que refleja un fuerte peso del uso de combustible y/o electricidad en las labores productivas. La fertilización y los residuos aportan cada uno un 23%, mientras que la protección de cultivos tiene una contribución marginal y el transporte exterior no registra incidencia. Este establecimiento presenta similitudes en su distribución con el modelo “bajo”.
En los casos 2 y 3 la fertilización es la principal fuente de emisiones (50-51%), seguida por la energía en campo (29-31%) y los residuos (18-19%). Este perfil es consistente con un manejo más intensivo en insumos fertilizantes, mientras que la protección y el transporte exterior no presentan aportes relevantes. Estos establecimientos se ajustan a los valores estimados en el modelo “alto”.
“La fertilización y la energía son las principales fuentes de emisiones en la producción de tomate, aunque su peso relativo varía según el nivel de intensificación del sistema. Los resultados destacan la importancia de optimizar el manejo del nitrógeno y mejorar la eficiencia energética como estrategias clave para la mitigación de emisiones en el cultivo”, sostienen.
Llamó la atención los niveles de nitrógeno total aplicados y, especialmente, la marcada variabilidad entre productores. La evidencia sugiere que la estrategia predominante para definir la dosis de nitrógeno se orienta a minimizar el riesgo de deficiencia nutricional, dado que el costo del fertilizante representa una fracción menor dentro del costo total de producción.
“Desde un punto de vista puramente productivo esa lógica es comprensible; sin embargo, cuando se analiza el impacto ambiental adquiere mayor importancia la sincronización entre la demanda de nitrógeno por parte del cultivo y el suministro efectivo en el tiempo. Dosis elevadas sin un ajuste fino al ciclo fenológico incrementan la proporción del nutriente no aprovechado y, por lo tanto, aumentan las pérdidas por volatilización, lixiviación y emisiones directas de N2O, sin una mejora proporcional en rendimiento”, remarcan los técnicos.
Metodología
Para el cálculo de la huella de carbono en cada uno de los establecimientos se utilizó la herramienta Cool Farm Tool, que permite conocer las emisiones de gases de efecto invernadero de los cultivos, teniendo en cuenta la cantidad producida.
Para la construcción de la estimación de emisiones de GEIs se tomó como base la metodología del IPCC 2006 y su refinamiento del 2019, la cual determina la metodología de cálculo de las emisiones generadas por un país para realizar los inventarios nacionales de GEI.