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Cultivo de maíz: cómo ajustar el manejo según el ambiente en la región Sur de Santa Fe

La caracterización del ambiente permite ajustar la fecha de siembra, densidad y fertilización para mejorar el rinde del cultivo de maíz. Ensayos de INTA y CREA.

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6 de agosto de 2026 - 16:53 Por CREA Región Sur de Santa Fe | SSF

La respuesta del cultivo de maíz a la densidad de siembra y a la fertilización varía entre ambientes, incluso dentro de un mismo lote. Diferencias en el tipo de suelo, la disponibilidad de agua, la presencia de napa y el potencial productivo condicionan las decisiones de manejo y obligan a ajustar las estrategias para cada situación.

En ese contexto, Adrián Rovea, asesor de los grupos CREA Teodelina y Ascensión, y Luis Federico Pagnan, jefe de la Agencia de Extensión Rural (AER) INTA Justiniano Posse, presentaron resultados de ensayos y herramientas de manejo para caracterizar los ambientes y ajustar la densidad de siembra y la nutrición del maíz según el potencial de cada lote.

La exposición formó parte de la Jornada de Actualización Técnica de Cultivos de Gruesa, un espacio donde ambas instituciones buscan articular los esfuerzos para generar y compartir información útil para la toma de decisiones.

Ambiente y densidad

¿Cuántas plantas conviene sembrar por hectárea? La respuesta depende del ambiente. Ensayos realizados en nueve sitios de los grupos CREA Teodelina y Ascensión durante las campañas 2024/25 y 2025/26 evidenciaron que la disponibilidad de agua, determinada por el efecto de la napa y la recarga del perfil, modificó la respuesta del maíz al aumento de la densidad y el retorno económico de esa decisión de manejo.

La disponibilidad de agua explicó buena parte de las diferencias entre las dos últimas campañas de maíz en el sur de Santa Fe. Según Rovea, el ciclo 2024/25 comenzó con apenas el 50% del perfil recargado y lluvias muy por debajo de la media en diciembre y enero. En cambio, la campaña 2025/26 partió con perfiles completos, efecto napa y una distribución de precipitaciones más favorable.

En promedio, los planteos del CREA Teodelina rindieron entre 10.000 y 11.000 kg/ha en la campaña 2024/25, mientras que en 2025/26 alcanzaron 14.000 kg/ha. "En el mismo suelo y con la misma estrategia de manejo, una parte importante de la diferencia fue el agua", resumió Rovea.

Para evaluar la respuesta del cultivo, el equipo realizó nueve ensayos de densidad en maíz temprano: cinco en ambientes con napa y cuatro sin napa. Se compararon densidades de 40.000, 60.000 y 80.000 plantas por hectárea, con una fertilización alta en nitrógeno, fósforo y azufre, ajustada al potencial de cada ambiente.

En los lotes sin napa, donde el estrés hídrico fue más severo durante el ciclo 2024/25, las menores y mayores densidades obtuvieron rendimientos similares. "Con 40.000 y 80.000 plantas cosechamos prácticamente lo mismo. La diferencia estuvo en el costo: sembrar 40.000 semillas implica alrededor de 100 dólares más por hectárea", explicó.

En los ambientes con napa, el aumento de la densidad elevó los rendimientos de 12.000-13.000 kg/ha con 40.000 plantas a 16.000-17.000 kg/ha con las densidades más altas. Sin embargo, las diferencias entre 60.000 y 80.000 plantas dejaron de ser significativas. "Cuando el cultivo está bien nutrido, la planta tiene una gran capacidad para compensar y sostener el rendimiento. A partir de cierto punto, aumentar la densidad pasa a ser principalmente un incremento de costos", afirmó.

Nutrición

Rovea evaluó cómo interactúan la nutrición y el ambiente. En la campaña 2024/25 realizó un ensayo con tres densidades y tres niveles de fertilización nitrogenada: sin agregado, la dosis habitual del lote y el doble de esa dosis, para determinar hasta qué punto la disponibilidad de agua modifica la respuesta del cultivo a la fertilización.

En los ambientes sin napa, el agregado de nitrógeno no logró compensar la falta de agua. Con las mayores dosis y densidades el cultivo produjo más biomasa, consumió antes el agua disponible y redujo el rendimiento. "En un año restrictivo por falta de agua, la mejor respuesta estuvo en las 40.000 plantas. Las densidades de 60.000 y 80.000 también se sostuvieron, pero con un costo económico mayor", explicó.

En cambio, en los ambientes con napa, el tratamiento sin nitrógeno obtuvo los menores rendimientos, mientras que las dosis simple y doble respondieron de manera similar. A su vez, la respuesta al aumento de la densidad volvió a estabilizarse alrededor de las 65.000-70.000 plantas por hectárea. "Con esas densidades y una buena nutrición, el cultivo amortigua los años secos y, cuando el ambiente acompaña, compensa con mayor rendimiento", señaló.

Otro resultado destacado fue la variación del peso de mil granos, que osciló entre 280 y 410 gramos. Según Rovea, los híbridos actuales sostienen un mayor número de granos por espiga y también pueden compensar con un mayor peso individual cuando el cultivo está bien nutrido. Los ensayos mostraron que el número de granos por superficie aumenta con la densidad si hay agua, mientras que el peso de mil disminuye al aumentar la densidad, aunque una nutrición balanceada atenúa esa caída.

Los resultados de la campaña 2025/26 confirmaron esa tendencia. En un lote con napa a 80 cm, lluvias promedio y una fertilización de 290 kg/ha de urea más 180 kg/ha de arrancador, los rindes fueron de 16.000, 17.300 y 17.700 kg/ha con 40.000, 60.000 y 80.000 plantas por hectárea. Sin embargo, el mayor beneficio económico se obtuvo con 60.000 plantas: el ingreso marginal frente a 40.000 fue de 127 dólares por hectárea, mientras que aumentar a 80.000 aportó apenas 5 dólares más. "Con alrededor de 65.000 plantas alcanzamos la meseta para nuestros ambientes. Una menor densidad con alta nutrición mejora la estabilidad y reduce el riesgo", sostuvo.

Manejo por ambientes

Pagnan se refirió a la importancia de caracterizar los ambientes para definir el manejo del maíz. Durante la jornada realizada en Marcos Juárez, explicó que la combinación de información sobre suelo, disponibilidad de agua, napa y pronósticos climáticos permite estimar el rendimiento limitado por agua y ajustar decisiones como la fecha de siembra y la densidad.

Para la campaña 2026/27, destacó un escenario favorable, con perfiles recargados y un pronóstico Niño. Sobre esa base, el equipo analizó series climáticas de 30 a 40 años para estimar la probabilidad de estrés hídrico según el tipo de suelo. En los ambientes de mayor aptitud agrícola (clases I y II), como Hansen y Monte Buey, el riesgo alcanza solo 20 a 30% de las campañas. En los suelos de clase IV aumenta hasta cerca de la mitad de los años y, en los de clase VI, el estrés ocurre prácticamente en todas las campañas.

Esas diferencias condicionan la estrategia de manejo. Aunque el pronóstico favorece las siembras tempranas, Pagnan recomendó mantener el maíz tardío en lotes con predominio de ambientes de menor potencial. "En esos suelos, diez días sin lluvias durante el período crítico son suficientes para que el cultivo entre en un estrés severo", explicó.

No todos los ambientes de baja productividad deben manejarse igual. El técnico diferenció los suelos con limitaciones, como los salinos de clase IV o VI, de las lomas arenosas, cuyo potencial depende de la disponibilidad de agua. "En un año Niño hay que tener cuidado de no reducir demasiado la densidad o la fertilización en ambientes arenosos porque puede resignarse rendimiento", advirtió.

Los ensayos realizados en la zona de Canals durante la última campaña respaldan esa recomendación. En una loma arenosa sembrada con un híbrido de limitada capacidad de compensación, reducir la densidad provocó una pérdida cercana a cinco quintales por hectárea respecto de una densidad más alta.

Nitrógeno según el ambiente

La caracterización del ambiente también constituye la base para ajustar la fertilización nitrogenada. A partir de ensayos realizados durante más de una década en maíces tempranos, tardíos y de segunda, el equipo del INTA desarrolló modelos de respuesta que permiten definir la dosis de nitrógeno según el rendimiento esperado de cada lote.

En maíz temprano, los ensayos se realizan en ambientes con influencia de napa o con al menos 70% de agua útil en el perfil, evaluando niveles de nitrógeno disponible —suelo más fertilizante— de entre 50 y 300 kg/ha. A partir de esos resultados, los ambientes se agruparon según su rendimiento alcanzable para construir curvas de respuesta.

Los modelos muestran que, en ambientes con potencial de 6 a 9 t/ha, el óptimo económico se alcanza con 130 a 140 kg/ha de nitrógeno disponible. Para rendimientos de 9 a 12 t/ha, ese valor aumenta a 180-190 kg/ha, mientras que en ambientes con potencial de 12 a 16 t/ha se ubica entre 220 y 230 kg/ha. "Con una buena caracterización ambiental podemos ajustar la fertilización lote por lote e incluso hacer prescripciones dentro de un mismo lote", explicó Pagnan.

El comportamiento cambia en maíz tardío. En esos planteos, el diagnóstico inicial suele mostrar entre 80 y 100 kg/ha de nitrógeno en el suelo, por lo que las dosis de fertilizante necesarias son menores que en maíz temprano.

El maíz de segunda requiere una estrategia diferente. Pagnan lo definió como "un cultivo de oportunidad", cuya incorporación depende de contar con suficiente agua luego de la cosecha del trigo. Además, presenta una elevada demanda de nitrógeno porque los niveles iniciales en el suelo son menores y el rastrojo del cultivo antecesor inmoviliza parte del nutriente. En ambientes con potencial de 10 a 11 t/ha, la dosis óptima económica ronda los 240 kg/ha de nitrógeno disponible entre suelo y fertilizante.

Los ensayos también evaluaron el momento y la forma de aplicación del fertilizante. En 16 sitios analizados durante tres campañas no se observaron diferencias entre aplicar el nitrógeno a la siembra o en V7 para el sudeste de Córdoba. Tampoco hubo diferencias importantes entre aplicaciones incorporadas y al voleo en maíz temprano cuando ocurrieron lluvias posteriores. En cambio, en maíz tardío y de segunda aumentó el riesgo de pérdidas por volatilización, que pueden alcanzar entre 20 y 40% del nitrógeno aplicado.

Densidad e híbridos

La definición de la densidad de siembra no depende únicamente del potencial productivo del ambiente, sino también de las características de cada híbrido. Según Pagnan, los materiales difieren en su capacidad para compensar bajas densidades mediante mayor flexibilidad de espiga, prolificidad o macollos fértiles, mientras que otros se destacan por sostener el rendimiento cuando aumenta la densidad y el cultivo enfrenta situaciones de estrés.

A partir de esos comportamientos, el INTA trabaja junto con los semilleros para construir curvas de respuesta que permiten ajustar la densidad óptima según el potencial de cada ambiente. De ese modo, para un mismo híbrido la densidad recomendada aumenta a medida que mejora la productividad del lote, aunque esa relación no es lineal.

"Tenemos híbridos con mayor capacidad de compensación y otros que responden mejor a densidades más altas. Esa información hay que conocerla desde el momento de planificar la compra de semilla para ajustar correctamente la densidad en cada ambiente", señaló.

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