Los establecimientos tucumanos seleccionados para la estimación de huella de carbono –proceso que se llevó a cabo durante la campaña 2024/25– se eligieron con el propósito de representar distintas condiciones productivas con diferentes niveles tecnológicos y manejos agronómicos..
“La adecuación de las dosis a los requerimientos del cultivo en función de análisis de suelo, la elección de fuentes y momentos de aplicación que reduzcan las pérdidas, y la búsqueda de mayores rendimientos por unidad de nutriente aplicado se presentan como las vías más efectivas para reducir la huella de carbono por tonelada de caña producida”, indican Luis María Arias Usandivaras y Diana de Salazar, coordinadores de la iniciativa instrumentada por CREA en colaboración con Arcor y UPL.
Metodología
Para el cálculo de la huella de carbono de cada establecimiento se utilizó la plataforma Cool Farm Tool, una herramienta ampliamente aplicada para la estimación de emisiones de gases de efecto invernadero en sistemas agropecuarios que permite calcular las emisiones asociadas a la producción agrícola a partir de datos específicos del manejo del cultivo y expresar el resultado en relación con la cantidad producida, lo que posibilita analizar la eficiencia ambiental del sistema.
El análisis abarcó cinco situaciones productivas que combinan dos casos modales, construidos como representación de planteos típicos del sistema cañero (Modal alta y Modal media), y tres establecimientos reales relevados en la región.
Los rendimientos de los casos analizados variaron entre 52 y 75 tn/ha, mientras que la fertilización total presentó una amplitud considerable, desde 180 hasta 420 kg/ha de producto, equivalente a un rango de aproximadamente 49 a 153 kg/ha de nitrógeno aplicado.
La huella de carbono estimada se ubicó entre 23 y 53 kilogramos de toneladas de dióxido de carbono equivalente (kg CO2eq) por tonelada de caña producida. El valor más bajo correspondió al caso 1 (23 kg CO2eq/tn), asociado a un planteo de menor intensidad de fertilización nitrogenada (49 kg/ha de nitrógeno), mientras que el más alto se registró en el caso 2 (53 kg CO2eq/tn), donde se combinaron una alta carga de nitrógeno (140 kg/ha) con el rendimiento más bajo del conjunto (52 tn/ha). Expresadas por unidad de superficie, las emisiones oscilaron entre 1471 y 3058 kg CO2eq/ha, siendo Modal alta el caso de mayor emisión por hectárea, en línea con su nivel de fertilización y su esquema de riego.
“Resulta relevante destacar que la huella por unidad de producto no acompaña necesariamente a las emisiones por hectárea. El caso 1, por ejemplo, registró la menor emisión por hectárea y, a la vez, la menor huella por tonelada, mientras que el caso 2 presentó emisiones por hectárea intermedias, pero la mayor huella por tonelada, producto de su bajo rendimiento”, explican los técnicos CREA
“Esto confirma que la eficiencia productiva, es decir, cuánto se produce en relación con lo que se emite, es tan determinante del resultado final como el nivel absoluto de emisiones del sistema”, remarcan.
Este comportamiento se reflejó también en los indicadores de eficiencia de uso de fertilizante. La relación entre toneladas producidas y nitrógeno aplicado varió ampliamente entre los casos, alcanzando su valor más alto en el caso 1 (1317 toneladas por tonelada de nitrógeno aplicado) y el más bajo en el caso 2 (373).
“Esas diferencias evidencian márgenes de mejora en la eficiencia de uso del nitrógeno, variable de manejo con incidencia directa sobre la huella de carbono del cultivo”, apuntan.
Huella de carbono (kg CO2eq/tn) y emisiones por superficie (kg CO2eq/ha) por establecimiento evaluados.
“Un mayor nivel de emisiones por hectárea no se traduce de manera automática en una mayor huella por tonelada, ya que el rendimiento actúa como factor de dilución de las emisiones por unidad de producto. Los casos con mejor desempeño combinan emisiones moderadas con rendimientos adecuados”, destacan.
Contribución relativa de cada fuente de emisión al total (en porcentaje) por establecimiento
Fuentes de gases de efecto invernadero
Al analizar el aporte relativo de las distintas fuentes, la fertilización se constituye como el principal componente de la huella de carbono en la mayoría de los casos, con participaciones que van desde el 56% hasta superar el 70% del total. Ese indicador integra tanto las emisiones derivadas de la producción industrial de los fertilizantes como las emisiones de óxido nitroso originadas en el suelo tras su aplicación.
La gestión de los residuos de cosecha –que en todos los casos se mantienen distribuidos en el campo– se ubica como la segunda fuente en importancia, con aportes del orden del 26% al 37%. El caso 1, sin embargo, constituye la excepción a ese patrón: por tratarse del planteo con menor fertilización nitrogenada, los residuos de cosecha pasan a ser la fuente dominante (37%), por encima de la fertilización (34%).
El uso de energía en el campo representa la tercera fuente en relevancia en los establecimientos, donde la mecanización y las labores aportan de manera significativa, con valores que rondan el 12% al 19% del total. La protección del cultivo, en todos los casos, presentó una contribución marginal.
En cuanto a la composición por gas de efecto invernadero, el óxido nitroso (N2O) fue el principal en la mayoría de los casos, con participaciones que alcanzan hasta el 80% del total expresado en CO2eq, lo que resulta coherente con el peso de la fertilización nitrogenada y de los residuos de cosecha dentro del balance, ya que ambas fuentes generan emisiones de N2O.
El dióxido de carbono (CO), asociado principalmente al uso de energía y a la producción de insumos, ganó relevancia en el caso 1, donde alcanza el 51% del total y supera al N2O, en línea con su menor intensidad de fertilización.
Contribución relativa de cada gas de efecto invernadero al total (en porcentaje) por establecimiento.
“El hecho de que la huella de carbono en los casos analizados se ubique en un rango de 23 a 53 kg CO2eq por tonelada de producto refleja la fuerte incidencia que tienen las decisiones de manejo, particularmente la fertilización nitrogenada, y el nivel de rendimiento alcanzado sobre el desempeño ambiental del cultivo”, comentan los técnicos CREA.
Un hallazgo central del análisis es que la huella por unidad de producto no depende únicamente del nivel absoluto de emisiones, sino también de la eficiencia productiva del sistema.
“El caso 1 ilustra cómo un planteo de menor intensidad de fertilización nitrogenada, manteniendo un rendimiento competitivo, logra la menor huella del conjunto. En el extremo opuesto, el caso 2 combina una alta carga de nitrógeno con el rendimiento más bajo, lo que explica su huella elevada. Esta relación resalta la importancia de la eficiencia de uso del nitrógeno como variable clave: ajustar las dosis al potencial real del lote y mejorar la conversión del nutriente en producto constituye una de las principales palancas de mejora del desempeño ambiental del cultivo”, resaltan.
La huella de carbono se consolida así como una herramienta útil para orientar la toma de decisiones y acompañar un proceso de mejora continua en la eficiencia ambiental de la producción de caña de azúcar.
“La marcada variabilidad observada entre los casos –tanto en la huella por tonelada como en la eficiencia de uso del nitrógeno– constituye, en sí misma, una señal alentadora: indica que existen márgenes concretos de mejora alcanzables a través de ajustes en el manejo, sin necesidad de transformaciones estructurales del sistema productivo”, resumen.