Los resultados muestran qué ocurre cuando se considera la producción conjunta del sistema. Con pastoreo moderado, la producción agrícola y ganadera alcanzó un promedio equivalente monetariamente a 4380 kg de soja/ha, frente a 2820 kg/ha del planteo agrícola sin pastoreo. Esto representa 1560 kg/ha adicionales, es decir, un 55% más de producción. La ventaja no estuvo en producir más soja, sino en sumar durante el invierno la producción generada por la ganadería.
“En los años de sequía es la ganadería la que está salvando al sistema”, destacó.
Efectos de diferentes intensidades de pastoreo
La incorporación de animales plantea un desafío: cuánto pasto consumir y cuánto dejar como cobertura para el cultivo siguiente. Los resultados de los experimentos muestran que la respuesta depende de la intensidad de pastoreo y que los extremos no necesariamente son los más convenientes.
En 14 años de evaluaciones, el raigrás sin pastoreo produjo en promedio 5,5 toneladas de materia seca/ha. Con animales, la producción fue de 4,7 toneladas con una altura de manejo de 10 centímetros, 5,6 tn con 20 cm, 6,9 con 30 y 7,5 con 40 centímetros. Así, un pastoreo muy intenso redujo la producción, mientras que manejos menos intensos permitieron producir incluso más forraje que el tratamiento sin animales.
La altura también modificó el desempeño animal. Un trabajo realizado en Brasil, a partir de 16 años de resultados del experimento SIPA soja-bovinos, mostró que la ganancia individual aumentó con la altura de manejo y llegó a alrededor de 1,1 kg de peso vivo por animal por día en los tratamientos menos intensivos.
Sin embargo, maximizar la ganancia individual no necesariamente maximiza la producción por hectárea. Con pasturas más altas hay más alimento por animal, pero se sostiene una menor carga; con pastoreos más intensos ocurre lo contrario. “Tenemos que entender el equilibrio, que no es ni 40 ni 10 centímetros”, planteó Gomes Moojen.
El tratamiento mantenido a 10 centímetros produjo 4,7 toneladas de materia seca/ha durante los 120 días de pastoreo, pero llegó a la siembra de soja con apenas 1,4 a 1,5 toneladas/ha de material remanente. Por eso, observar únicamente la cobertura al final del invierno puede dar una imagen incompleta de lo ocurrido durante el ciclo.
“Estamos viendo una foto, no la película”, advirtió la investigadora. Una pastura puede haber producido y reciclado una cantidad importante de biomasa aunque parte haya sido consumida por los animales y ya no resulte visible al momento de la siembra.
El remanente también tuvo consecuencias sobre las malezas. Una investigación doctoral realizada en el mismo experimento encontró fuertes diferencias en el banco de semillas: en los primeros 5 centímetros del suelo se registraron alrededor de 3700 semillas/m² con pastoreo a 10 centímetros, frente a 1400 con 20 centímetros, 350 con 30 y 500 con 40 centímetros. Una mayor cobertura limita la disponibilidad de luz para las malezas y reduce su presencia.
Pisoteo y compactación
Uno de los principales interrogantes sobre la incorporación de animales a sistemas agrícolas bajo siembra directa es el riesgo de compactación. Las evaluaciones realizadas en Brasil detectaron cambios en la densidad del suelo después del pastoreo, pero concentrados en los primeros centímetros y sin extenderse hacia las capas más profundas.
Las mediciones de resistencia a la penetración realizadas al finalizar los 120 días de pastoreo mostraron un aumento superficial que desapareció luego del ciclo de soja. Para la investigadora, esto responde a la plasticidad del suelo, es decir, a su capacidad de recuperar su estructura una vez que deja de actuar la presión de los animales.
Además, la resistencia se mantuvo por debajo de niveles restrictivos para las raíces y el rendimiento de soja no presentó diferencias significativas entre las distintas alturas de manejo. El pisoteo produjo, así, una compactación superficial y transitoria, pero no una penalización productiva del cultivo.
Otro interrogante era qué ocurría con el calcáreo aplicado en superficie bajo siembra directa. Los tratamientos con pastoreo permitieron que el efecto de corrección de la acidez alcanzara alrededor de 30 centímetros de profundidad, incluso más que en el tratamiento sin animales.
Una de las explicaciones está debajo del suelo: se registraron 1238 kg de raíces/ha con pastoreo moderado a 20 centímetros, frente a 565 kg/ha sin pastoreo, cerca de 700 kg/ha adicionales. Al descomponerse, esas raíces contribuyen a mantener la continuidad de los poros por los que pueden desplazarse las partículas de calcáreo. A eso se suman las galerías de la fauna del suelo y el aporte de estiércol de los animales.
Nutrientes y suelo
La integración con ganadería también modifica la dinámica de los nutrientes. Mientras los granos exportan una proporción importante del nitrógeno (N), fósforo (P) y potasio (K) acumulados durante el ciclo, la producción de carne retira cantidades mucho menores y permite que gran parte permanezca dentro del sistema.
Por ejemplo, una producción de 450 kg de peso vivo/ha —alcanzable con la pastura a 20 centímetros— exporta apenas 11 kg de nitrógeno y alrededor de 1 kg de potasio. El resto de los nutrientes consumidos retorna principalmente a través de heces y orina y vuelve a quedar disponible, aunque su aprovechamiento depende del manejo.
Los efectos también se observan en el carbono. Un trabajo que siguió durante 10 años las reservas de carbono orgánico en los primeros 20 centímetros del suelo registró alrededor de 59 y 58 toneladas de carbono/ha con pastoreo moderado y leve, respectivamente, frente a 51 toneladas/ha con pastoreo intensivo.
El mayor crecimiento de raíces con un pastoreo bien manejado aporta carbono y favorece la formación de agregados, que generan poros y mejoran la estructura del suelo. Esa condición también repercute sobre el movimiento del agua: se observaron diferencias en la infiltración según la altura de la pastura, con un comportamiento menos favorable bajo pastoreo intenso.
El mismo principio aparece con las emisiones de metano. Los datos muestran que una altura intermedia de manejo —en torno de 23 a 30 centímetros— mejora la relación entre la ganancia diaria de peso y el metano entérico emitido por kilogramo producido. El objetivo no es maximizar una variable aislada, sino combinar productividad animal con eficiencia ambiental.
De diversificar a integrar
Tener agricultura y ganadería en un mismo establecimiento no significa que ambas actividades estén integradas. En un sistema diversificado pueden funcionar como unidades independientes, con sus propios recursos, objetivos y presupuestos. La integración supone tomar decisiones considerando el resultado del sistema en su conjunto.
Esto cambia incluso la forma de evaluar costos y beneficios. Un nutriente aplicado a una pastura puede ser pagado por la actividad ganadera, pero permanecer en circulación y beneficiar al cultivo posterior. Si ambas actividades se analizan por separado, esas transferencias quedan fuera de las cuentas.
La integración también vuelve más compleja la toma de decisiones. Definir la carga animal, la superficie de cada cultivo o el destino de una inversión exige contemplar sus efectos sobre distintas actividades. “¿Estamos formando consultores de sistemas o estamos formando solo especialistas?”, planteó Gomes Moojen.
Ese interrogante fue uno de los ejes de su tesis doctoral. Como parte del trabajo, un equipo de investigadores de Brasil y Francia desarrolló un serious game —un juego con fines de aprendizaje— para planificar durante tres años un establecimiento combinando cultivos, pasturas, animales y recursos humanos y financieros. El trabajo fue publicado por Gomes Moojen y colaboradores en 2022 en Agronomy for Sustainable Development.
Los participantes deben distribuir la superficie y los recursos y decidir, a medida que avanzan los ciclos, si reinvierten en agricultura, ganadería o ambas. Para completar el juego deben disponer de recursos económicos y garantizar la alimentación de los animales. Así, las decisiones pasan a evaluarse por el funcionamiento conjunto y no solo por el resultado de cada actividad.
La experiencia formó parte de una metodología más amplia de acompañamiento a productores denominada Farm Coaching, que combina aprendizaje, rediseño del establecimiento y discusión colectiva para favorecer el pensamiento sistémico.
La transición también plantea nuevas exigencias para el asesoramiento. Un estudio posterior, realizado a partir de experiencias de Brasil y Francia, identificó tres capacidades centrales para acompañar estos procesos: visión del sistema, capacidad de coordinación y empatía para comprender los objetivos y condiciones de cada productor.
Así, el manejo vuelve a ser determinante, pero ya no solo en términos agronómicos. Integrar agricultura y ganadería requiere coordinar decisiones productivas, económicas y humanas para que ambos componentes sean manejados como partes de un mismo sistema.
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