El proyecto nació a partir de una inquietud compartida por Heriberto “Beto” Roccia y María Soledad Scheurer, Sol. Sin una estructura previa ni financiamiento, recurrieron a familiares, amigos y productores agropecuarios cercanos. Incluso en su casamiento pidieron a los invitados que, como regalo, se hicieran socios de la fundación y realizaran un aporte mensual.
Así crearon la Fundación Dignamente y pusieron en marcha la primera escuela en el pequeño pueblo de Weisburd, en el norte santiagueño. Roccia contó esa experiencia durante el Congreso Regional CREA de la región Centro, en un panel que compartió con María Elisa Bongiovanni, coordinadora de la Mesa de Integración a la Comunidad de la región.
El origen
Beto y Sol se conocieron en un grupo de jóvenes de la Sociedad Rural de Río Cuarto. Él estudiaba Administración de Empresas y ella Agronomía. Dos meses después se convirtieron en novios y, durante la universidad, comenzaron a interesarse por el papel de la educación en un país donde observaban dos realidades contrapuestas: una Argentina capaz de producir, invertir y exportar, y otra en la que muchos chicos, aun estando escolarizados, no alcanzaban los aprendizajes básicos.
Esa inquietud tomó una mayor dimensión en 2015, cuando vieron en la televisión un informe sobre Weisburd, una localidad de unos 1800 habitantes del departamento Moreno, en el noreste de Santiago del Estero, presentada como uno de los pueblos más pobres del país. La historia despertó su interés y decidieron viajar para conocer esa realidad de cerca.
Durante 15 días se alojaron en una casa que había sido utilizada por una congregación religiosa, las Hermanas de la Cruz de la India. Allí comenzó a tomar forma una experiencia que cambiaría el rumbo de sus vidas. En Weisburd conocieron a Marta y a su hijo Santino, de dos años, que aún no hablaba. La familia vivía en un contexto atravesado por la violencia intrafamiliar, el alcoholismo, el analfabetismo, la mala nutrición y la falta de higiene y de estímulos para el niño.
Después de regresar a Río Cuarto, comenzaron a trabajar en distintas empresas, pero esa vivencia siguió presente. “Nos preguntábamos cómo se podía ayudar. ¿Llevamos ropa? ¿Llevamos comida? Pero no nos cerraba nada”, recordó. Esa inquietud los llevó a investigar cómo influyen las experiencias de la primera infancia en el desarrollo posterior de las personas.
Una de las claves la encontraron en investigaciones del Centro para el Desarrollo Infantil de la Universidad de Harvard. Según esos trabajos, durante los primeros tres años de vida las situaciones adversas pueden afectar el desarrollo cognitivo, emocional y social. En ese período, el cerebro alcanza más del 80% de su tamaño y genera más de un millón de conexiones neuronales por segundo, en un proceso fuertemente condicionado por la interacción con los adultos responsables del cuidado.
A partir de esas investigaciones, la pareja comenzó a pensar una intervención centrada en la prevención y en el acompañamiento de las familias desde los primeros años de vida. Definieron cuatro ejes: educar a los padres, generar experiencias positivas en los niños durante cuatro horas por día, trabajar con un modelo preventivo y considerar la baja de la natalidad como una oportunidad para mejorar la calidad de la atención.
Más adelante, durante un posgrado en Dirección de Proyectos, Roccia profundizó en los trabajos de James Heckman, premio Nobel de Economía. Uno de sus estudios estima que cada dólar invertido en programas de primera infancia y sus familias puede generar 7 dólares de beneficio social, con una tasa interna de retorno anual del 13%.
A partir de esas ideas comenzaron a darle forma a una escuela en Weisburd, con espacios para niños de primera infancia y encuentros con madres, padres y cuidadores sobre crianza, vínculos familiares, educación sexual y administración de los recursos. “Empezamos a ver que se generaba una red de sostén para esa familia que antes no existía”, explicó.
Construir la red
El siguiente paso fue conseguir un lugar y los recursos para sostener el proyecto. Primero contactaron al Arzobispado, propietario de la casa donde se habían alojado. Luego recurrieron a sus familias para reunir fondos destinados a contratar docentes, auxiliares y profesionales.
La búsqueda de financiamiento llegó hasta su casamiento. En lugar de regalos, les pidieron a familiares y amigos un aporte mensual para sostener la fundación que estaban creando. “Nuestro casamiento fue prácticamente preparar la personería jurídica de una fundación”, recordó Roccia.
Así reunieron los primeros 130 socios y pusieron en marcha la primera Escuela Dignamente, con 15 vacantes por sala. “La escuela es muy parecida a lo que puede ser un grupo CREA”, dijo. La institución ayuda a no sentirse solo, encontrar contención en momentos complejos, ser escuchado, recuperar el entusiasmo, sentirse parte y visualizar un futuro distinto.
Un puente con las empresas
El siguiente paso fue sumar a empresas y organizaciones. Roccia buscó construir un puente entre quienes podían aportar recursos y las familias que enfrentaban mayores dificultades, mediante una alianza que generara beneficios mutuos.
A partir de allí comenzaron a pensar experiencias para que también las empresas pudieran conocer de cerca las comunidades y comprender el impacto de su aporte. El modelo incorporó actividades con los equipos de las compañías, visitas a las escuelas, acciones de comunicación y contenidos audiovisuales para sostener el vínculo con los proyectos.
Para Roccia, esa articulación también amplía el papel del sector productivo: además de producir, generar empleo y exportar, puede acompañar a las familias que se encuentran en situaciones de mayor vulnerabilidad. “El desarrollo de la Argentina pasa por el campo, pero también por ser parte de organizaciones que están con las familias en la base de la pirámide social”, sostuvo.
En estos años, el proyecto creció y extendió su trabajo a otras localidades. Actualmente tiene presencia en Río Cuarto, Córdoba, y en Quimilí, Weisburd y Campo Gallo, en Santiago del Estero.
Dar sin idealizar
Antes de presentar la experiencia de Dignamente, Bongiovanni destacó la apertura de la comunidad CREA para mirar más allá del propio entorno e involucrarse en acciones que propongan cambios positivos en la sociedad.
Con foco en la dimensión colectiva, afirmó que ninguna transformación puede depender de unas pocas personas, sino de una red que comparta un objetivo y administre los recursos con criterio. “La ayuda y el dar se tienen que gestionar inteligentemente”, afirmó.
Este año, ese trabajo alcanzó a 400 chicos, 300 docentes y más de 20 escuelas en la región Centro de CREA. “Estamos ayudando a construir presente y futuro”, expresó, y reivindicó la cultura del dar, pero sin una mirada romantizada. “Primero me transformo yo. Después, si logro gestionar los recursos correctamente, es posible transformar la realidad del otro”, señaló.
“Hoy somos 400 personas en la zona Centro, todas haciendo algo pequeño. Y ese algo pequeño construye la comunidad de la que formamos parte”, concluyó.
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