Estrategias para recomponer la fertilidad de los suelos
Tras 16 años de ensayos, el INTA Oliveros mostró cómo rotaciones con gramíneas y cultivos de cobertura mejoran el rendimiento de soja en más de un 20%.
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En los sistemas agrícolas del sur santafesino, la pérdida progresiva de fertilidad en los suelos reduce los rendimientos y compromete la sostenibilidad. Así lo advirtió Fernando Salvagiotti, investigador del INTA Oliveros, durante una Jornada de Actualización Técnica de granos gruesos organizada por la región CREA Sur de Santa Fe y el INTA Marcos Juárez, que se realizó el 24 de julio en Marcos Juárez, Córdoba.
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A partir de una serie de ensayos a largo plazo y trabajos recientes de evaluación nutricional, el especialista señaló que el sistema agrícola actual presenta tres grandes deficiencias: baja cobertura del suelo durante el invierno, escasa diversificación de cultivos y reposición incompleta o desequilibrada de nutrientes. Frente a este escenario, propuso pensar la fertilización desde una mirada integral, asociada al manejo del sistema en su conjunto, más allá de decisiones puntuales sobre cada cultivo.
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Rotaciones y efectos residuales
Uno de los problemas más estructurales señalados por el investigador es el elevado porcentaje de barbechos durante el invierno. En los mapas de cobertura relevados en la región, amplias zonas aparecen en color marrón, indicando la falta de cultivos sembrados. “Ese es el principal problema que afecta a la sostenibilidad de nuestros sistemas. Tenemos mucho suelo desnudo, que no estamos cubriendo bien durante el invierno”, advirtió.
La consecuencia directa es el desaprovechamiento del agua y la radiación disponible en una zona que, según detalló, recibe entre 900 y 1000 mm anuales. En ese marco, recuperar la ocupación del suelo es un objetivo clave, tanto desde lo productivo como desde el punto de vista de la conservación de recursos.
Para evaluar los efectos de la intensificación del uso del suelo, Salvagiotti presentó resultados de un ensayo de 16 años realizado en la EEA Oliveros del INTA, bajo condiciones representativas del sur de Santa Fe. Allí se compararon distintas secuencias, desde el monocultivo de soja hasta rotaciones con maíz, trigo y cultivos de cobertura.
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El monocultivo soja/soja mantuvo el suelo cubierto apenas el 40% del año. Una rotación maíz-soja-trigo/soja elevó ese valor al 55%, y la secuencia más intensiva, que incluyó maíz, trigo, soja y cultivos de cobertura, logró una cobertura del 80%. Las diferencias se tradujeron en respuestas en los rendimientos.
“Después de 16 años de hacer monocultivo de soja, rindió 2500 kg por hectárea. En cambio, cualquiera de las alternativas que hicimos con algún tipo de rotación el rendimiento de soja superó significativamente al monocultivo”, explicó el investigador. En esta evaluación, realizada en un año Niña, con baja disponibilidad hídrica, la soja sembrada sobre rotaciones intensivas superó los 3000 kg/ha, en contraste con los rendimientos deprimidos del monocultivo.
La explicación no se limita al efecto inmediato del cultivo antecesor. Las mejoras se vinculan con cambios físicos y químicos en el suelo acumulados durante años: mayor infiltración, más materia orgánica, mejor actividad biológica y disponibilidad de nutrientes. “Lo importante es cubrir y diversificar. Esto va a generar un mejor ambiente, que luego se suma a la elección del cultivar y al manejo”, sostuvo Salvagiotti.
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Nutrición en soja: fertilización y fijación biológica
Al analizar los requerimientos nutricionales de los principales cultivos, el nitrógeno aparece como el nutriente más demandado, tanto en soja como en maíz. En el caso de la oleaginosa, se estima que se necesitan unos 80 kg de nitrógeno por tonelada producida. Sin embargo, ese requerimiento puede ser cubierto en buena parte a través de la fijación biológica de nitrógeno.
“La fijación puede aportar entre el 50 y el 60% de ese nitrógeno, por eso podemos manejar la nutrición sin fertilizante nitrogenado, inoculando o mejorando la fertilidad del suelo”, explicó. En ensayos comparativos con cultivares de diferente capacidad de absorción, aquellos con mayor eficiencia rindieron más, y esa diferencia se debió en gran parte a una mayor proporción de nitrógeno proveniente de la fijación biológica de nitrógeno.
Sin embargo, el sistema es sensible a malas decisiones de manejo. “La relación entre fertilización nitrogenada y fijación biológica muestra que el nitrógeno cae cada vez que fertilizamos con urea al voleo, por ejemplo. O sea que este fertilizante no es una solución”, advirtió. Su recomendación: “Siempre inoculen, por más que tengamos una respuesta mínima, porque es una práctica que siempre va a favorecer la producción del cultivo”.
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Fósforo: sostener y recomponer
El fósforo es otro de los nutrientes fundamentales en soja y maíz, pero a diferencia del nitrógeno, tiene muy baja movilidad en el suelo. Esto obliga a poner en práctica estrategias específicas para sostener la respuesta del cultivo y recuperar la fertilidad a largo plazo.
Los ensayos presentados mostraron que aplicaciones de entre 7 y 10 kg de fósforo elemento como arrancador permiten solo sostener la demanda del cultivo en el ciclo actual. “Pero nunca vamos a estar recuperando la fertilidad del fósforo del suelo”, remarcó Salvagiotti.
Para recomponer el contenido fosfatado del perfil, es necesario aplicar dosis superiores a la extracción. En promedio, se necesitaron entre 3 y 5 kg extra de fósforo por tonelada de grano para aumentar una parte por millón en el análisis de suelo. Esa recuperación es lenta y depende de múltiples factores, como el tipo de suelo, la textura y el contenido inicial de fósforo disponible.
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Los resultados de los ensayos también mostraron que cuando no se aplicó este nutriente, el nivel de fósforo en el suelo cayó de forma exponencial. En cambio, al aplicar más de lo que extrae el cultivo, la pérdida se desaceleró y se observó una respuesta lineal. Esto refuerza la idea de que la fertilización debe pensarse más allá del ciclo del cultivo.
Micronutrientes, potasio y desbalances
Los análisis de suelo evidenciaron caídas marcadas en los niveles de potasio, zinc y boro, en muchos casos asociados al incremento de los rindes sin una reposición proporcional.
“Desde 2005 a esta parte, los niveles de potasio en los suelos bajaron de 500 a 300 partes por millón”, señaló el investigador. En ensayos realizados en cercanías de Zavalla, provincia de Santa Fe, con niveles de potasio cercanos a 200 ppm, se detectaron respuestas significativas a la aplicación de cloruro de potasio en maíz en uno de tres años y sin respuesta en soja, mostrando que los resultados no fueron uniformes en todas las campañas.
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También se mostraron ensayos con zinc y boro, tanto en aplicaciones al suelo como foliares, con mejoras en el rendimiento en determinados contextos. La clave, según Salvagiotti, está en hacer un buen diagnóstico: “Mi recomendación es no solo medir fósforo, materia orgánica y pH. También determinemos potasio, calcio y magnesio, porque estamos teniendo grandes desbalances en muchos nutrientes”.
Una mirada de sistémica
Aunque gran parte de la exposición se enfocó en la fertilización, el mensaje fue que el deterioro de la fertilidad no puede abordarse únicamente desde la reposición de nutrientes. Las decisiones sobre cultivos, rotaciones, coberturas, fechas de siembra e incluso genética tienen un impacto acumulativo que termina incidiendo en el rendimiento y la estabilidad productiva.
“La solución a la fertilidad es un problema mucho más grande. Es consecuencia de malas decisiones en el sistema de producción o malas rotaciones”, resumió Salvagiotti. En ese sentido, llamó a los productores y asesores a recuperar una visión sistémica del manejo agronómico, que integre suelo, agua, cultivos y nutrición en una estrategia común orientada a la sostenibilidad.