20 de mayo de 2026 en Buenos Aires

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Cultivo de maíz en ambientes marginales: cómo alcanzar el máximo potencial

En La Pampa, evalúan estrategias de manejo por ambientes para achicar brechas y pasar de 4300 a 5000 kg/ha en el cultivo de maíz.

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Ubicado en la región Semiárida, con limitaciones de clima y suelos, el establecimiento La Luna, miembro del CREA Guatraché, se propuso aumentar los rendimientos del cultivo de maíz mediante estrategias de manejo basadas en agricultura por ambientes y la reducción de brechas de rendimiento.

Estos aspectos fueron abordados por el asesor técnico Diego Rotili durante una jornada realizada recientemente en el establecimiento, ubicado en Guatraché, La Pampa. El objetivo es pasar de los 4300 kilos por hectárea obtenidos como promedio en los últimos 12 años a 5000 kilos en la próxima década.

Rotili destalló que, en la región Semiárida, el potencial productivo está condicionado por menores precipitaciones, mayor variabilidad entre campañas y más años secos. “Cada año tiene un potencial distinto”, afirmó. Por eso, el rendimiento alcanzable y el logrado cambian según cada ciclo y los promedios son menos estables que en otras zonas productivas.

A esa variabilidad entre campañas se suman diferencias dentro de un mismo lote por la presencia de tosca. “En un mismo campo podemos tener sectores con dos metros de profundidad y otros con apenas 20 centímetros”, advirtió. Esa heterogeneidad modifica el potencial productivo: “Hay sectores que podrían rendir ocho toneladas por hectárea y otros donde el potencial es de dos”. El desafío es ajustar el manejo para reducir esas diferencias entre ambientes y entre años.

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Variables predecible y medibles

El asesor propuso identificar los ambientes con mayor potencial dentro del campo y evaluar cuáles mantienen ese comportamiento a lo largo de los años. “Si usamos el lugar promedio del campo vamos a errar siempre”, explicó. Su propuesta es construir las decisiones de manejo a partir de los sectores más productivos y estables, teniendo en cuenta un conjunto de variables.

En este sentido, subrayó que “entender las variables más predecibles y medibles permite identificar oportunidades”. ¿Qué significa esto? Indica que algunos factores ambientales son predecibles, como la textura, la profundidad del suelo y la presencia de tosca. Otros no pueden anticiparse, aunque sí medirse, como el agua disponible o el nivel de nutrientes. Y existen variables fuera del control del productor, como las lluvias o la temperatura.

En una región con alta variabilidad climática, más campañas secas y menor influencia del fenómeno de El Niño sobre los rindes, cobran mayor importancia las variables medibles, como la profundidad de la tosca, la capacidad de almacenar agua y la humedad presente en la siembra, para anticipar mejor el rendimiento potencial de cada ambiente.

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Ambientes con mayor potencial

La agricultura por ambientes aparece como una herramienta para achicar las brechas productivas. En este marco, un primer paso es mapear la profundidad del perfil. Si bien en gran parte de los lotes de La Luna la variabilidad ocurre en escalas muy pequeñas, los ambientes con mayor profundidad de tosca aparecen agrupados, lo que permite georreferenciarlos para luego aplicar dosis variables de insumos.

Según Rotili, la estrategia debería concentrarse en los mejores ambientes del lote, con mayor profundidad de tosca, que tienden a sostener un potencial más alto, incluso en años con clima errante. “Cuanto mejor es el ambiente, más conviene manejarlo tratando de copiar esa expectativa de rendimiento potencial”, señaló.

La respuesta a la densidad y a la fertilización depende de ese potencial. Según los ensayos compartidos durante la jornada, en sectores con rindes esperados bajos aumentar la densidad reduce el rendimiento, mientras que en ambientes de mayor potencial la respuesta es positiva y las densidades óptimas son más altas.

Lo mismo ocurre con el uso de nitrógeno y fósforo. “Si es posible predecir más rendimiento potencial, también es posible identificar sectores del campo con mayor probabilidad de respuesta al uso de insumos”, explicó.

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Manejo diferenciado

Rotili mostró resultados de ensayos recopilados en el libro de Producción de Maíz de CREA para la región Sudoeste, donde la respuesta a la densidad cambia según el potencial del ambiente. En situaciones con rendimientos esperados inferiores a 5000 kilos por hectárea, las densidades óptimas son bajas, cercanas a las 30.000 plantas por hectárea. En esos casos, aumentar la cantidad de plantas reduce el rendimiento por la mayor competencia por agua.

En cambio, cuando el ambiente permite aspirar a más de 5000 kilos por hectárea, la respuesta cambia. “Ahí las densidades óptimas pasan a ser superiores a las 40.000 semillas por hectárea”, explicó. El desafío en campos marginales consiste en identificar aquellos sectores y campañas donde el potencial se acerca a esos niveles más altos para ajustar el manejo.

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Si bien muchos productores de la región utilizan densidades bajas como estrategia defensiva frente a la incertidumbre climática, se destacó que, en determinados años o sectores del lote, esa decisión puede dejar parte del rendimiento potencial sin aprovechar. “Si se identifican ambientes con más potencial y se mantienen densidades bajas, queda rendimiento por capturar”, explicó.

Cuando el ambiente termina siendo mejor de lo esperado —por ejemplo, por una mayor disponibilidad de agua— existen mecanismos que permiten aprovechar parte de esa mejora aun cuando la densidad haya quedado corta. Uno de ellos es la prolificidad, es decir, la capacidad de una planta de generar más de una espiga. Otro es el macollaje, que implica la emisión de tallos secundarios capaces de producir espigas adicionales.

La prolificidad suele ser la estrategia más frecuente porque depende principalmente de las condiciones alrededor del período crítico del cultivo. El macollaje, en cambio, requiere condiciones favorables durante una etapa mucho más prolongada del desarrollo y resulta menos estable. En ese sentido, la prolificidad puede aportar flexibilidad en campañas mejores a las previstas, sin generar penalidades importantes en años normales o restrictivos.

De todos modos, Rotili aclaró que estos mecanismos no reemplazan el manejo por ambientes. “Si se identifican sectores con más agua a la siembra y mayor profundidad de tosca, hay que subir la densidad para aprovechar con más seguridad ese mayor potencial de rendimiento”, señaló.

En ambientes más restrictivos o inciertos, cobra mayor importancia la elección de híbridos tolerantes al estrés. “Todas estas estrategias sirven para aprovechar un ambiente mejor de lo esperado. Pero cuando el ambiente termina siendo peor, lo importante es tener materiales que soporten esa limitación”, concluyó.

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