En 2007 la empresa incorporó su primer equipo de riego. Actualmente cuenta con cuatro pivotes centrales: tres con una cobertura de 125 hectáreas y uno de 80. Sin embargo, la superficie potencialmente regable es mayor porque cada equipo puede desplazarse entre dos y, en algunos casos, tres posiciones. Los cuatro pivotes cubren 455 hectáreas totales y, considerando los distintos círculos disponibles, la empresa calcula una capacidad máxima de riego de 910 hectáreas.
La expansión del sistema estuvo condicionada desde el comienzo por la disponibilidad de agua subterránea. Cada incorporación estuvo precedida por nuevas perforaciones. Al primer pozo le siguió un segundo, que luego presentó dificultades; entonces se realizó una perforación alternativa, denominada “dos bis”, con capacidad para abastecer dos equipos. A medida que se sumaron pivotes, también se hicieron nuevos pozos para sostener la demanda de agua.
La empresa cuenta con un encargado capacitado para mover los pivotes y supervisar su funcionamiento. Algunos equipos, por su antigüedad, no admiten telemetría, pero prevén incorporarla en los más nuevos. “Eso nos permitiría prender y apagar los equipos desde el celular y manejarlos a distancia”, explicó Correa Peláez.
Todos los equipos funcionan con electricidad, un insumo cuyo peso dentro del costo de riego aumentó en los últimos años. Actualmente aplicar un milímetro cuesta alrededor de 1,2 dólares, frente a los 0,60 o 0,70 dólares que pagaban anteriormente. “Prender el equipo de riego ya representa un costo significativo”, señaló.
A ese costo operativo se suma la inversión inicial y la incertidumbre sobre el plazo necesario para amortizarla. En Sildaria todavía utilizan un equipo que se acerca a los 20 años de antigüedad, aunque el productor señaló que en establecimientos vecinos algunos pivotes comenzaron a deteriorarse por la calidad del agua. La presencia de sales y una elevada dureza pueden acelerar la corrosión y el desgaste de las cañerías. En sus campos, en cambio, cuentan con agua de mejor calidad.
Pese a esas limitaciones, la empresa considera que el riego mantiene un aporte económico favorable en el largo plazo. “Es una inversión muy grande, pero estoy convencido de que se devuelve en quintales de maíz y de trigo, que son los cultivos para los que lo utilizamos principalmente”, afirmó.
Mayor previsibilidad
Para Correa Peláez, el riego permite manejar el cultivo dentro de un ambiente más previsible y buscar mayores potenciales, no solamente responder a una sequía. Esa mirada también surgió en reuniones CREA, donde analizaron el uso que hacen los productores regantes de la herramienta. “A veces nos confundimos y pensamos que el riego está solamente para cuando no llueve. En realidad, cuando llueve, esa disponibilidad de agua adicional permite buscar potenciales más altos”, explicó.
Ese enfoque se combina con ajustes en fertilización, fecha y calidad de siembra y manejo general del cultivo. En la última campaña, la empresa alcanzó rendimientos de 145 quintales por hectárea en maíces implantados después de maní y obtuvo un máximo histórico de 91 quintales por hectárea en trigo. “No es solo agua. Para llegar a esos resultados también hace falta una buena fertilización, una buena siembra y todo el manejo que acompaña al cultivo”, destacó.
La disponibilidad de los equipos tampoco implica utilizarlos de manera permanente. En campañas con abundantes precipitaciones, la decisión de regar se toma según la evolución de cada cultivo y el comportamiento de las lluvias. “Tenemos los equipos para responder a las sequías y complementar los años normales. Si no necesitamos prenderlos, bienvenido sea”, indicó. La evaluación se realiza junto con el técnico de la empresa y el asesor del grupo CREA, Eduardo Nasiff.
Según indicó, incluso durante un año Niño, como el esperado, la distribución de las precipitaciones puede generar períodos de déficit hídrico. Una lluvia de 40 o 50 milímetros puede ser seguida por 15 o 20 días sin aportes, con altas temperaturas y una demanda atmosférica elevada. En esas condiciones, el cultivo puede comenzar a sufrir estrés y perder potencial de rendimiento. Allí, el riego permite intervenir de manera puntual hasta la llegada de nuevas precipitaciones.
Maní bajo riego
El maní bajo riego se incorporó al planteo productivo de la firma en la campaña 2024/25, bajo contrato con la empresa Prodemán y con el compromiso de entregarle toda la producción. Para 2025/26 cambiaron el esquema para mantener la propiedad del grano y decidir su comercialización. En este caso, armaron un pool de siembra entre tres firmas: el semillero El Carmen aportó la semilla y los laboreos; Sildaria, la tierra y el riego; y una agronomía, los insumos.
El esquema permitió repartir el riesgo entre los participantes. A la tierra se le asignó un valor de alquiler y, a partir de allí, Sildaria participó del resultado del cultivo. “Fue una experiencia muy buena. Tuvimos un año excelente, igual que el anterior”, señaló.
Uno de los reparos frecuentes frente a la incorporación de maní es su impacto sobre el suelo. “Está la idea de que el maní rompe la tierra o genera compactación, pero creo que la agricultura avanzó mucho y hoy tenemos herramientas para manejar esos problemas”, afirmó.
Después de la cosecha realizaron una pasada de paratill y otra de una rastra desencontrada para preparar el lote donde luego sembraron maíz. La principal dificultad fue el control del maní guacho durante el ciclo siguiente. “Fue muy difícil de controlar, pero el resultado del maíz habla por sí solo: 145 quintales por hectárea, que en nuestra zona es un numerazo”, destacó.
Para el empresario, un aspecto central es producir maní en un ambiente con mayor control hídrico. Pero aún persisten factores de riesgo vinculados con la disponibilidad de maquinaria. Según afirmó, en Argentina habría capacidad para sembrar, arrancar y cosechar unas 350.000 hectáreas del cultivo, frente a una superficie implantada que hoy ronda las 530.000 ha.
Ese desfasaje los afectó en las últimas dos campañas. Pudieron sembrar y arrancar el cultivo en fechas adecuadas, pero la cosecha se demoró por la falta de equipos disponibles. El maní permaneció arrancado y expuesto sobre el suelo durante varias semanas hasta que llegaron las máquinas. “Lo sembramos bien, lo arrancamos en fecha y vemos un maní muy bueno. Pero después pueden tardar un mes en venir a cosecharlo”, advirtió.
Garbanzo
El garbanzo es una de las especialidades que Sildaria sostiene desde 2012, aunque en los últimos cuatro años los precios se alejaron de sus valores históricos. “Se ha vendido a 800 o 900 dólares por tonelada y hoy se está pagando 350 o 400”, señaló el empresario CREA.
La calidad comercial está determinada, entre otros factores, por el calibre. La empresa apunta a obtener granos de calibre 9 y 10, demandados por los mercados de exportación. Al tratarse de un alimento destinado al consumo humano, también existen mayores restricciones sobre los productos que pueden utilizarse durante el ciclo y antes de la cosecha.
“El buen manejo que se logre, después habilita mejores mercados y mejores precios”, explicó. Pero esas exigencias también pueden aumentar el riesgo. La cosecha se concentra en noviembre y diciembre, meses con mayor probabilidad de precipitaciones, y una lluvia sobre un cultivo listo para recolectar puede afectar la calidad del grano.
En una especialidad, esa pérdida tiene un impacto comercial mayor que en un commodity. La última campaña fue un ejemplo: alrededor del 70% de la producción no alcanzó los estándares requeridos y terminó destinado al feedlot como fuente de proteína. Solo alrededor del 30% pudo comercializarse en el mercado previsto.
Trigo candeal
Esta campaña la empresa volverá a producir trigo candeal, destinado a la elaboración de pastas, mediante un convenio con Molinos Sytari, que recibe toda la producción. Será la segunda experiencia con el cultivo, que en la campaña anterior rindió un promedio de 68 quintales por hectárea.
En este caso, la logística también difiere respecto de un trigo commodity. La entrega se organiza mediante turnos acordados con el molino: parte de la producción puede salir directamente desde la cosecha, mientras que el resto debe almacenarse hasta disponer de cupo. “A veces te dicen que coseches y guardes, y a los 10 o 15 días tenés turno en planta. Ahí cargás los camiones y sale la mercadería”, indicó.
No obstante, el empresario destacó que, en el caso de las especialidades, la estrategia de diversificación se evalúa más allá del resultado de una sola campaña. Esa lógica se refleja en la decisión de sostener el garbanzo pese a los últimos años desfavorables, continuar con el trigo candeal a pesar de sus dificultades logísticas y no descartar nuevas experiencias con arveja después de los malos resultados obtenidos.
“No nos salimos porque las especialidades no son para probar un año y abandonar. Hay que ser consistentes. Creemos que van a volver los buenos años. En el caso del garbanzo, por ejemplo, consideramos que podremos volver a comercializar nuestros productos a mejores precios”, afirmó.
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