Otro quiebre surge en la relación entre actividad económica y mercado interno. El consumo interno funcionó durante décadas como uno de los motores de la economía, pero desde noviembre de 2023 esa dinámica cambió. “Antes se le ponía nafta al consumo para que empuje el producto. Hoy no hay nada más que el propio desarrollo y el crecimiento que va a empujar el producto”, afirmó.
El PBI y el consumo quedaron así desacoplados: el primero crece, mientras el segundo permanece por debajo de los niveles previos. Entre 2026 y 2030, el consumo masivo subiría un 2% anual. Con esa trayectoria, recién recuperaría hacia 2030 los niveles de 2023.
Términos de intercambio
El segundo eje se observa en la estructura territorial. Durante décadas, buena parte de la actividad económica se concentró en un corredor central que unía Buenos Aires, Rosario, Córdoba y Mendoza. En 2004, esa franja explicaba el 74% del PBI nacional y reunía al 85% de la población activa del país.
Ese esquema, asociado al peso del agro y al desarrollo industrial orientado a sustituir importaciones, comenzó a modificarse. Según el economista, también perdió vigencia una de las premisas con las que se pensaba la economía argentina: la idea de un déficit crónico de balance de pagos, derivado de una relación desfavorable entre lo que el país exportaba y lo que necesitaba importar.
A su juicio, los términos de intercambio comenzaron a modificarse. La competencia de los bienes industriales chinos presionó sobre los precios de las manufacturas, mientras los productos primarios quedaron sujetos a ciclos de escasez y abundancia, también asociados al clima. “No hay manera de competir con el precio de China”, sostuvo. Esa combinación favoreció, hasta ahora, a la producción primaria y al agro.
Nuevo escenario territorial
A partir de esa tendencia comenzó a configurarse otro mapa productivo. Al corredor tradicional, con fuerte presencia de industria y servicios, se suman un eje pampeano asociado al agro, un eje andino vinculado con energía y minerales y otro patagónico relacionado con petróleo y gas.
El eje andino se extiende desde el norte hacia Cuyo y gana peso por el desarrollo minero. “Es un corredor con muy baja capacidad de captura de mano de obra y totalmente atomizado, sin un plan”, advirtió. Su expansión puede elevar el producto de determinadas regiones, pero también plantea desafíos para las ciudades que reciben nuevas inversiones y actividad económica.
En la Patagonia, el avance del petróleo y el gas abre otra dinámica territorial. También surge el debate sobre las oportunidades que podrían generar la disponibilidad de energía, las bajas temperaturas y la extensión territorial ante nuevas demandas ligadas a la inteligencia artificial.
Las diferencias regionales ya se reflejan en el Producto Bruto Geográfico. Con base 100 en 2016, el Noroeste llegó a 116,8 en 2025 y la Patagonia a 111,7. La región Pampeana alcanzó 103,5, el Noreste 102, el AMBA 100,5 y Cuyo 99,3. “A lo largo de la última década, el mapa productivo se partió en dos”, sintetizó.
El mapa productivo, por lo tanto, deja de responder a una única lógica territorial. La heterogeneidad también se observa al comparar el PBI per cápita provincial con el de distintos países. CABA alcanza unos 79.700 dólares, un nivel comparable con Suiza; Neuquén, 76.600, similar a Estados Unidos; Tierra del Fuego, 56.800; la provincia de Buenos Aires, 22.700; Mendoza, 20.240; y Formosa, 10.600.
Agro y divisas
La nueva configuración también altera el peso relativo de los sectores que generan divisas. En 2025, la agroindustria aportaba el 73% y la minería y la energía el 27%. Para 2033, la relación se invertiría: 69% correspondería a minería y energía y 31% a la agroindustria. El punto de inflexión se ubica en 2029, con una participación proyectada del 55% para minería y energía y del 45% para la agroindustria.
Las divisas netas generadas pasarían de 48.000 millones de dólares en 2025 a 95.000 millones en 2033. El agro seguiría en expansión, aunque perdería peso relativo frente a la minería y la energía como fuentes de divisas.
El sector agropecuario atraviesa, a su vez, un período de alta producción. Para la campaña 2025/26 se estiman 163,2 millones de toneladas de granos, un 21% más que en la anterior. El maíz alcanzaría 70 millones de toneladas, el mayor volumen de los últimos 20 años.
Las condiciones climáticas favorables se combinan con avances tecnológicos: disponibilidad de agua, genética mejorada, inteligencia artificial aplicada a la productividad, fertilización de precisión y mayor control sanitario para anticipar plagas.
Agro y pesca integran el grupo de actividades con una suba proyectada superior al 5% en 2026, junto con petróleo y gas, minería e intermediación financiera. En un segundo grupo aparecen construcción, logística, hotelería, gastronomía, electricidad, gas y agua, y servicios profesionales y personales. Industria, comercio, actividades inmobiliarias, administración pública, educación y servicios sociales y de salud quedan entre los sectores rezagados.
El empleo aporta otra señal. Entre noviembre de 2023 y junio de 2026, el empleo asalariado privado cayó en unas 246.000 personas. El agro, en cambio, sumó 11.822 puestos, un 3,8%, y fue el sector con mayor aumento absoluto entre los relevados. La pesca agregó otros 1.300 empleos.
En granos, con las retenciones vigentes, el escenario base prevé unas 201 millones de toneladas para 2036, un 23,3% por encima de las 163 millones de 2026. Si las retenciones se eliminan en forma gradual desde 2028, la producción podría alcanzar 221,2 millones de toneladas, un 35,7% más.
Transformación demográfica
El tercer eje se observa en la estructura demográfica. La caída de la fecundidad es un fenómeno global, pero en la Argentina adquiere una intensidad particular. Entre 2005 y 2023, la tasa cayó 43%, frente al 27% de América Latina y al 15% del promedio mundial.
El umbral de reemplazo poblacional se ubica en 2,1 hijos nacidos por mujer. El promedio mundial está en 2,2, sostenido en buena medida por África, con 4,2. América Latina se ubica en 1,8, Estados Unidos en 1,6 y Europa en 1,5. En la Argentina, la tasa descendió hasta 1,2.
La composición de los hogares refleja ese proceso. Entre 1986 y 2024, la proporción de parejas con hijos cayó 13 puntos porcentuales, del 47% al 34%, y los hogares unipersonales subieron 12 puntos, del 10% al 22%. En la Ciudad de Buenos Aires, una de cada tres personas vive sola.
Las consecuencias alcanzarán distintos ámbitos de la sociedad. Para 2030 se proyectan 1,2 millones de alumnos menos en el nivel primario. “Podemos aprovechar esta situación para potenciar la educación o dejarla pasar”, señaló.
Una sociedad más desigual
El cuarto eje corresponde a la estructura social. El salario promedio mensual se ubica en torno de 770 dólares y el 55% de los hogares percibe menos de 1.000 dólares por mes. A la vez, el 50% se ubica en la clase baja, el 44% en la clase media y el 6% en la clase alta.
Para dimensionar la pérdida de poder adquisitivo, Moiguer presentó un “índice pizza”, que compara cuántas pizzas básicas pueden comprarse con un salario mínimo en distintos países de la región. En la Argentina, pasó de 33 en 2015 a 12 en 2026. En el mismo período, Uruguay pasó de 33 a 51, Chile de 32 a 34 y Brasil de 24 a 19.
La clase media, a su vez, presenta una fuerte fragmentación: un 18% corresponde a la denominada clase media típica y alta, y otro 26% integra la clase media baja. Los ingresos promedio por hogar van desde unos 680 dólares mensuales en el segmento de menores recursos hasta alrededor de 8.650 dólares en la clase alta. Dentro de esta última, unas 2,8 millones de personas, distribuidas en 800.000 hogares, concentran el 34% de la riqueza.
A la vez, cambia la percepción social sobre la riqueza. Según una encuesta citada por el economista, 59% de los consultados considera que en la Argentina “no se mira mal al que tiene plata”; entre las personas de clase baja, esa proporción asciende al 66%. El dato expone una modificación cultural que convive con fuertes diferencias de ingresos y patrimonio.
La clase alta tampoco es homogénea. El análisis distingue entre herederos, que representan el 44%; personas que expandieron un capital heredado, con el 39%; y quienes construyeron su capital económico, con el 17%.
La concentración de mayores ingresos también tiene una expresión territorial. Entre 2002 y 2025, la superficie construida en barrios privados aumentó 120% en el Gran Buenos Aires y 1.080% en el interior del país. Los mayores aumentos se registraron en Neuquén-Plottier, con 1.900%; Gran Córdoba, con 1.689%; Canning, con 413%; Gran Mendoza, con 309%; Salta Capital, con 300%; y la zona norte del Gran Buenos Aires, con 92%.
Así, el cambio social excede la mayor visibilidad de los sectores de altos ingresos. Ocurre en una sociedad con fuertes diferencias de ingresos, patrimonio y acceso al consumo, que también se expresan en el territorio.
Para concluir, Moiguer interpeló al agro a revisar cómo participa del debate público. Recordó que durante décadas el perfil bajo pudo resultar funcional, pero puso en duda que esa estrategia alcance para la etapa que viene. A su entender, el sector necesita construir una voz propia, plantear sus argumentos y explicar hacia dónde quiere ir. “El campo tiene que construir quién es y qué país quiere”, afirmó. En ese desafío, destacó a CREA como una institución con legitimidad para impulsar esa discusión y contribuir a una narrativa propia del sector.
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