En una escuela técnica agrícola de Lavalle, Mendoza, un grupo de estudiantes convirtió un problema cotidiano en un proyecto de investigación y aprendizaje. La iniciativa, presentada en el concurso Así son los suelos de mi país, partió de cáscaras de naranja y avanzó hacia el desarrollo de bioplásticos con posibles aplicaciones para la producción.
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Así son los suelos de mi país: jóvenes que lideran la innovación desde la escuela
Estudiantes desarrollan bioplásticos con residuos vegetales y diseñan dispositivos para el manejo de plagas, en el marco de Así son los suelos de mi país.
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SUSCRIBITELa Escuela N° 4-160 “Tito Francia” es una institución técnica agrícola con orientación en industrias frutihortícolas. Está ubicada en Jocolí, departamento de Lavalle, a 40 kilómetros al norte de la ciudad de Mendoza, en una zona caracterizada por la producción hortícola y de uva, a la que en los últimos años se sumó el pistacho.
Allí trabaja Daniela Torres, ingeniera agrónoma y docente de los últimos años del nivel secundario. Está a cargo de las materias Producción de plantas bajo cubierta, Riego y drenaje, y Análisis instrumental de alimentos, desde las que acompaña distintas propuestas vinculadas con la formación técnica de los estudiantes.
El proyecto comenzó con una inquietud de los propios alumnos. Desde el Centro de Estudiantes, un grupo de jóvenes empezó a preguntarse qué podían hacer con la cantidad de residuos vegetales que se generaban en la escuela y comenzó a trabajar en una propuesta sobre manejo de residuos y producción de bioplásticos. “La idea surgió de los chicos. Cuando conocí el concurso Así son los suelos de mi país, les propuse presentarnos y ellos aceptaron”, contó.
La participación en el concurso amplió el alcance de aquella primera idea y llevó a los estudiantes a asumir un papel cada vez más activo en su desarrollo. A medida que surgían nuevas preguntas, buscaron conocimientos y apoyos que les permitieran avanzar.
En ese proceso convocaron a Mariana Díaz Valentín, profesional del INTA Lavalle, organismo con el que la escuela trabaja habitualmente. Torres también participó de instancias de capacitación con la red CREA en el marco del concurso, mientras los estudiantes generaron vínculos con otras escuelas y docentes. “Fueron armando redes entre ellos y también con profesores que podían darles una mano”, señaló.
De ese modo, una propuesta nacida en el Centro de Estudiantes fue sumando aportes y nuevas preguntas, sin perder el protagonismo de los jóvenes en las decisiones y en la búsqueda de respuestas.
La experiencia, más allá del producto final
Para Torres, uno de los aspectos más valiosos no está solo en el producto que puedan alcanzar, sino en las capacidades que los estudiantes fueron desarrollando durante el proceso. Organizaron entrevistas con referentes del INTA, analizaron la información obtenida, reformularon recetas y registraron con fotografías y por escrito cada prueba, sus resultados y conclusiones.
“Me llamó mucho la atención la iniciativa propia y el liderazgo que empezaron a asumir dentro de la escuela, armando redes de trabajo”, destacó. Ese recorrido permitió poner en juego habilidades que exceden lo estrictamente técnico y que también comenzaron a trasladarse a otros compañeros.
En ese sentido, la participación en Así son los suelos de mi país representa una oportunidad para ampliar esas experiencias y abrir nuevas posibilidades. “Son capacidades que se van contagiando y generan una forma de trabajo distinta”, dijo.
La escuela ya venía trabajando con aprendizaje basado en proyectos, aunque no siempre resulta sencillo encontrar propuestas que despierten un interés genuino entre los estudiantes. Para Torres, la tarea docente pasa por reconocer esos intereses y darles espacio. “Nuestro desafío desde la educación es acompañar, no forzar los caminos, sino tratar de seguir los aprendizajes que ellos mismos van eligiendo”, dijo.
La búsqueda de una receta
El punto de partida fue una escena cotidiana. Durante el otoño y el invierno, en el almuerzo suelen servir cítricos como postre y los estudiantes comenzaron a notar la cantidad de cáscaras de naranja que quedaban tiradas por toda la escuela. “Empezaron a preguntarse qué podían hacer con ese residuo, porque por su acidez no es tan recomendable incorporarlo directamente al compostaje”, contó la docente.
A partir de esa inquietud comenzaron a investigar alternativas y aparecieron las primeras pruebas con bioplásticos. Utilizaron materiales disponibles en sus casas, como vinagre, miel y harina, y los resultados los impulsaron a seguir probando distintas formulaciones. Luego trasladaron el trabajo a la escuela y participaron de un curso sobre bioplásticos dictado por otra docente, Gisela Miattelo, que les permitió ajustar las recetas.
El trabajo también avanzó sobre una posible aplicación: fabricar trampas para monitoreo y control de plagas y dispositivos de feromonas. Estos últimos suelen colocarse en los alambrados del campo y, una vez utilizados, permanecen como residuos. “Mariana Díaz Valentín les propuso pensar si podían reemplazar parte de esos materiales por bioplásticos elaborados en la escuela”, explicó Torres.
Con ese objetivo, revisaron las formulaciones y buscaron una receta con mejores propiedades para fabricar piezas que habitualmente se realizan con papel, cartón o plástico común. “Han hecho muchísimos ensayos, con distintas proporciones e insumos, y obtuvieron resultados muy positivos”, destacó.
El intercambio con el INTA también los llevó a preguntarse qué residuo local podía reemplazar a la cáscara de naranja, ya que Lavalle no es una zona productora de cítricos. A partir de allí comenzaron a incorporar fibras de vegetales que crecen naturalmente en el entorno.
Ese cambio también mejoró el comportamiento del material. “La última receta que probaron dio buen resultado porque, al agregar fibras vegetales de la zona, lograron reducir la contracción del bioplástico”, explicó. Así, una propuesta que había comenzado con cáscaras de naranja pasó a incorporar recursos vegetales del propio territorio.
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