La caracterización de ambientes, el ajuste de densidad y la fertilización balanceada fueron las prácticas con mayor impacto en el rendimiento de maíz en el sur de Santa Fe. En ambientes de alto potencial, la combinación de nitrógeno, fósforo y azufre permitió promedios de 11.000 kg/ha, mientras que en ambientes bajos se ahorraron insumos sin pérdida productiva.
- Crea >
- Agricultura >
Manejo y nutrición para maximizar el maíz
Ensayos en el sur de Santa Fe muestran cómo la densidad, la fertilización y la nutrición balanceada permiten acortar las brechas de rendimiento en maíz.
Alcanzaste el límite de 40 notas leídas
Para continuar, suscribite a Crea. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.
SUSCRIBITEEstos y otros resultados se presentaron durante la Jornada de Actualización Técnica de granos gruesos organizada por la región CREA Sur de Santa Fe y el INTA Marcos Juárez, realizada el jueves 24 de julio en la sede del INTA. Allí, investigadores y asesores compartieron evidencias obtenidas en más de dos décadas de redes de ensayos, que ayudan a acortar la brecha entre el rendimiento potencial y el logrado en campo.
Fertilización y densidad
En la zona CREA Sur de Santa Fe, un análisis sobre 64.000 hectáreas permitió identificar cómo varía la estrategia de fertilización y densidad de siembra según el potencial de rendimiento de cada ambiente. El estudio, realizado sobre datos de productores CREA, reveló tendencias claras en el manejo de nutrientes y población de plantas.
En los ambientes de mayor productividad —más de 140 quintales por hectárea, que representan unas 2.500 hectáreas sembradas— los productores aplicaron en promedio 150 kg/ha de nitrógeno, 29 kg/ha de fósforo, 22 kg/ha de azufre y 1,12 kg/ha de zinc. Este último nutriente apareció en todos los ambientes, lo que indica una incorporación generalizada. Más allá de las cantidades, se observó que el balance de nutrientes se mantuvo en los lotes de alto potencial.
Sin embargo, a medida que el rendimiento esperado disminuyó, también lo hizo la inversión en insumos. En los ambientes con menos de 6.000 kg por hectárea, las aplicaciones rondaron los 100 kg/ha de nitrógeno, 14 kg/ha de fósforo, 7 kg/ha de azufre y pequeñas dosis de zinc. "El productor se animó a bajar un poco el nivel de nitrógeno, lo cual es normal porque cuando el potencial no es alto no vale la pena poner tanto", señaló Agustín Fernández Roger, asesor del CREA General Baldissera.
En cambio, la densidad de siembra no se redujo en la misma proporción. "Vemos que es conveniente seguir bajando la cantidad de plantas por hectárea. Sembrar 70.000 o 75.000 plantas por hectáreas en ambientes de menos de 6.000 kg/ha no sería lo más razonable, sino que hay que animarse a bajar un poquito más", indicó el asesor. El estudio sugiere que ajustar densidades en función del ambiente podría mejorar la eficiencia y los resultados económicos.
Cerrar las brechas de rendimiento
Definir el tipo de ambiente es el primer paso para establecer la densidad de siembra y el esquema de fertilización. Según Horacio Videla Mensegue, técnico de la AER INTA Laboulaye, cada región tiene un rendimiento máximo potencial determinado por sus condiciones agroecológicas y los genotipos que se utilicen. A partir de allí se define un rendimiento limitado por el agua y un rendimiento alcanzable con el uso óptimo de insumos. Finalmente, está el rendimiento logrado en el campo, que en la zona suele oscilar entre 8.000 y 10.000 kg por hectárea.
La diferencia entre el rendimiento alcanzable —que, según estudios de José Andrade y su equipo, se ubica en torno a las 14 toneladas por hectárea para maíz en Argentina— y el rendimiento logrado es la brecha a reducir. En maíz temprano, las principales variables ambientales que inciden son la presencia de la napa freática y las lluvias durante el ciclo. Entre las variables de manejo más influyentes figuran la densidad de plantas, el nitrógeno disponible y el azufre, mientras que en maíz tardío se suma el manejo de fungicidas.
En la región de Laboulaye, donde Videla Mensegue realizó diferentes experiencias, un ambiente típico puede ir desde lomas arenosas con más del 70% de arena, baja retención de agua y escasa fertilidad, hasta bajos con mayor capacidad de retención hídrica pero con limitaciones en profundidad. En el sur de Santa Fe, los ambientes son menos heterogéneos, aunque existen lotes con potencial de apenas 5.000 kg por hectárea. "Una de las principales cosas que hay que empezar a entender es qué tipo de ambiente tengo, cómo se comporta y qué expectativa de rendimiento puedo lograr", señaló el profesional del INTA.
El especialista explicó que el suelo cumple cuatro funciones clave: brindar espacio para el crecimiento radicular, abastecer agua, aportar nutrientes y proveer calor y oxígeno. Limitaciones permanentes —como un suelo arenoso— o transitorias —como baja recarga hídrica— pueden condicionar estas funciones y reducir el rendimiento esperado. La clave, indicó, es diagnosticar cómo están operando esas funciones en cada lote y en cada ambiente, para ajustar el manejo y acortar la brecha productiva.
Ajustes de manejo
Comprender el funcionamiento del suelo y el potencial de cada ambiente permite definir las prácticas de manejo más eficientes. Para Videla Mensegue, la primera gran decisión es optar por siembras tempranas o tardías. A partir de allí, la densidad y la fertilización nitrogenada deben ajustarse en función de la expectativa de rendimiento. "En ambientes de bajo potencial, aumentar la densidad no mejora el rinde, pero sí incrementa los costos; en cambio, reducir la población mantiene la producción y ahorra dinero", explicó. En ambientes de alto potencial, en cambio, la respuesta a la densidad es positiva.
La red de ensayos desarrollada entre las localidades de Marcos Juárez y Huinca Renancó permitió evaluar de forma combinada los efectos de la densidad y la fertilización. En algunos ambientes hubo respuesta solo a la densidad, en otros a la fertilización, y en otros se observó una interacción positiva entre ambas. Uno de los parámetros analizados fue la productividad por planta, que resultó relativamente estable y dependiente de la genética, lo que aporta un criterio para definir densidades. También se estimó que la necesidad promedio de nitrógeno, con antecesor soja, ronda los 2 gramos por planta.
A partir de estos datos se construyó un modelo que considera el rendimiento esperado, la disponibilidad de agua y el pronóstico climático. Por ejemplo, en un ambiente con potencial de 10.000 a 12.000 kg/ha, la densidad óptima estimada es de 80.000 plantas por hectárea; en uno de 5.000 kg por hectárea, puede reducirse a 40.000 plantas sin perder rendimiento. Para el nitrógeno, la referencia utilizada es de 18 kg por tonelada de grano, ajustando según el aporte de nitratos del suelo, el fertilizante fosforado y la mineralización prevista.
El especialista subrayó que las variables clave son el potencial del ambiente, la expectativa de rendimiento y, en función de ello, el ajuste progresivo de densidad, nitrógeno, fósforo, azufre y micronutrientes. Este enfoque permite optimizar los recursos y mejorar la rentabilidad del cultivo de maíz.
Nutrición balanceada
La Red de Nutrición 1 de la zona CREA Sur de Santa Fe comenzó en el año 2000 y se mantuvo activa hasta la campaña 2024/25, con ensayos realizados en dos esquemas de rotación: uno corto —maíz, trigo, soja— y otro con soja de primera, con maíz cada tres años. El testigo, sin fertilización desde el inicio, promedió 6.000 kg por hectárea.
En el diseño experimental, la parcela PS no recibió nitrógeno, la NS no tuvo fósforo y la NP no tuvo azufre. El objetivo fue medir la respuesta del cultivo al nutriente faltante y compararla con un tratamiento completo (NPS) y otro con NPS más microelementos. Según Fernández Roger, “sin nitrógeno, el maíz se resiente; con fósforo y azufre, el rendimiento mejora, pero la respuesta fuerte se logra al incorporar nitrógeno, con promedios cercanos a los 10.000 kg”.
Cuando se aplicaron los tres nutrientes principales, el rendimiento promedio ascendió a 11.000 kg, y en algunos casos, la adición de zinc aportó un incremento adicional. Los análisis de suelo indican que en la zona los niveles de zinc rondan una parte por millón, umbral a partir del cual es más probable obtener respuestas positivas. El asesor también destacó el rol del azufre, un nutriente de bajo costo que puede aportar cerca de 1.000 kg extra al maíz.
“La fertilización balanceada crea un ambiente favorable para el cultivo”, remarcó Fernández Roger. En la última campaña, el mayor salto de rendimiento se obtuvo con la aplicación conjunta de nitrógeno, fósforo y azufre, para lo cual fue fundamental el ajuste de las dosis según el análisis de suelo.
Ver las charlas completas aquí