“Hoy no es tan fácil acudir a mecanismos de solución de diferencias. Esto es una amenaza y es parte del escenario con el que tenemos que vivir”, sostuvo. A eso se suman los conflictos geopolíticos, que afectan los flujos comerciales, generan barreras y elevan la incertidumbre.
En ese contexto, la Argentina tiene una oportunidad por su ubicación y su capacidad productiva. “Estamos lejos de la mayor parte de los conflictos bélicos y tenemos la gran oportunidad de abastecer a un mundo que está desordenado”, afirmó. También destacó el mayor peso de Asia y el potencial de África como destino.
El cambio climático agrega otra fuente de riesgo y la seguridad alimentaria conserva un lugar central. Sudamérica tendrá un papel mayor como exportadora neta de alimentos hacia Asia y, en menor medida, África. La transición energética amplía el campo de acción del agro más allá de los commodities y alimentos.
El nuevo escenario obliga a revisar algunos supuestos. Durante mucho tiempo se asumió que alcanzar competitividad bastaba para acceder a los mercados. “Hoy uno puede ser competitivo y, sin embargo, no poder acceder a un mercado, porque por decisiones políticas un país decide que no va a permitir ese acceso”, advirtió.
Junto con la eficiencia, ganan peso los vínculos, las alianzas y la confianza. También cambió la pregunta sobre qué producir. El volumen sigue vigente, pero los mercados exigen calidad, sanidad, certificación y trazabilidad. “Hoy la gente no quiere cualquier alimento”, señaló. A las preguntas sobre cuánto, qué y cómo producir, sumó quién y con quién.
Regúnaga sostuvo que todavía no existe una nueva arquitectura global. “Estamos en una tormenta y no sabemos para dónde va a ir”, dijo. Aun así, consideró difícil que vuelva el modelo previo. Calidad, sanidad, propiedad intelectual y certificaciones aparecen, a su vez, entre los desafíos para acceder a mercados más exigentes.
El nuevo mapa agroindustrial
Bisang afirmó que el cambio global también modifica la estructura productiva del agro. El mundo industrial atraviesa una revolución que desplaza a la vieja manufactura y abre espacio a actividades ligadas con la biología, la energía y los nuevos materiales. Entre los ejemplos citó el uso industrial del aceite de soja para producir combustibles sostenibles para aviación (SAF) y el avance de la química verde.
Ese proceso suma nuevas demandas sobre el agro. En la Argentina, la estructura previa muestra límites, a la vez que el sector avanzó sobre actividades industriales, con plantas de molienda de soja y grandes complejos industriales, como Renova. También surgió un nuevo perfil empresario en el interior.
Bisang propuso pensar ese cambio a partir de una figura distinta del productor tradicional: un empresario agrobioindustrial o bioalimentario. “El capitán de ese barco empieza a preguntarse en su empresa qué hace, cómo lo hace, dónde y para qué, más allá de los mandatos y de las herencias”, afirmó.
La producción se apoya en genética acumulada durante 150 años, tierra, agua, capital físico, financiero y relacional, además de las capacidades de las personas. Desde esa mirada, categorías como sector primario, campo e industria resultan cada vez menos útiles para explicar una actividad que funciona a través de una red de actores.
Dos tercios de las tierras son alquiladas, una proporción similar de las labores está a cargo de contratistas y buena parte de los costos proviene del sector industrial. “Eso armó en los últimos 20 años un campo en red”, señaló Bisang.
Dentro de ese entramado ubicó a unos 30.000 contratistas agropecuarios, cerca de 250.000 productores y 1500 centros de servicios, insumos y agronegocios. A ellos se suman actores ligados al crédito, la originación de granos, el consumo, la bioenergía, la logística, los bienes de capital y la tecnología, además de insumos como enzimas, bacterias y levaduras.
La pregunta es dónde ubicarse para capturar más valor. Bisang recurrió a la denominada “curva de la sonrisa” para explicar que la producción retiene una parte menor del valor final. Estimó que el productor de trigo recibe entre 10% y 12% del valor de un kilo de pan. “Conviene mucho más integrarte, pararte cerca del consumidor, porque ahí está la mayor renta”, afirmó.
Por último, calculó entre 3,6 y 4,2 millones de puestos de trabajo ligados a esa red, sobre una base de 12 millones de ocupados. Ese efecto alcanza a la actividad comercial y de servicios de las ciudades vinculadas con la producción agropecuaria.
Mercado internacional: Cómo insertarse mejor
Para Regúnaga, el agro argentino no puede quedar al margen de los cambios globales. El sector genera excedentes y siempre dependió de los mercados externos. El desafío ya no pasa solo por salir al mundo, sino por definir dónde ubicarse y con quién. “Uno no puede estar a la deriva”, sostuvo. Eso exige superar la mirada desde “tranqueras adentro” y articular las escalas micro, meso y macro con una estrategia común entre los sectores público y privado.
Regúnaga citó el caso de Australia, cuyo valor unitario medio de exportaciones agroalimentarias alcanzó 792 dólares por tonelada en 2025, frente a 397 de la Argentina. Parte de esa diferencia se vincula con una mayor articulación público-privada para la promoción comercial, el agregado de valor y la búsqueda de mejores precios.
Bisang puso el foco en empresas que lograron insertarse en el mercado global pese a la inestabilidad macroeconómica de las últimas dos décadas. Mencionó experiencias del interior ligadas con el maní y el pistacho, además de casos de Virasoro y Las Lajitas, como ejemplos de inserción externa con anclaje territorial.
Regúnaga planteó dos caminos para aumentar el valor de las exportaciones. El primero consiste en reducir la brecha de precios de los productos que el país ya vende, a partir de calidad, certificaciones, trazabilidad y mejores condiciones de acceso. El segundo apunta a reducir la brecha de canasta, con una mayor participación de productos de mayor valor unitario.
Alianzas desde el territorio
Bisang sostuvo que estas políticas no pueden definirse solo desde la Ciudad de Buenos Aires. El Estado nacional conserva un papel en los criterios generales y en la inserción externa, pero buena parte de las decisiones se juega en la escala local, regional y territorial. Allí aparecen los desafíos de coordinación entre provincias, regiones y modelos productivos.
Regúnaga puso el foco en el vínculo público-privado y en el papel activo que deben asumir empresas y organizaciones. “Hoy no es solo competir con precio. Hoy es confianza”, afirmó. Para construirla, propuso una narrativa propia y una estrategia común para la Argentina y la región.
Ese vínculo también exige ampliar la idea de innovación. Durante mucho tiempo, el concepto quedó asociado casi solo a la tecnología. La innovación organizacional incluye la elección de socios, los contratos, las alianzas comerciales y la relación con el Estado. “El gran desafío es el con quién: con quién hago un buen contrato, con quién me asocio, con quién llego al mundo y cómo hago para conectarme con el sector público”, resumió.
Una red más amplia
Para Bisang, la agenda futura de CREA puede partir de sus valores históricos: confianza, palabra y cooperación para competir mejor. Sobre esa base, propuso ampliar los grupos hacia actores de la red agroalimentaria y agroindustrial que operan más allá de la producción. “Me imagino un CREA con muchas más aperturas de grupos, mucho más allá del campo”, afirmó.
Regúnaga coincidió. El Movimiento CREA puede ocupar un papel relevante, pero el desafío exige sumar organizaciones, empresas y organismos públicos. “Necesitamos posicionar en el mundo al sector agropecuario para que nos paguen mejor y nos dejen acceder”, sostuvo.
De cara al próximo Congreso de la Región Centro, dentro de tres años, propuso definir indicadores para evaluar avances, como acuerdos, alianzas y acciones ligadas con la diplomacia comercial. “¿Qué alianzas hicimos en los próximos tres años para pensar en algo mucho más global?”, planteó.
Bisang imaginó llegar al próximo congreso en un vehículo que use hidrógeno producido a partir de etanol, cargar energía en una estación con distintas opciones y tomar un café certificado en un vaso de material reciclable. El ejemplo buscó mostrar hasta dónde pueden integrarse producción agropecuaria, energía, industria y nuevos patrones de consumo.
Regúnaga cerró con otra oportunidad: el vínculo entre nuevas tecnologías y nuevas generaciones. Su cercanía con herramientas como la inteligencia artificial puede abrir un espacio para integrarlas a las empresas y familias agropecuarias.
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